Dos cadáveres, una acusada y ninguna condena: el caso Lizzie Borden sigue desafiando toda lógica

Un caso sin resolver deja siempre una sensación desagradable porque rompe la idea básica de que un crimen acaba con un culpable identificado y castigado. Esa inquietud se repite en historias muy conocidas, desde el asesino de Whitechapel al que se atribuyen los crímenes de Jack el Destripador hasta el misterioso autor de las cartas del Zodiaco o el secuestrador que saltó de un avión y desapareció como D. B. Cooper.

En todos ellos hay pruebas, sospechosos e hipótesis, pero ningún cierre definitivo, lo que mantiene vivo el debate durante décadas. Ese vacío convierte cada detalle en objeto de análisis y alimenta una fascinación que no desaparece con el tiempo. A veces, incluso cuando hay una persona señalada, el desenlace judicial no consigue disipar del todo la duda.

Las sospechas recayeron sobre Lizzie Borden desde el primer momento

El 4 de agosto de 1892, en la casa familiar de los Borden en Fall River, en el estado de Massachusetts, dos cuerpos aparecieron brutalmente atacados en habitaciones distintas, lo que llevó a una investigación centrada en el entorno más cercano. Según el Fall River Herald, la noticia se extendió con rapidez y atrajo a decenas de vecinos a la calle, conmocionados por la violencia del crimen. El padre, Andrew Borden, fue hallado con heridas devastadoras en el rostro, mientras que su esposa Abby había sido asesinada antes, un detalle que marcó desde el principio la reconstrucción de los hechos.

La atención de la policía se dirigió pronto hacia Lizzie Borden, hija del matrimonio, por sus respuestas contradictorias y algunos comportamientos que no encajaban con la escena. El Boston Daily Globe recogió rumores sobre la mala relación entre Lizzie y su madrastra, mientras que el Boston Herald defendía su reputación al señalar que no había constancia de actos crueles en su vida. Aun así, el hecho de que estuviera en casa en el momento de los asesinatos y su incapacidad para explicar con claridad sus movimientos aumentaron las sospechas.

El juicio comenzó en junio de 1893 en un ambiente de enorme expectación, con tres jueces y un jurado compuesto por doce hombres. La acusación, dirigida por Hosea Knowlton y el fiscal William Moody, trató de construir un relato basado en la oportunidad y el posible motivo, mientras que la defensa, liderada por el exgobernador George Robinson, insistía en la falta de pruebas directas. La escena en la sala fue intensa, con momentos de tensión como cuando se mostraron restos de las víctimas durante la exposición del caso.

Entre los testimonios más relevantes, la empleada Bridget Sullivan situó a Lizzie como la única persona presente en la casa en el momento clave, aunque también afirmó que la convivencia familiar era aparentemente normal. Esa versión chocó con otros relatos que hablaban de tensiones previas. Por su parte, la testigo Alice Russell aportó un elemento decisivo al describir cómo Lizzie quemó un vestido días después de los asesinatos, lo que introdujo la sospecha de que podía estar destruyendo pruebas. La defensa utilizó esos mismos testimonios para subrayar contradicciones y debilitar la versión de la acusación, insistiendo en que no existía un vínculo claro entre la acusada y el arma del crimen.

La falta de evidencias debilitó la acusación durante el proceso

El desarrollo del caso estuvo marcado por la ausencia de pruebas concluyentes. No se encontró un arma identificable ni restos de sangre que vincularan de forma directa a Lizzie con los asesinatos. Además, algunas evidencias clave fueron descartadas por el tribunal, como el intento de compra de veneno el día anterior, al considerar que no se había demostrado su relación con los hechos. Esa falta de conexión permitió a la defensa insistir en que todo el caso se apoyaba en conjeturas.

El veredicto llegó tras una deliberación breve y sorprendió a muchos observadores. El jurado declaró a Lizzie Borden no culpable, lo que provocó reacciones divididas. The New York Times interpretó la decisión como una crítica al trabajo de la policía y destacó la rapidez con la que se alcanzó el fallo. A pesar de la absolución, el debate no se cerró, y durante años persistió la idea de que la justicia no había resuelto completamente el caso.

Tras el juicio, Lizzie regresó a su ciudad y vivió el resto de su vida marcada por la atención pública y las sospechas que nunca desaparecieron del todo. La combinación de un crimen violento, una acusación sin pruebas definitivas y una absolución rápida dejó una historia abierta que sigue generando resquemor en la sociedad estadounidense. Como en otros casos sin cierre claro, el tiempo no ha eliminado la duda, solo la ha convertido en parte esencial del relato.