De la carroza de Carlos II al avión de Felipe VI: el paralelismo dinástica con el Papa de Roma que sigue viva siglos después
La carroza de Carlos II cambió de ocupante cuando el monarca supo que un sacerdote llevaba el viático a un moribundo. Aquel episodio, situado el 20 de enero de 1685 en el paseo de la Florida de Madrid, quedó asociado al origen de una costumbre cortesana basada en ceder al clérigo el medio de transporte real para facilitar su llegada junto al enfermo.
La escena comenzó con el cruce entre la caravana del rey y un sacerdote que avanzaba despacio, acompañado por un niño que portaba un farol. Cuando Carlos II recibió la explicación sobre el destino del clérigo, se apeó y puso su carroza a disposición del cura.
La escena pasó a representar una forma de entender la monarquía
El relato, recogido por ABC, ha sobrevivido como una leyenda vinculada a la Casa de Habsburgo y a la relación entre la Corona y el rito católico del viático. Su fuerza procede de una escena breve, fácil de reconocer y ligada a una obligación religiosa que debía cumplirse antes de que muriera el enfermo.
El sentido del episodio dependía de la urgencia que rodeaba al sacramento. El sacerdote se dirigía a la casa de un hortelano moribundo y el carruaje permitía reducir el trayecto que todavía debía recorrer. La cesión colocaba los deberes religiosos por delante del uso personal de la carroza, mientras el soberano abandonaba temporalmente el lugar reservado para él. Esa inversión de posiciones explica que la historia terminara convertida en una imagen reconocible de la monarquía de la época.
La profesora Rocío Martínez López, historiadora de la Universidad Autónoma de Madrid centrada en el estudio de las dinastías reales, recuperó hace unos meses esa lectura al relacionar el episodio con unas imágenes de Felipe VI y León XIV en el aeropuerto tinerfeño de Los Rodeos. Su comparación no presentaba ambos hechos como idénticos, pero señalaba la continuidad de un lenguaje simbólico basado en que el rey cede un recurso propio al pontífice o a un representante de la Iglesia.
Martínez López resumió esa conexión desde su campo de estudio, ya que la especialista escribió en redes sociales que “como historiadora, en mi mundo, esto es el equivalente del siglo XXI a la leyenda Habsburgo”. La frase remitía a una forma de representación propia de la Edad Moderna, cuando una acción de ese tipo podía fijarse mediante una obra destinada a conservar su sentido político y religioso.
El grabado de De Hooghe inmortalizó el instante de la cesión
El antecedente de Carlos II quedó registrado precisamente a través del arte. El grabador holandés Romeyn de Hooghe representó el instante en el que el rey entregaba su carruaje al sacerdote. La composición conservó el momento de la cesión, con el cambio de ocupante como centro del relato y con la carroza convertida en el objeto que hacía posible la ayuda. “En la Edad Moderna se hacía un cuadro con esto”, le dijo a un usuario.
Lucas Valdés se fijó en lo que ocurrió justo después. En su pintura, conservada en la iglesia de los Venerables de Sevilla, el sacerdote aparece sentado en el lugar del rey mientras la carroza avanza hacia la casa del hortelano enfermo. La obra deja atrás el momento de la cesión y se centra en su consecuencia, que fue acelerar la llegada del viático hasta el moribundo.
Las dos imágenes acabaron dando forma al relato. El grabado de Romeyn de Hooghe conservó el instante en que Carlos II entregó su carruaje, mientras la pintura de Valdés mostró al clérigo ya en camino. Juntas permitieron seguir el episodio desde la decisión del monarca hasta el cumplimiento de la asistencia religiosa.
Las dos obras mantuvieron viva la historia durante siglos
Aquel episodio no dio lugar a una costumbre que los reyes tuvieran que repetir, ya que no se hizo ninguna ley al respecto, pero sí acabó convertido en un símbolo de una determinada forma de entender la monarquía. La historia se conservó gracias a los historiadores que la recuperaron con el paso del tiempo y a las obras que inmortalizaron el instante en que el sacerdote pasó a ocupar el asiento del soberano.
La comparación planteada por Martínez López desempolvó aquel episodio ocurrido en el Madrid de 1685. La historiadora vio un paralelismo entre la decisión de Carlos II de ceder su carruaje para que un sacerdote llegara antes junto a un moribundo y las imágenes de Felipe VI con León XIV a bordo del avión Falcon.
El grabado de De Hooghe y la pintura de Valdés evitaron que aquel episodio quedara reducido a un relato transmitido únicamente de forma oral. Ambas obras ayudaron a preservar la escena y contribuyeron a que acabara convirtiéndose en una de las leyendas más conocidas vinculadas a la monarquía española.