Fue donde Colón pasó su primera noche tras regresar de América, un monasterio que alberga el claustro más antiguo de Andalucía

La noche del 16 de marzo de 1493, Cristóbal Colón regresó a Moguer tras su viaje a América para cumplir una solemne promesa realizada en alta mar. Durante una feroz tempestad cerca de las Azores, los tripulantes de la carabela Niña temieron por su vida y realizaron el llamado voto religioso. El azar marcó al almirante, quien pasó una madrugada entera orando en el Monasterio de Santa Clara. Este acto de fe vinculó para siempre al descubridor con los muros de este templo de arquitectura mudéjar. Fue su primera estancia tras culminar la empresa, buscando paz ante la santa.

Este imponente edificio de la provincia de Huelva fue fundado originalmente en el año 1337 por Alonso Jofre Tenorio, almirante mayor de Castilla, y su esposa doña Elvira Álvarez. Ubicado en el centro de Moguer, el monasterio se erigió como un bastión de la fe franciscana y un centro de poder social. Durante siglos, el cenobio influyó de manera determinante en la vida cultural y económica de toda la comarca onubense bajo el patronazgo de los nobles. Fue declarado Monumento Nacional en 1931 y hoy forma parte esencial de los Lugares Colombinos, siendo el monumento más destacado de toda la provincia.

La arquitectura del complejo destaca por su estilo mudéjar, una mezcla de tradiciones cristianas e islámicas que define la identidad de Andalucía. El corazón de este monumento alberga el claustro de las Madres, que ostenta el título de ser el claustro más antiguo de toda la región andaluza. Sus arquerías bajas, datadas en el siglo XIV, rodean un espacio de paz donde las monjas clarisas habitaron durante más de quinientos años. Este patio sirvió incluso de modelo para la construcción de nuevos conventos en Hispanoamérica, exportando el saber constructivo de Moguer al otro lado.

Uno de los tesoros más singulares que protege este monasterio es su sillería del coro, terminada hacia el año 1370 por expertos ebanistas de origen nazarí. Es una obra prácticamente única en el mundo, pues muestra la convivencia de las religiones a través de columnas, capiteles y leones tallados que evocan a la Alhambra. La madera está decorada con inscripciones en árabe que mencionan a Alá y con emblemas nobiliarios de las familias de las religiosas que allí se sentaban. Muchos expertos destacan estas huellas del arte granadino en un templo de la orden franciscana, reflejando el gusto estético de la nobleza castellana.

La conexión entre Colón y este monasterio no fue fruto de la casualidad, sino de la mediación de una mujer poderosa: la abadesa doña Inés Enríquez. Siendo tía de Fernando el Católico, Inés jugó un papel crucial al convencer al monarca para que apoyara el ambicioso proyecto del marino genovés. A través de cartas enviadas desde el propio convento, la abadesa intercedió ante la corte en momentos de duda, facilitando el inicio de la navegación. Colón visitó el recinto en múltiples ocasiones antes de partir, buscando el respaldo de una comunidad religiosa que gozaba de gran influencia política.

Incluso las embarcaciones de la gesta guardan un vínculo íntimo con el nombre del cenobio, especialmente la carabela Niña. Fue botada originalmente en 1488 bajo el nombre de Santa Clara en honor a la titular del convento de Moguer, reflejando la devoción local por la santa. Aunque pasó a la posteridad por el apellido de sus propietarios, la familia Niño, su identidad original recordaba constantemente la protección divina. Esta nave fue construida en las riberas del río Tinto, en los astilleros de Moguer, uniendo la tecnología naval con la mística del monasterio vecino.

Importantes restauraciones

La iglesia del monasterio es la estancia más noble, con tres naves separadas por arcos apuntados que conducen la mirada hacia un ábside poligonal magno. En su interior se encuentran los sepulcros de mármol y alabastro de la casa Portocarrero, señores de Moguer y antepasados de los duques de Alba. Estas tumbas, talladas con una calidad excepcional por escultores italianos, muestran a los miembros de la familia en una actitud de descanso eterno. Frente a ellas se levanta un retablo dedicado íntegramente al Apocalipsis, una pieza del siglo XVII que destaca por su complejidad y nivel intelectual.

Tras la marcha de las últimas monjas clarisas en 1904, el edificio pasó por diversas etapas antes de convertirse en el Museo de Arte Sacro de Huelva. Su conservación integral ha sido posible gracias a importantes restauraciones realizadas desde mediados del siglo XX, protegiendo su legado histórico. Hoy en día, los visitantes pueden recorrer sus salas y sentir la atmósfera de aquel 1493, cuando los descubridores regresaron sanos y salvos del mar. El Monasterio de Santa Clara sigue siendo uno de los mejores alicientes culturales de Huelva, un testimonio vivo de la arquitectura mudéjar y del encuentro entre dos mundos.