Veinte años ya sin el que fue considerado el mejor portero de waterpolo del mundo

La figura de Jesús Rollán permanece grabada en la memoria colectiva del deporte como un gigante bajo los palos que trascendió la piscina. Nacido en Madrid en 1968, no solo fue el guardián de una generación irrepetible, sino también un símbolo de carisma y entrega absoluta. Con un palmarés casi insuperable, fue considerado el mejor portero de waterpolo del mundo. Su partida, en una fría mañana de marzo de 2006, dejó un vacío incalculable en el waterpolo. Y es que los logros de Jesús Rollán recuerdan a una época dorada para el deporte español, huérfano hasta entonces de medallas olímpicas en disciplinas de equipo.

Y es que Rollán fue el pilar fundamental del equipo masculino que alcanzó el segundo escalón del podio en los Juegos Olímpicos celebrados en Barcelona en 1992, tras una final agónica. Un equipo que, cuatro años más tarde, en Atlanta 1996, el portero madrileño lideró con una revancha histórica que permitió a la selección colgarse el oro olímpico frente a los mejores equipos del mundo. Estas gestas no solo definieron su carrera, sino que lo convirtieron en un icono de superación para todos sus compañeros de vestuario. La medalla de Atlanta fue tan especial que Rollán llegó a donarla en una gala solidaria para recaudar fondos destinados a ayudar a los niños víctimas de la guerra en el Congo.

Más allá de la gloria olímpica, el arquero madrileño dominó el panorama internacional con la consecución de dos Campeonatos del Mundo consecutivos con la selección. El primero de ellos llegó en Perth 1998, donde España confirmó su hegemonía global, seguido por el triunfo en Fukuoka 2001, una cita que marcó su consagración definitiva. Fue precisamente tras este último mundial cuando Jesús Rollán fue proclamado oficialmente como el mejor portero del mundo de waterpolo, un título que ya ostentaba de forma oficiosa. Su habilidad para detener balones imposibles y su capacidad de mando lo elevaron a un estatus que muy pocos deportistas han logrado alcanzar. Tras su fallecimiento, la federación le otorgó la Placa de Honor por su trayectoria deportiva inmensa y su legado eterno.

Jesús Rollán, el carismático guardián del waterpolo español, dejó un vacío inmenso tras su fallecimiento, pero su leyenda permanece intacta a través de un palmarés inigualable. Fue la cara más amable del histórico “dream team” que, liderado por Manel Estiarte, elevó este deporte a lo más alto de la escena internacional durante décadas. Su trayectoria olímpica es un testimonio de longevidad y excelencia, habiendo participado en cinco citas consecutivas desde Seúl hasta su despedida en los Juegos de Atenas. Sin duda, sus hitos más memorables bajo los palos fueron la medalla de oro conquistada en Atlanta 1996 y la histórica plata de Barcelona 1992. Aunque consideró la final ante Italia como su momento más amargo, aquel metal plateado fue el germen de los éxitos posteriores que definirían a una generación de oro irrepetible. 

En su vitrina luce con orgullo, además de los laureles mencionados, los subcampeonatos mundiales obtenidos en las ediciones de Perth 1990 y Roma 1994, demostrando una regularidad asombrosa en la élite competitiva durante casi veinte años. Su estilo de juego se basaba en lo que él mismo definía como piernas fuertes, cabeza fría y reflejos felinos, cualidades que le permitieron detener lanzamientos imposibles. Su presencia en la portería española desde su debut con apenas dieciocho años fue el pilar fundamental de los mayores éxitos internacionales.

A nivel de clubes, su trayectoria fue igualmente brillante, especialmente tras su fichaje por el CN Catalunya, donde se consolidó como una leyenda del deporte. Durante su exitosa carrera profesional, Rollán se alzó con un total de siete títulos de Liga y siete Copas de España, dominando el panorama nacional con una autoridad absoluta. Su ambición competitiva traspasó fronteras, logrando conquistar la Copa de Europa en 1995 y repitiendo la gesta en 2003 con el Pro Recco italiano justo antes de su retirada definitiva. A pesar de que las lesiones de espalda condicionaron sus últimos minutos en activo durante los Juegos de Atenas, su compromiso con el agua fue siempre total. Rollán afirmó que jugar era lo único que le interesaba, dejando tras de sí un legado de vitalidad y un espíritu de equipo que sus amigos aún recuerdan con admiración.

Paco Ávila y Alberto Martínez dedicaron más de cinco años a reconstruir la historia de este deportista único a través de sesenta testimonios, que plasmaron en el libro “Jesús Rollán, eterno. Vida y muerte de una leyenda”. La obra no solo repasa sus éxitos deportivos, sino que se adentra en la complejidad de su personalidad y en los problemas que enfrentó tras su retirada. Según Ávila, la idea principal del proyecto era reivindicar a Rollán como una figura del deporte que sigue siendo una referencia mundial. El trabajo periodístico fue extenso y necesitó superar un muro inicial de hermetismo. 

Generoso y altruista

Y es que uno de los objetivos primordiales del libro fue normalizar el tema del suicidio, una realidad que a menudo se convierte en un tabú social. Ávila explica que la familia de Rollán desconocía la gravedad real de su situación personal debido a que pasaba la mayor parte del tiempo viajando. Entre 1986 y 2004, sus seres queridos lo vieron muy poco por las constantes concentraciones y torneos internacionales que exigía la alta competición. Además, Ávila relata que Rollán solía tranquilizar a sus amigos preocupados asegurándoles que él tenía el control de la situación, cuando en realidad se sentía profundamente solo. El libro, publicado en 2023, sirvió para que muchos de sus allegados pudiesen finalmente cerrar esa herida que permanecía abierta hacía años.

Por su parte, Alberto Martínez subraya la faceta más humana del portero, describiéndolo como una persona sumamente generosa y altruista con todos los que lo rodeaban. El periodista afirma que Jesús pensaba constantemente más en sus amigos que en él mismo, una cualidad que irónicamente se convirtió en uno de sus problemas. Martínez recuerda que, aunque fue el portero de un equipo de leyenda, detrás de esa fachada de invulnerabilidad se escondía una fragilidad que el entorno no supo detectar. Durante el proceso de escritura percibió que, a pesar de estar rodeado de gente, Rollán atravesaba su calvario personal en una soledad desgarradora. Para la familia, colaborar en la reconstrucción de su vida acabó convirtiéndose en una necesaria forma de terapia.

El legado de Jesús Rollán va mucho más allá de sus títulos mundiales y sus medallas olímpicas, pues su vida sirvió para abrir un debate necesario en la sociedad. Su historia es un recuerdo de que los deportistas son personas con vulnerabilidades que no desaparecen al colgar el bañador tras una carrera de éxito. Fue una persona que lo dio todo por la bandera y por sus compañeros de equipo y que es recordado no solo como el mejor portero de la historia, sino como una leyenda cuya humanidad sigue inspirando a las nuevas generaciones. Su nombre ya no habita en el silencio, sino en la memoria de un país que aprendió a valorar tanto su luz como sus sombras.