¿Por qué se destruyó tres veces una de las siete maravillas del mundo antiguo? El templo de Artemisa esconde una historia turbulenta

Las guerras y los saqueos amenazaban monumentos cuyo valor religioso y material los convertía en objetivos de conquista. Entre esas construcciones admiradas y expuestas a la destrucción figuraban las siete maravillas del mundo antiguo, que los viajeros y escritores destacaban por su tamaño, belleza o dificultad técnica.

No formaban una clasificación oficial ni respondían a un propósito idéntico: algunas celebraban a dioses, otras honraban a gobernantes o expresaban el prestigio de una ciudad. El título reconocía esa admiración, más que una intención de sus constructores. De todas ellas, únicamente la Gran Pirámide de Guiza ha llegado hasta nuestros días, aunque otras sobreviven en ruinas, imágenes y relatos.

El santuario de Éfeso también guardaba grandes riquezas

Entre aquellos monumentos admirados se encontraba el templo de Artemisa en Éfeso, cerca de la actual Selçuk, en Turquía. Su historia no corresponde a un único edificio destruido tres veces, pues el santuario pasó por distintas construcciones, reconstrucciones y fases de deterioro. HistoryExtra distingue tres grandes episodios: una inundación temprana, el incendio de Eróstrato y el ataque de los godos.

La importancia del recinto iba mucho más allá de su arquitectura, porque Artemisa era una divinidad fundamental para los efesios. Allí se veneraba especialmente su relación con la fecundidad y el parto, mediante una imagen distinta de la cazadora griega habitual, con elementos ovalados sobre el torso cuya interpretación sigue abierta. También era un lugar de riqueza. El orador Dión Crisóstomo describió depósitos confiados al santuario por particulares y comunidades, una función económica que ayuda a explicar su atractivo para los saqueadores.

Una inundación dañó el primer santuario durante el siglo VII

La primera gran catástrofe ocurrió durante el siglo VII a. C., cuando una inundación dañó una construcción temprana situada en terrenos bajos. Los sedimentos hallados por los arqueólogos respaldan aquel episodio, que no fue un ataque humano. Pese al riesgo de nuevas crecidas, el santuario siguió levantándose en el mismo emplazamiento. Hacia 550 a. C., Creso, rey de Lidia que había sometido Éfeso, patrocinó allí un gran templo de mármol asociado a los arquitectos Quersifrón y Metágenes. Una inscripción conservada en el British Museum documenta su aportación con la dedicatoria reconstruida: “El rey Creso dedicó [esto]”.

Aquel templo monumental sufrió otro desastre en 356 a. C., cuando Eróstrato le prendió fuego, según la tradición antigua, para alcanzar fama. Las autoridades lo ejecutaron e intentaron impedir que su nombre perdurase, aunque los escritores terminaron transmitiéndolo. El edificio era de mármol, pero contenía componentes de madera y mobiliario susceptibles de arder. No se conoce con precisión cómo se propagó el incendio. La tradición también hizo coincidir el episodio con el nacimiento de Alejandro Magno, una asociación literaria que no explica sus causas.

Después del incendio, los efesios emprendieron una reconstrucción que mantuvo la importancia religiosa y monumental del recinto durante siglos. Estrabón cuenta que Alejandro, durante su visita de 334 a. C., ofreció financiar las obras si su nombre figuraba en una inscripción. Los habitantes rechazaron la propuesta alegando que un dios no debía hacer una ofrenda a otro. El templo reconstruido llegó a contar, según las descripciones antiguas, con 127 columnas. El poeta Antípatro de Sidón lo ensalzó por encima de otras maravillas mediante estas palabras: “Fuera del Olimpo, el sol nunca contempló nada tan grandioso”.

Los saqueos y el abandono acabaron con el santuario

Mucho después, las incursiones godas contra territorios romanos alcanzaron Éfeso durante la década de 260 d. C. Britannica fecha la destrucción en 262, aunque otras fuentes proponen años posteriores. Jordanes, historiador del siglo VI, relató aquellas expediciones mucho tiempo después de los hechos y mencionó el incendio del santuario. Su testimonio permite relacionar el ataque con una campaña de saqueo, pero no identificar a quien inició el fuego ni determinar la magnitud de los daños. Tampoco existe acuerdo sobre posibles reparaciones posteriores.

La desaparición del templo continuó durante la Antigüedad tardía, cuando el culto perdió su función y dejaron de sostenerse las reconstrucciones anteriores. La Academia Austríaca de Ciencias describe una ruina gradual y la extracción de materiales, por lo que no considera demostrado que una multitud cristiana lo demoliera por completo en 401. Los sedimentos también acabaron cubriendo parte de sus restos.

El emplazamiento fue localizado en 1869 por el arqueólogo británico John Turtle Wood, y David George Hogarth dirigió nuevas excavaciones desde 1904. A día de hoy, de todo lo que en algún día hubo, solamente queda una columna recompuesta con fragmentos, mientras otras piezas se conservan en museos. Esa columna recuerda la sucesión de templos que permitió mantener durante siglos un lugar sagrado pese a las inundaciones, los incendios y los saqueos.