La época en la que los animales eran juzgados y condenados a muerte como si fueran personas

No bastaba con que un niño muriera desangrado en su cuna, ni con que las cosechas desaparecieran bajo miles de dientes. Alguien o algo debía responder ante la ley. Y en la Europa de los siglos XIV al XVIII, esa respuesta podía llegar en forma de cerda encadenada, perro ahorcado, asno condenado o rata excomulgada.

Los tribunales distinguían entre delitos individuales y plagas agrícolas

Los juicios contra animales formaron parte de la actividad judicial europea durante varios siglos, con procedimientos que podían terminar en ejecuciones públicas o sanciones religiosas. El investigador estadounidense Edward Payson Evans recopiló 196 casos procedentes de catorce países. Los tribunales seculares procesaban principalmente a animales domésticos acusados de causar muertes, mientras que las autoridades eclesiásticas intervenían cuando insectos o roedores arrasaban los campos. Estos últimos procedimientos podían desembocar en órdenes de expulsión y amenazas de excomunión.

Uno de los episodios mejor documentados ocurrió en Falaise, Normandía, en 1386, cuando una cerda fue condenada por matar a un niño. La sentencia contemplaba mutilaciones y una ejecución mediante ahorcamiento. Se conserva documentación relativa al pago del verdugo, incluidos unos guantes utilizados para cumplir su cometido. La historia de que el animal fue vestido con prendas humanas procede, en cambio, de testimonios posteriores sobre una pintura desaparecida, por lo que ese detalle carece de confirmación documental suficiente.

La distinción entre culpabilidad y mera presencia adquirió importancia en Savigny, donde una cerda y sus seis lechones aparecieron ensangrentados junto a un niño muerto en 1457. El tribunal condenó a la madre, pero absolvió a las crías porque ninguna prueba demostraba su participación. Los pequeños animales terminaron bajo la autoridad de la señora de Savigny después de que su propietario rechazara ofrecer garantías sobre su comportamiento futuro.

En la ciudad francesa de Autun, las ratas fueron denunciadas por devorar los cultivos de cebada, y el procedimiento acabó convirtiéndose en uno de los episodios más conocidos de la justicia contra animales. La historia, situada tradicionalmente en el siglo XVI, atribuye su defensa al jurista Barthélemy de Chassenée.

Según los relatos posteriores, este argumentó que las citaciones no habían llegado a todos los acusados, dispersos por distintos lugares, y que los gatos suponían un peligro para quienes intentaran comparecer. El proceso habría quedado aplazado, aunque no se ha localizado un expediente judicial contemporáneo que permita comprobar todos sus detalles.

Las plagas agrícolas también podían recibir una defensa organizada, como sucedió con los gorgojos que dañaban los viñedos de Saint-Julien, en Saboya. En 1587, sus representantes alegaron que los insectos tenían derecho a alimentarse de las plantas creadas por Dios.

Los vecinos ofrecieron entonces un terreno alternativo donde podrían vivir sin perjudicar las viñas, aunque el abogado consideró insuficiente la propuesta. El desenlace permanece sin resolver porque falta la última hoja del expediente publicado por Léon Ménabréa en 1846.

Uno de los episodios más estremecedores de esta tradición judicial ocurrió en Francia en 1610, cuando una jauría de perros rabiosos atacó a un novicio franciscano y lo despedazó. La violencia del ataque acabó llevando a los animales ante la justicia, acusados de homicidio y condenados a muerte. Su enfermedad habría bastado para justificar que fueran sacrificados por el peligro que representaban, pero la condena se planteó como un castigo por la muerte del religioso.

La rabia ofrece hoy una explicación del comportamiento de los perros, pero en aquel proceso no sirvió para eximirlos de culpa. El ataque fue tratado como un crimen y sus autores recibieron una sentencia penal, sin que se estableciera una diferencia entre actuar por una enfermedad incontrolable y hacerlo de manera deliberada.

La responsabilidad animal cambió con la evolución del derecho

La idea de atribuir responsabilidad jurídica a seres irracionales tenía antecedentes anteriores a la Europa medieval y aparecía tanto en tradiciones religiosas como en instituciones antiguas. Por ejemplo, el Éxodo establecía el apedreamiento de un buey que matara a una persona. En Atenas, el tribunal del pritaneo podía intervenir incluso cuando una muerte había sido causada por un objeto, como una jabalina. Estas actuaciones pretendían dar respuesta a una muerte violenta dentro del orden religioso y jurídico de la comunidad.

Las interpretaciones modernas de aquellos procesos han destacado diferentes funciones sociales, desde la restauración del orden hasta la afirmación de la autoridad religiosa. La historiadora Esther Cohen examinó su relación con la concepción medieval de la justicia, mientras que Peter Dinzelbacher estudió la importancia de cumplir los procedimientos habituales. El economista Peter T. Leeson propuso otra explicación para los litigios contra plagas, vinculándolos con los esfuerzos eclesiásticos para reforzar el pago del diezmo.

La transformación del derecho acabó trasladando la responsabilidad por los daños causados por animales hacia sus propietarios, al tiempo que desaparecía su consideración como delincuentes. En España, la Ley 17/2021 modificó el Código Civil para reconocer a los animales como seres vivos dotados de sensibilidad. Esta condición tiene consecuencias jurídicas en asuntos como las separaciones matrimoniales, las herencias y los embargos, donde su tratamiento ya responde a criterios distintos de los aplicados a los bienes materiales ordinarios.