Los dos asesinos más famosos de Edimburgo mataban para vender cadáveres: 16 víctimas y un negocio que avergonzó a la medicina británica

El hallazgo de Margaret Docherty permitió descubrir los asesinatos

Héctor Farrés

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El umbral de una taberna reunió a varios clientes que buscaban refugio del frío mientras dos hombres elegían con quién entablar conversación aquella noche. William Burke y William Hare se acercaron a un hombre que permanecía apartado del resto y comenzaron a hablarle mientras este intentaba terminar su bebida. Le ofrecieron continuar la velada bajo techo y esperaron a que aceptara, sin apresurarlo mientras los demás clientes seguían ocupados en sus conversaciones.

Cuando el visitante se levantó, Burke lo acompañó hacia la salida mientras Hare se adelantaba para comprobar el camino. Los tres recorrieron las calles de Edimburgo hasta una casa de huéspedes donde todavía había personas despiertas. Allí, los dos hombres condujeron al recién llegado hacia una habitación apartada y cerraron la puerta mientras las conversaciones continuaban en otras dependencias. Nunca más se le volvió a ver.

Dos asesinos vendieron 16 cadáveres a un anatomista de Edimburgo

Entre 1827 y 1828, William Burke y William Hare asesinaron al menos a 16 personas en Edimburgo para vender sus cuerpos al anatomista Robert Knox, que impartía clases privadas de disección. Los crímenes se concentraron en el distrito de West Port, donde ambos aprovecharon la vulnerabilidad de personas pobres, enfermas o sin familiares próximos. A diferencia de los ladrones de tumbas, obtenían cadáveres mediante asesinatos, generalmente por asfixia, un procedimiento que podía dejar pocas lesiones externas.

El último crimen precipitó su detención. En octubre de 1828, Margaret Docherty desapareció después de alojarse en una vivienda relacionada con Burke. Otros huéspedes, Ann y James Gray, sospecharon de lo ocurrido y encontraron su cadáver oculto bajo un colchón de paja. Cuando intervino la policía, el cuerpo ya había sido trasladado, pero las contradicciones entre las declaraciones de los sospechosos permitieron avanzar en la investigación. Las detenciones pusieron fin a una sucesión de muertes que había pasado inadvertida durante meses.

Hare consiguió inmunidad mientras Burke terminó ejecutado en 1829

Hare evitó la ejecución al declarar contra su compañero a cambio de inmunidad. Burke fue condenado en diciembre de 1828 y ahorcado el 28 de enero de 1829. Su castigo continuó después de morir: el cadáver fue entregado para una disección pública y su esqueleto permanece en el Museo Anatómico de la Universidad de Edimburgo. El destino posterior de Hare resulta menos seguro. Algunas versiones lo sitúan en Inglaterra, mientras otras apuntan a un regreso a Irlanda.

El anatomista que había comprado los cuerpos tampoco salió indemne del escándalo. Knox nunca fue juzgado por los asesinatos, aunque su relación comercial con los responsables arruinó su enorme prestigio profesional. Perdió posiciones dentro de las instituciones médicas de Edimburgo y terminó trasladándose a Londres. Allí continuó trabajando y publicando hasta su muerte en 1862, lejos de la posición que había ocupado entre los profesores de anatomía escoceses.

La escasez de cadáveres alimentó el saqueo de cementerios

El negocio que había permitido enriquecerse a Burke y Hare nació de una escasez prolongada. Durante décadas, las escuelas de Medicina necesitaban más cadáveres de los que podían conseguir legalmente. La Universidad de Glasgow, por ejemplo, recibió únicamente 23 cuerpos de ejecutados entre 1752 y 1832. Para abastecer las clases aparecieron los llamados resucitadores, que desenterraban cadáveres recientes y los vendían a profesores y estudiantes. Algunos dejaban la ropa dentro del ataúd porque apropiarse de esas pertenencias podía acarrear consecuencias penales distintas.

Hare, a la izquierda, y Burke, en la derecha, se compincharon con Knox

Las familias intentaron defender las sepulturas mediante vigilancia nocturna, losas pesadas y estructuras de hierro conocidas como mortsafes. También se produjeron ataques contra instalaciones médicas sospechosas de recibir cuerpos robados. La desconfianza tenía antecedentes anteriores a los asesinatos de West Port: en Edimburgo hubo disturbios contra un teatro anatómico en 1725 y Glasgow sufrió otro episodio violento en 1749.

En 1832, el Parlamento británico aprobó la Ley de Anatomía, que amplió el acceso legal a cadáveres no reclamados de hospitales, prisiones y establecimientos de asistencia a los pobres. La norma introdujo licencias e inspecciones y redujo los incentivos para saquear cementerios. Sin embargo, trasladó buena parte del suministro hacia personas sin recursos o sin familiares que reclamaran sus restos. Las escuelas pudieron obtener cuerpos por vías legales, pero durante mucho tiempo quienes menos capacidad tenían para decidir siguieron siendo los más expuestos a terminar sobre una mesa de disección.

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