No hace falta un asteroide, la NASA señala al Sol como el culpable que acabará con la Tierra
Un impacto desde el espacio forma parte de esos riesgos que se conocen pero rara vez se sienten como amenaza real en el día a día. El temor a que un meteorito golpee la Tierra existe porque ha ocurrido en el pasado, aunque las probabilidades actuales de que suceda en cualquier año son muy bajas según los sistemas de seguimiento que vigilan miles de objetos cercanos.
Ese miedo se alimenta de noticias puntuales sobre trayectorias posibles o cálculos iniciales que luego se corrigen, lo que deja una sensación ambigua entre peligro y tranquilidad. En la práctica, los cuerpos grandes capaces de provocar daños globales aparecen con intervalos de cientos de miles de años, mientras los de menor tamaño son más frecuentes pero con efectos limitados a zonas concretas. Esa diferencia entre percepción y frecuencia real deja claro que el final del planeta no depende de un choque repentino, sino de procesos mucho más lentos.
Un estudio sitúa el fin de la habitabilidad en 1.100 millones de años
Un estudio científico publicado en Nature Geoscience en 2021, basado en casi 400.000 simulaciones y recogido por la NASA, indica que la Tierra dejará de ser habitable para la vida compleja dentro de unos 1.100 millones de años por la pérdida progresiva de oxígeno atmosférico causada por el aumento de la temperatura solar.
Ese trabajo analiza cómo evolucionan la atmósfera, los océanos y la química del planeta a largo plazo y concluye que el aire respirable desaparecerá antes de que los océanos se evaporen por completo. El resultado no apunta a un final brusco, sino a un deterioro lento que transforma las condiciones necesarias para sostener organismos complejos. La clave del cambio no está en un evento puntual, sino en la evolución natural del sistema solar.
El Sol se encuentra en una fase intermedia de su vida y continuará emitiendo energía durante miles de millones de años, aunque cada vez con mayor intensidad. Ese aumento progresivo de brillo y temperatura altera el equilibrio térmico de la Tierra mucho antes de que la estrella alcance su fase de gigante roja, prevista dentro de unos 5.000 millones de años.
La diferencia entre esos dos momentos resulta decisiva porque el planeta seguirá existiendo, pero sin condiciones adecuadas para mantener ningún tipo de vida compleja. La radiación adicional modificará procesos químicos básicos en la atmósfera y cambia el comportamiento del agua en la superficie.
La pérdida progresiva de oxígeno impedirá la supervivencia animal y vegetal
La consecuencia más directa de ese proceso es la desaparición gradual del oxígeno que permite respirar a animales y plantas. El planeta no se destruirá ni se fragmentará en pedazos, pero perdería de la capacidad de mantener los sistemas biológicos que dependen de ese gas.
A medida que la atmósfera se empobrece, los organismos complejos dejan de poder sobrevivir, mientras otros más simples adaptados a condiciones extremas podrían persistir. Esa transición convierte un mundo lleno de agua y vida en un entorno seco y limitado.
Para llegar a estas conclusiones, Kazumi Ozaki, investigador de la Universidad de Toho, y Christopher Reinhard, del Georgia Institute of Technology, desarrollaron un modelo que integra clima, océanos y procesos químicos vinculados a la vida. Tras ejecutar cerca de 400.000 simulaciones, el sistema mostró que la concentración de oxígeno caerá hasta niveles mínimos en torno a ese plazo de 1.100 millones de años.
Un estudio posterior dirigido por Keming Zhang, de UC San Diego, respalda esa estimación al situar el límite de habitabilidad en torno a 1.000 millones de años. Ambos trabajos coinciden en que el cambio no depende de factores externos excepcionales, sino del comportamiento esperado del Sol.
El aumento de temperatura provocará un ciclo de evaporación sin freno
El mecanismo que impulsa esta transformación parte del aumento de temperatura, que incrementa la evaporación del agua de los océanos. Ese vapor adicional retiene más calor en la atmósfera y provoca una nueva subida térmica, lo que a su vez intensifica la evaporación.
Este ciclo se repite durante millones de años hasta generar un efecto invernadero descontrolado que altera la composición del aire. En ese proceso, la reducción del dióxido de carbono afecta a la fotosíntesis y reduce la producción de oxígeno, acelerando su desaparición.
La búsqueda de vida en otros planetas tendrá en cuenta estos cambios
Este escenario también cambia la forma en que se buscan señales de vida en otros planetas. Si el oxígeno solo aparece durante una parte limitada de la historia de un mundo habitable, su ausencia no implica necesariamente que nunca haya existido vida compleja.
Los investigadores ajustan sus instrumentos para detectar otros indicios, como variaciones en gases o en la química atmosférica, que indiquen actividad biológica en etapas distintas. El propio caso terrestre sirve como referencia para entender que un planeta puede haber sido habitable y ya no mostrar ese rastro.
No tiene nada que ver con el cambio climático
El estudio publicado en Nature Geoscience destaca además que la atmósfera rica en oxígeno representa solo entre el 20% y el 30% de la vida total del planeta como entorno habitado. Tras esa fase, la Tierra pasaría a un estado similar al de su pasado remoto, con más metano, menos dióxido de carbono y sin una capa de ozono que proteja de la radiación. Ese cambio redefine por completo el tipo de vida que podría persistir.
Conviene separar este proceso del calentamiento actual provocado por la actividad humana. Los cambios que se observan hoy se desarrollan en décadas y están relacionados con emisiones de gases, mientras el escenario descrito por la NASA se extiende a lo largo de miles de millones de años y responde a la evolución del Sol. Ambos fenómenos existen al mismo tiempo, pero operan en escalas completamente distintas, lo que obliga a analizarlos sin confundir sus causas ni sus efectos.