Quevedo fue enterrado en la iglesia de esta plaza mayor soportalada y con balconadas de madera
Francisco de Quevedo y Villegas, el gran genio del Siglo de Oro, murió en Villanueva de los Infantes el ocho de septiembre de 1645. Tras pasar sus últimos días en la austera celda del convento dominico de la localidad, su cuerpo fue trasladado para recibir sepultura en un entorno monumental. La imponente plaza mayor de la villa, con sus elegantes soportales y sus características balconadas de madera, sirve de escenario para la iglesia parroquial de San Andrés. En este espacio cargado de historia, el escritor inició un largo periplo póstumo que duraría más de tres siglos de incertidumbre. Su voluntad era ser enterrado en Madrid junto a su hermana, pero el destino dictó un rumbo diferente para sus huesos.
El entierro inicial se llevó a cabo en la capilla de los señores de Bustos, un linaje de alto prestigio que acogió al caballero de Santiago en su templo. A pesar de que Quevedo deseaba descansar en el convento de Santo Domingo el Real en la capital, el vicario decidió desatender esta última voluntad. Se dice que fue enterrado con el hábito blanco de su orden y unas espuelas de oro que trataban de ocultar su notable cojera congénita. La iglesia de San Andrés, con su fachada clasicista de inspiración herreriana diseñada por Francisco Cano, se convirtió en la primera morada de su cadáver. Lo que nadie sospechaba entonces era que la paz del autor sería interrumpida repetidamente por la desidia y los planes políticos.
La arquitectura del templo de la provincia de Ciudad Real donde reposó Quevedo es una síntesis de estilos que van desde el gótico hasta el clasicismo del siglo XVII. Su portada principal, enmarcada en un profundo arco de medio punto y custodiada por columnas dóricas, se abre directamente a la plaza que es el corazón de Infantes. Desde sus balcones de madera, la nobleza y el pueblo han contemplado durante centurias el paso de las procesiones y el devenir de una historia hidalga. El interior, de nave única y cubierto por bóvedas de crucería, alberga rincones de gran valor artístico como la capilla funeraria dedicada a la Santa Cruz. Es en este entorno de piedra fría y silencio solemne donde los restos del satírico comenzaron a mezclarse con el polvo de otros difuntos.
Hacia finales del siglo XVIII, la capilla de los Bustos sufrió una remodelación que alteró para siempre el orden original de los enterramientos del recinto. Los huesos del escritor fueron extraídos y trasladados a una cripta común bajo la advocación de Santo Tomás, donde se amontonaron con otros esqueletos. En este proceso de limpieza u osario, la individualidad de Quevedo se perdió entre decenas de restos anónimos, complicando cualquier intento futuro de identificación oficial. Circulan relatos sobre un sacristán que robó las famosas espuelas de oro de la tumba, desencadenando una maldición sobre el caballero que osó lucirlas en un festejo. Sea realidad o mito, lo cierto es que la identidad física del poeta desapareció de la vista pública bajo capas de tierra y olvido.
En 1869 un proyecto estatal en Madrid buscó reunir a los grandes hombres de la nación en un nuevo Panteón de Ilustres. Las autoridades solicitaron a Villanueva de los Infantes la remisión de las cenizas de Quevedo para que ocuparan un lugar de honor en la capital española. Ante la presión ministerial, se abrió la cripta y se seleccionó un esqueleto que portaba vestiduras de seglar, asumiendo sin pruebas que pertenecía al gran autor barroco. Estos restos procesionaron con gran pompa por las calles de Madrid en un desfile cívico anunciado con cañonazos. Sin embargo, el proyecto fracasó y los huesos fueron devueltos a la Mancha años después con una nota oficial que sembraba dudas.
Tras el bochorno de los restos apócrifos, la caja con los huesos de la mujer desconocida quedó arrumbada durante décadas en el archivo municipal entre legajos. No fue hasta 1920 cuando un alcalde decidió darles una sepultura digna en la ermita del Calvario, pensando erróneamente que recuperaba al genio. Mientras tanto, los verdaderos despojos de Francisco de Quevedo permanecían en la oscuridad de la cripta de San Andrés, ignorados por quienes lo buscaban en archivos. La farsa de los restos falsos se mantuvo durante gran parte del siglo XX, con homenajes que se dirigían a una tumba que no contenía al gran escritor. El misterio parecía no resolverse, hasta que unas obras de restauración en la sala capitular abrieron una nueva esperanza.
La ciencia, al rescate
La ciencia moderna acudió finalmente al rescate de la memoria del poeta en 2006 a través de la Escuela de Medicina Legal de la Complutense. Un equipo multidisciplinar excavó las diez tumbas de la cripta de Santo Tomás, recuperando miles de fragmentos óseos que pertenecían a más de 160 personas. Entre la amalgama de restos humanos y animales, los investigadores buscaron evidencias de las patologías que marcaron la vida de Quevedo: su miopía y su cojera. El hallazgo de dos fémures con una deformidad severa permitió separar diez huesos compatibles con su perfil biológico único. Estos restos correspondían a un varón de unos 65 años con una torsión ósea que justificaba la mítica zambo de sus pies.
En mayo 2007, Villanueva de los Infantes celebró el último funeral de su vecino más ilustre con la solemnidad que el tiempo le había negado. Los huesos identificados fueron depositados en una urna de forja dentro de la cripta de la iglesia de San Andrés, bajo el suelo que pisó en vida. Hoy, los visitantes pueden observar el cofre a través de un cristal, rindiendo tributo a quien dejó escrito que su cuerpo sería polvo enamorado. La Plaza Mayor, con sus balconadas de madera y su aire de otra época, sigue siendo el guardián silencioso de este tesoro literario y humano recuperado. Quevedo descansa finalmente en el lugar donde murió, formando parte indisoluble de la identidad de una tierra manchega que lo acogió en su postrera hora.