El secreto detrás del amarillo de Van Gogh que la ciencia ha tardado más de un siglo en descubrir
El amarillo de cromo ofreció a los artistas del siglo XIX una intensidad difícil de conseguir con los pigmentos disponibles hasta entonces. Su llegada formó parte de una transformación química que amplió la paleta de los pintores con nuevos colores industriales y que artistas como Vincent van Gogh aprovecharon para construir algunas de sus obras más reconocibles. Sin embargo, aquel amarillo brillante presentaba importantes inconvenientes: su composición incluía plomo y cromo, y su estabilidad frente a la luz era limitada, hasta el punto de que parte de su viveza original podía transformarse con los años en tonos marrones y apagados.
Químicamente, el amarillo de cromo tradicional está formado por cromato de plomo (PbCrO4), un compuesto en el que el cromo se encuentra en estado de oxidación VI. Esta composición resulta clave para entender lo que ocurre con el pigmento con el paso del tiempo: los estudios realizados sobre pinturas históricas han permitido observar cómo el cromo puede experimentar cambios en su estado de oxidación, un proceso que posteriormente se ha relacionado con la alteración del color.
Van Gogh fue uno de los artistas que explotaron sus posibilidades. El pintor recurrió al amarillo de cromo para obtener algunos de los tonos intensos asociados actualmente a su obra y lo empleó, entre otras composiciones, en Los girasoles. La disponibilidad de pigmentos fabricados industrialmente le permitía utilizar el color como un elemento expresivo, pero las investigaciones realizadas más de un siglo después han demostrado que parte de aquellos amarillos que hoy contemplamos ya no presenta exactamente el aspecto que tenía cuando salió de su estudio.
El amarillo que la luz transforma
El proceso de degradación ha podido estudiarse mediante técnicas avanzadas de análisis. Investigadores que examinaron muestras de pintura con haces microscópicos de rayos X comprobaron que la exposición a la luz puede desencadenar una reacción en una capa extremadamente fina de la superficie: el cromo pasa de cromo VI a cromo III, dando lugar a compuestos que modifican el color y contribuyen al oscurecimiento del amarillo original. Los análisis realizados sobre obras como Vista de Arles con lirios y Ribera del Sena confirmaron la presencia de este fenómeno en pinturas del artista neerlandés, tal y como explicó Marine Cotte, experta del laboratorio francés de Grenoble, en declaraciones para Efe.
La química de las mezclas empleadas por Van Gogh complicaba todavía más el proceso. Los estudios detectaron una mayor presencia de cromo III en zonas donde también aparecían compuestos de bario y azufre, una pista que relaciona algunas de las mezclas utilizadas por el pintor con la degradación. Otras investigaciones, como la Estudio ab initio de la solución sólida PbCr (1− x ) S x O 4 : una mirada al interior de la degradación del Amarillo Van Gogh, publicada en Ciencia química, han estudiado específicamente la combinación de cromato de plomo y sulfato de bario empleada para obtener un amarillo más claro y brillante, y han comprobado que, en contacto con la luz, puede favorecer la aparición con el tiempo de una tonalidad más marrón y apagada.
El problema del amarillo de cromo no quedó limitado a la conservación de las obras de arte. Dentro de la misma familia de pigmentos de cromato de plomo se encuentra el C.I. Pigment Yellow 34, un sulfocromato de plomo que ha tenido aplicaciones industriales en plásticos, pinturas y recubrimientos. Un informe de la Agencia de Protección Ambiental danesa señalaba que, en el mercado europeo analizado, alrededor del 60% se destinaba a colorear plásticos y aproximadamente el 40% a recubrimientos. Entre sus aplicaciones figuraban maquinaria, embarcaciones, señalización y pintura vial, vehículos y determinados equipos industriales.
Del éxito industrial a una sustancia sometida a autorización
Su composición es también la razón por la que este tipo de pigmentos quedó sometido a una regulación especialmente estricta. El C.I. Pigment Yellow 34 está clasificado como carcinógeno de categoría 1B, tóxico para la reproducción de categoría 1A y susceptible de provocar daños en órganos tras una exposición prolongada o repetida. La preocupación por el riesgo cancerígeno se relaciona principalmente con la inhalación de polvo de cromato, mientras que parte de los efectos sobre el desarrollo se asocia al contenido en plomo. El Reglamento (UE) 125/2012 incorporó este pigmento al anexo XIV de REACH por cumplir los criterios de clasificación como carcinógeno y tóxico para la reproducción.
Esa inclusión no equivale a una desaparición absoluta del pigmento, pero sí supuso someter sus usos en la Unión Europea al régimen de autorización de REACH: el informe danés recoge mayo de 2015 como fecha límite, tras la cual su empleo requiere una autorización para un uso específico. Al mismo tiempo, se han identificado numerosas alternativas sin plomo y los datos recogidos en Dinamarca mostraban una tendencia descendente en su consumo. El amarillo que ayudó a ampliar la paleta de los artistas y cuya familia de pigmentos encontró después múltiples aplicaciones industriales terminó así convertido en un ejemplo de cómo un color admirado por su intensidad puede revelar, con el avance de la química, propiedades muy distintas de las que hicieron posible su éxito.