La espectacular playa salvaje de arena dorada y rodeada de acantilados, dunas y perfecta para hacer surf en Portugal

En el extremo suroccidental del Algarve, en la Costa Vicentina, hay una playa que hasta hace poco solo conocían los surfistas y los senderistas de la Ruta Vicentina. Pero este año ha dejado de ser un secreto: la organización European Best Destinations la ha nombrado la mejor playa de Europa de 2026, por delante de destinos tan fotografiados como Voutoumi (Antipaxos, Grecia) o Fteri (Cefalonia, Grecia), que ocuparon el segundo y el tercer puesto. Se trata de Praia de Monte Clérigo, un auténtico paraíso enclavado entre acantilados dorados y pequeñas dunas, que ha superado a otros parajes costeros europeos gracias a su carácter salvaje.

El primer puesto de la clasificación anual de European Best Destinations, que evalúa la belleza natural, la accesibilidad, los servicios y el ambiente general de las playas del continente, ha recaído este año en Praia de Monte Clérigo. La lista parte de una preselección de diez playas por país que se somete después a un panel internacional de viajeros y especialistas en turismo hasta reducirse a un top 30 y, finalmente, a un ganador.

La organización valoró la belleza natural, la accesibilidad, el ambiente, la conservación medioambiental y la experiencia general del visitante. Y lo hizo, sobre todo, destacando lo que Monte Clérigo no tiene: grandes resorts ni zonas balnearias sobrecargadas. En su lugar, el jurado premió los acantilados dorados que enmarcan la arena, el cordón de dunas bajas que protege el arenal, los paisajes atlánticos salvajes y los atardeceres inolvidables de esta playa integrada en el Parque Natural del Sudoeste Alentejano y Costa Vicentina, uno de los tramos de litoral mejor conservados de Portugal.

Una playa de pescadores

Monte Clérigo está a unos diez kilómetros de Aljezur, la capital municipal, y forma parte, junto a Arrifana y, algo más al sur, Amado, cerca de Carrapateira, del trío de playas que ha convertido a esta comarca en meca surfera desde hace décadas. A diferencia de sus vecinas, Monte Clérigo ha mantenido un perfil bajo: un pequeño núcleo de casas de pescadores en la colina, un puñado de restaurantes y poco más. Ni rastro de urbanizaciones ni de cadenas hoteleras.

El arenal cuenta con fondo de arena y un cordón de dunas que separa la playa de la carretera, además de un oleaje atlántico regular que en marea baja descubre pozas naturales entre las rocas, auténticos acuarios improvisados donde asoman anémonas, estrellas de mar y cangrejos, y que, en marea alta, invita simplemente al baño. Fuera de la temporada alta, la playa queda mucho más tranquila y con menos servicios disponibles.

Un secreto a voces entre los surfistas

Para quienes buscan tabla, Monte Clérigo ocupa un lugar peculiar en el mapa de Aljezur: es la alternativa lógica cuando el viento sopla de mar a tierra o cuando el oleaje es flojo y Arrifana está demasiado concurrida. Los surfistas locales advierten de que los bancos de arena cambian con frecuencia, así que encontrar la ola perfecta aquí depende bastante de la suerte del día.

Hay además un pequeño arrecife rocoso hacia el sur de la playa, frente al núcleo del pueblo, que en días de oleaje grande puede producir olas huecas. A diferencia de otros puntos de la zona, Monte Clérigo tiene fama entre los surfistas de ser precisamente uno de los rincones menos concurridos del Algarve occidental, donde resulta más fácil encontrar sitio en el agua.

La recomendación es surfear con marea media. Con la marea alta, las olas rompen más cerca de la orilla y pierden calidad; con la marea baja y media, en cambio, suelen ser más largas y suaves, en lugar de cortas.

Cómo llegar y qué encontrar

Desde Aljezur se llega en unos diez minutos en coche. La villa cuenta con estación de autobuses con conexiones de larga distancia, aunque no hay una línea que lleve directamente hasta la arena, así que desde allí conviene contar con vehículo propio o taxi para cubrir los últimos kilómetros. El aparcamiento es gratuito, tanto detrás de la playa como en la colina, aunque conviene fijarse en la señalización, ya que existe una zona habilitada para la pernocta de autocaravanas y no está permitido hacerlo fuera de ella. La entrada a la playa no tiene coste.

Los servicios son discretos, pero suficientes: duchas, aseos, un chiringuito sobre la arena y, en temporada alta, escuela de surf. Muy cerca de la playa hay un restaurante que combina cocina internacional con producto local; en Aljezur, otro apuesta por los guisos de pescado y las caldeiradas de siempre, y en la vecina Arrifana no falta una parada obligada para quien busca marisco fresco a la brasa con vistas al mar.

Para dormir, en el propio Aljezur y su entorno inmediato hay varias opciones hoteleras, además de casas de huéspedes y algún hotel de mayor categoría; pero el grueso del alojamiento se reparte entre villas y casas rurales en las urbanizaciones de Vale da Telha, Alto da Arrifana y Espartal, todas ellas a un puñado de kilómetros de la playa.

Un pueblo con más historia de la que parece

Aljezur, con algo más de 6.000 habitantes repartidos en cuatro parroquias —Odeceixe, Rogil, Aljezur y Bordeira—, está habitado desde finales del Paleolítico y fue fundado en el siglo X por los árabes, que dejaron su huella en el castillo, en la cisterna y en el propio topónimo: Aljezur procede del árabe al-jazira, la isla, en referencia a la ribera que antaño era navegable y que llegó a albergar un pequeño puerto fluvial en la cercana playa de Amoreira.

Quienes quieran seguir explorando la zona sin alejarse demasiado tienen cerca la Praia da Amoreira, con cafetería y aparcamiento, y la Praia do Medo da Fonte Santa, una cala mucho más salvaje y prácticamente virgen. Y para los que prefieren caminar, el sendero costero de la Ruta Vicentina, más de 450 kilómetros entre acantilados, conecta Monte Clérigo con Arrifana en poco más de trece kilómetros de vistas sobre los acantilados negros del suroeste alentejano.