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Pasión por Gran Canaria por EDITORIAL

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Ni va contra otras islas ni va contra ninguna alternativa política. Es el sereno reconocimiento de que Gran Canaria tiene fuerzas latentes, históricas y traducibles a la actualidad, que contienen una fuerza creativa sin canalizar.
La isla de Gran Canaria ha tenido mala suerte con los presidentes que la democracia ha instalado en el Cabildo Insular. Hoy es un dato errático que la isla de Tenerife, sin los atributos de Gran Canaria para el turismo al uso, recibe más visitantes que la isla redonda. Insólito. Inexplicable.
La razón, qué duda cabe, está en la desconfianza. Ante la falta de un consenso sobre el desarrollo que sostener, la opinión pública avala políticas de frenazo ante cualquier tipo de iniciativas.
Desde hace años, Gran Canaria se dotó de un Plan Insular distinto al de las otras islas. Era la acentuación desfigurada de la Ley de Espacios Protegidos dimitiendo del quehacer de propuestas para el futuro. Hoy tenemos el inventario de las actuaciones que el Plan Insular evitó, pero la casilla de actuaciones necesarias y ejecutadas esta vacía. En Gran Canaria nadie recuerda iniciativas que no fueran para parar antes que para marchar.
No a Veneguera con mucha carga de razón, pero no también a la ampliación del aeropuerto de Gando, no a las centrales térmicas, no a la cárcel. No a una política de equipamientos de la isla, no a los parques temáticos, no a los puertos deportivos, no a la mejora de playas. No a la inversión productiva.
Esa enfermedad, una suerte de pasión de ánimo, retrata a una sociedad desconfiada y sin liderazgo. Gran Canaria no tiene sintonía con su clase dirigente.
Ese liderazgo que esperamos de José Miguel Pérez y de Román Rodríguez, sólo tiene que ser un sereno ejercicio de canalización de lo que la sociedad civil reclama en privado, de aquellos anhelos que tiene nuestra gente de ver cómo es posible unificar todos los clubs de fútbol de la isla sin mayores desgarros, o cómo es posible el consenso ante una Universidad emergente o ante la Avenida Marítima de Las Palmas de Gran Canaria y su consecuencia territorial.
Cuesta decir, duele entonar ese triste adagio de que un tiempo remoto y pasado fue mejor.

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