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AIRBORNE 44. HABRÁ UN MAÑANA SIN NOSOTROS. NetCom2 Editorial.

Si se revisan los titulares de los periódicos publicados durante los años en lo que se desarrolló la Primera Guerra Mundial -¡La Gran Guerra!, aquélla que pondría el punto y final a siglos de atrocidades, masacres y sinsentidos- pocos podían prever que toda aquella carnicería de poco sirvió para evitar que los seres humanos volvieran a cometer los mismos errores.  

Por ello, y tras el final de las hostilidades y la posterior firma del tratado de paz entre los contendientes, fechado el 28 de junio de 1919, estos hechos sólo supusieron un paréntesis antes de que el mundo volviera verse implicado en una contienda aún más desgarradora y homicida que la anteriormente citada. La Segunda Guerra Mundial, la que marcó un antes y un después en las relaciones sociopolíticas y estratégicas de la sociedad del siglo XX, y que desembocaría, entre otras muchas cosas, en la no menos deleznable “Guerra Fría” dejó muy claro que la capacidad del ser humano por infligir daño a sus semejantes siempre podía llegar un escalón más alto.

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Todo comenzó el uno de septiembre del año 1939, con la invasión de Polonia, punto de partida para la “guerra relámpago” o Blitzkrieg, en lengua germana, un concepto que desbarató la estrategia defensiva que los países vencedores de la “gran guerra” mantenían frente a cualquier tipo de conflicto armado. Una vez que los ejércitos del Reich alemán atacaron a su vecino polaco -con el beneplácito y la simpatía del estado soviético- se ponía la primera piedra de una contienda que costó la vida a más de sesenta millones de personas, aunque la cifra total nunca se podrá llegar a conocer.

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Soldados alemanes derribando las barreras fronterizas polacas, el uno de septiembre de 1939
 

La contienda, durante sus primeros años, entre 1939-1941, se circunscribió al territorio europeo y a las colonias de ultramar de los países beligerantes que aún perduraban en aquellos momentos, especialmente en Asia, un lugar en el que el ejército imperial japonés, años antes del estallido del conflicto per se, ya demostró lo que se avecinaba por el horizonte. Luego, y tras la entrada de los Estados Unidos de América en el conflicto, los escenarios bélicos se multiplicaron, mientras las victorias de los ejércitos liderados por el megalómano canciller alemán Adolf Hitler se transmutaron en derrota tras derrota. El punto de inflexión llegó el día seis de junio del año 1944, el ya de sobra conocido como día “D”, fecha en la que las fuerzas aliadas desembarcaron en Europa con la vista puesta en la Alemania nacionalsocialista.

Aquél fue el principio del fin de la locura ideológica que a punto estuvo de terminar con el continente europeo y con la concepción que de él se tenía en otras partes del mundo, aunque visto con perspectiva histórica, lo que vino después tampoco es que pusiera las cosas en su sitio, más bien las radicalizó hasta el extremo. Dicha circunstancia permitió, por ejemplo, que el régimen fascista que asoló la sociedad de nuestro país perviviera, durante casi cuatro décadas, en vez de desaparecer justo después de la capitulación de los países del eje -Alemania, el reino de Italia y el imperio de Japón, además de aquellos países que, de una forma o de otra, colaboraron con los anteriormente citados, tal y como fue el caso del reino de Hungría y el reino de Rumanía.

Y es, precisamente, en los estadios finales del conflicto, aquellos meses que contemplaron el desembarco aliado y todo lo que vino después, donde se desarrolla la serie Airborne 44, obra gráfica completa (guión, dibujo y color) del autor belga Philippe Jarbinet. Airborne 44 se estructura a lo largo de seis álbumes divididos, a su vez, en tres arcos argumentales (LA BATAILLE DES ARDENNES, Airborne 44# 1-2; LE DÉBARQUEMENT, Airborne 44# 3-4 y TESSA, Airborne 44# 5-6) y las historias que allí se cuentan se relacionan entre sí, en mayor o menor medida, aunque todas están inmersas en el escenario bélico.

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Cronológicamente hablando, Airborne 44 comienza en la segunda quincena del mes de diciembre del año 1944, pocos días después del comienzo de la ofensiva de las Ardenas, última campaña militar de relieve emprendida por el ejército alemán.  Allí, en los campos nevados de los bosques de las Ardenas -región que se sitúa entre Bélgica, Luxemburgo y Francia, en la región de Champaña-Ardenas- se ven las caras nada más empezar el primer álbum de la colección Luther Calvin Yepsen, sargento estadounidense integrante de la mítica 82 división de infantería aerotransportada -82nd Airborne Division- y Egon Kellerman, miembro de la 12ᵃ División Volksgrenadier, 27ᵒ regimiento de fusileros de la Wehrmacth. Estos dos son los protagonistas principales del primer arco argumental, aunque el primero, norteamericano de origen alemán, también esté relacionado con el segundo arco argumental desarrollado por Philippe Jarbinet.

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Luther Calvin Yepsen y Egon Kellerman, se encuentran, por primera vez, en la tercera página del primer álbum de Airborne 44

Estas primeras viñetas servirán para que el lector se familiarice con dos elementos fundamentales que impregnan todo el relato. Por un lado, está el interés del autor por ser lo más realista y verosímil posible plasmando, con todo lujo de detalles, los escenarios, los uniformes, las armas y los vehículos que participaron en el conflicto. Baste con ver el uniforme de ambos contendientes y las armas que empuñan ambos soldados, el M1 Garand y el Sturmgewehr 44 germano, para comprobar que lucen tal cual eran en la realidad.

Por otro lado, el factor humano, vinculado, éste, a las relaciones que se establecen en tiempos de guerra y las secuelas que rodean a todo conflicto bélico -en un momento donde el estrés post-traumático se estaba empezando a investigar y no contaba con la aceptación dentro del estamento militar como lo puede tener en nuestros días- representa el verdadero motor de Airborne 44. Sobre estas relaciones, se articula todo un discurso donde el autor se empeña en dar voz y representación a los protagonistas de un suceso que, a pesar de las censuras de uno u otro bando, afectó y desagarró de igual forma a quienes se vieron inmersos en él. Llevar un uniforme, hablar un idioma o defender una u otra bandera no te vuelve inmune al horror que rodeó todos y cada uno de los escenarios bélicos de la Segunda Guerra Mundial.

Tampoco hay que olvidar que el momento histórico escogido no es una cuestión baladí, dado que la ofensiva de las Ardenas dejó al descubierto muchas de las carencias de las tropas aliadas frente un enemigo que, aun batiéndose en retirada, todavía no estaba vencido. Quienes combatieron durante aquellos días fueron conscientes de la entrega de quienes aun sabiendo que la suerte estaba del lado de los recién llegados, no estaban dispuestos a dejarse avasallar por el poderío desplegado por las fuerzas armadas estadounidenses.

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Un soldado alemán, en plena ofensiva de las Ardenas, en 1944

Según las palabras del historiador sueco Christer Bergström, recogidas en su libro Ardenas. La batalla, (Barcelona: Ediciones Pasado y Presente, 2016) “ Todo había comenzado a altas horas de la madrugada del 15 al 16 de diciembre de 1944, cuando las tropas de asalto de la división (2ᵃ división blindada alemana) seleccionadas especialmente para la aquella acción, cruzaron a remo el río Our, fronterizo con Alemania, y en silencio, al amparo de la noche y la niebla, rebasaron las posiciones que tenían los estadounidenses en los montes del otro lado. Entre tanto, también sin hacer ruido, avanzaron cientos de miles de soldados alemanes pertenecientes a otras 15 divisiones a fin de ocupar posiciones de ataque a lo largo del frente de las Ardenas. El ataque pilló totalmente desprevenidos a los norteamericanos. Los carros blindados de la 2ᵃ división no tardaron en cruzar el río gracias al pontón que se había construido a la carrera, y en el modesto municipio luxemburgués de Marnach, a cinco kilómetros de la frontera, aplastaron a la primera fuerza blindada que enviaron los estadounidenses a hacerles frente”.

Y es en medio de ese escenario donde el sargento Yepsen, junto con escasos supervivientes de su unidad, se encontrará con dos adolescentes, Louis y Rachel y, tras hacerse cargo de ellos, todos terminan dando con sus huesos en la granja de Gabrielle Orterlin, una de tantas personas que se vieron atrapadas en medio de una guerra que no querían, ni entendían. Allí, aunque solamente sea por unos momentos, Yepsen y su grupo tratarán de llevar una vida normal, lejos de las tensiones inherentes a todo campo de batalla. Otra cosa es que los fantasmas del pasado más cercano dejen reposar al combatiente que lucha contra aquellos recuerdos. Fantasmas que acompañan al soldado que sobrevive tras encadenar una sucesión de batallas, mientras a su alrededor no deja de morir gente.

Los fantasmas del sargento Yepsen tienen rostro, pero no un nombre. Son sólo una imagen impresa en una fotografía recuperada tras un ataque que se saldó con la muerte de inocentes, y que marcó la vida del combatiente. Todo sucedió en Carentán, poco después del día “D”, pero de nada sirve el tratar de buscar una explicación a todo aquello. Como en otras tantas contiendas, los verdaderos protagonistas no son los líderes, ni los generales, ni tan siquiera los combatientes. Los protagonistas, sin voz ni voto, eso sí, son todos aquéllos que, como la mujer y los niños de la fotografía, pierden la vida en una guerra sin poder hacer nada al respecto. Por lo menos, Yepsen ni quiere, ni puede olvidar lo sucedió y gracias a su determinación llegará a encontrar las respuestas que buscaba. Otros se esconden detrás de los símbolos patrios, el fanatismo o la ideología más cobarde. Yepsen, no. 

Mientras tanto, y tras una improvisada, pero intensa celebración navideña -magníficamente retratada en dos páginas por el autor belga- la realidad de la guerra no da tregua y, parapetados en un improvisado bunker, Yepsen y su grupo serán testigos de cómo el jinete bélico, ansioso por devorar a más presas, se empezaba a cebar con los miembros de las juventudes hitlerianas (Hitler-Jugend), enviados al frente ante la preocupante necesidad de soldados de remplazo.

Creada en dos años antes de la llegada del partido nacional socialista alemán al poder, en 1931, la propia gestación de la Hitler-Jugend respondía a un plan meticulosamente trazado por los jerarcas nacionalsocialistas. “ Hitler reconoció que necesitaban a los jóvenes a fin de engrosar las filas del movimiento y garantizar su longevidad. Así, en el verano de 1930 se dirigió a los estudiantes de Múnich, cuya situación socioeconómica empezaba a agravarse, y les recomendó que debían «enriquecer sus conocimientos para poder asumir puestos de liderazgo en un futuro Reich» 1

En el momento en el que se desarrolla la historia, las jóvenes de las juventudes hitlerianas habían abandonado la seguridad de sus hogares y de las ciudades alemanas que los vieron nacer para entrar, sin una preparación adecuada, en el peor escenario bélico posible. No obstante, aquellos jóvenes que engrosaron, por ejemplo, las filas de la 12ᵃ SS Panzer División Hitler Jugend, dependiente del Leibstandarte Adolf Hitler y que entraron en combate al día siguiente del desembarco aliado -cerca de Caen- lucharon con una ferocidad y fanatismo que dejo igualmente sorprendidos a sus superiores como a quienes se enfrentaron contra ellos. El resultado más directo de todo aquello fueron las tremendas bajas sufridas entre aquellos jóvenes, más de 3000 en menos de un mes, muchos de los cuales acababan de cumplir los 16 años de edad.

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Dos jóvenes integrantes de la 12ᵃ SS Panzer División Hitler Jugend, tras ser capturados por las fuerzas aliadas en 1944  

Philippe Jarbinet nos muestra algunos de aquellos supervivientes y las secuelas de los combates en tan sólo una viñeta, incluida al final de la página 39 del primer álbum. En realidad, no hace falta más que ver las caras medio desencajadas de aquellos niños para darse cuenta del sinsentido al que se llegó en los meses finales de la contienda.

Dicho esto, sin embargo, será la llegada de Egon Kellerman -marido de Gabrielle y amigo de Jakob, hermano de su esposa desde que eran pequeños- quien nos lleve hasta uno de los episodios más dramáticos y descarnadas de una guerra que siempre se recordará, entre otras razones, por ser la responsable de promover el asesinato de manera “industrial y eficaz”, y por enseñarnos la capacidad destructiva del átomo.

Egon y Jakob formaron parte de los soldados que, en 1941, invadieron Lituania, hasta entonces bajo el dominio soviético y, una vez allí, se integraron en el Sonderkommando IB -más concretamente en el Einstazkommando A3- bajo a las órdenes del SS Standartenführer Karl Jäger. El coronel de la SS fue responsable de la aniquilación de 137.346 personas en tan sólo cinco meses, tal y como él mismo relató en lo que luego se conocería como Jäger Report. En las páginas de dichos informes, y siguiendo los dictados de sus superiores más directos -empeñados en limpiar el mundo de las razas inferiores- Karl Jäger apuntó las continuas masacres cometidas por las tropas alemanas en Lituania, Letonia y Bielorrusia, mientras sus compañeros de armas acosaban al ejército soviético, a las mismas puertas de Moscú, durante la operación Barbarrosa. 2

En aquellos instantes, las factorías del asesinato masivo; es decir, los campos de extermino -cuyo máximo símbolo está representado por Auschwitz II–Birkenau- todavía no habían alcanzado el nivel de eficacia por el que, luego, serían recordadas y, para lograr sus propósitos, las tropas alemanas se veían ejecutando a los prisioneros frente a las fosas que después harían las veces de tumbas colectivas. Egon y Jakob, al igual que una multitud de soldados alemanes, fueron testigos y responsables de aquellos asesinatos masivos, día tras día, y sin mostrar la misma mínima piedad ante ancianos, mujeres y niños. Las órdenes decretadas por dementes tan nefastos como lo fueron tanto Heinrich Luitpold Himmler, el ideólogo de la SS, como Reinhard Tristan Eugen Heydrich, dos de los arquitectos de la “solución final”, la cual pretendía la total aniquilación de los judíos en los territorios conquistados por los alemanes, llevaron la muerte y la destrucción hasta el último rincón de los territorios ocupados por las fuerzas del Reich alemán.  

Philippe Jarbinet dedica hasta cinco páginas, además de una terrible viñeta, colocada en la página con la que comienza el segundo álbum, para contarnos las vivencias de quienes sufrieron las secuelas de aquella demencial situación, sacada de la pesadilla más tenebrosa y desquiciada. Egon y Jakob buscaron un asidero para poder mantener la cordura y, en su caso, fue la cámara del segundo la que les permitió encontrar una razón para seguir con vida y, de paso, documentar todo aquel horror. “Pensamos que lo único que nos permitiría aguantar el tipo sería anotar y fotografiar todo lo que presenciábamos. Para poder mostrarlo más tarde, si podíamos sobrevivir” exclamará el soldado mientras el resto de las personas atiende, atónito al relato que está escuchando. “A partir de ese momento, hicimos cuanto pudimos para no parecernos a esos hombres. Bueno… si todavía se podía llamar hombres a esos cabrones. En su vida civil, estos tipos eran mediocres en la mayoría de los casos… ¡pero allí, en medio de ninguna parte, vestidos con el uniforme de la SS, por fin tenían el poder! El poder sobre la vida y la muerte de personas indefensas que alguien les había entregado como ganado para satisfacer sus frustraciones más profundas” 3

El sentir de Egon no le era ajeno a buena parte de la población alemana, cada vez más asqueada de los excesos del partido nacionalsocialista y sus megalómanos líderes. Otra cosa bien distinta es que, éstos últimos, toleraran cualquier tipo de insubordinación o rebeldía… De suceder, se pagaba con la muerte por ahorcamiento, o con la deportación a cualquiera de los campos de exterminio, anteriormente citados.

A pesar de ello, el régimen alemán trató de borrar las huellas de todas aquellas masacres y de ahí que, en 1943, el Soderkommando 1005 recorriera las antiguas fosas para tratar de hacer desaparecer cualquier rastro de la barbarie, tal y como relata el mismo Egon Kellerman. En esto, como en tantas otras cosas, la Alemania nacionalsocialista fracasó y, llegado el momento, durante los juicios de Nuremberg, muchas de estas atrocidades fueron utilizadas como prueba contra quienes se sentaban en el banquillo de los acusados.

Una vez finalizado el relato, la acción del segundo tomo de la historia pivota entre las escaramuzas en las que se ven inmersos los integrantes del grupo liderado por el sargento Yepsen y los efectivos de la SS, empeñados éstos en evitar que no salgan a la luz las fotos tomadas por Jakob Orterlin y Egon Kellerman. Al estar activa la ofensiva de las Ardenas, el autor de la historia se detiene a contarnos otros detalles de aquel preciso momento, sobre todo, de quienes combatieron en los bosques nevados de la región de Champaña-Ardenas. Así, y mientras tratan de escapar del acoso alemán, Yepsen y sus hombres se encontrarán los cadáveres de varios efectivos del batallón 333 de artillería de campaña.

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Un miembro del batallón de artillería 333 ayuda a un compañero herido

Compuesto exclusivamente por soldados afroamericanos, salvos los mandos -los cuales solían ser caucásicos- el batallón se hizo cargo de la retirada de los efectivos de la 106 división de infantería del ejército norteamericano, en los primeros instantes de la ofensiva alemana de las Ardenas. Tal circunstancia hizo que, llegado el momento, los integrantes del batallón de artillería se vieran atrapados y sin posibilidad de escapar del acoso al que le sometían las tropas alemanas, razón por la cual terminaron por sufrir severas pérdidas, algo que queda claro en la historia gráfica de Philippe Jarbinet.

Tras un tira y afloja que permite al escritor y dibujante mostrarnos la versatilidad del U.S. Army Truck, 1/4 ton, 4x4, -más conocido como Willys MB o “Jeep”, vehículo de uso común en el ejército estadounidense- o el majestuoso y letal Panzerkampfwagen VI Tiger Ausf. E, -conocido por el sobrenombre de Tiger, uno de los mejores vehículos blindados de cuantos participaron en el conflicto- el momento de la verdad llega para todos los protagonistas, para bien o para mal.

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Un Jeep estadounidense, en plena ofensiva de las Ardenas, a principios de 1945

Una vez que los alemanes cedieron ante el empuje aliado, un mes después del comienzo de la ofensiva de las Ardenas, los días del tercer Reich estaban contados. Sin embargo, durante las semanas en las que se desarrollaron los combates, soldados como Luther Yepsen, Casmir J. Landseadel y quienes formaban parte de las tropas alemanes de la SS, lideradas por el Untersturmfüher (teniente) Mathias Fenk, batallaron por cada centímetro y por cada segundo de su existencia, llegando a protagonizar algunas de las más cruentas batallas de cuantas se recuerdan de aquel conflicto.

Las páginas finales de la narración gráfica nos dejan respuestas pendientes, aunque, algunas de ellas, se conocerán a lo largo del segundo arco argumental de la historia.

 

BIBLIOGRAFIA Y NOTAS

  1. Kater, Michael H. Las juventudes hitlerianas. Madrid: Kailas Editorial, 2016
  2. En total se desplegaron cuatro Einsatzgruppe A, compuestos por otros tantos Sonderkommando (5); Vorkommando (1) y Einsatzkommando (13) los cuales desarrollaron su tarea después de la invasión de la Unión Soviética y hasta mediados de 1943, justo cuando los campos de exterminio empezaban de cumplir con la tarea que les había sido asignada.
  3. Para más información sobre los campos de extermino y la “solución final”, se recomienda consultar el libro de Laurence Rees Auschwitt. The nazis & the final solution (London: Ebury Publishing, 2005)

 

© Eduardo Serradilla Sanchis, 2017

© 2017 Philippe Jarbinet

© NetCom2 Editorial, 2017

© 2017 Encyclopedia Britannica

 

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