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Carne de cañón

El profesor de enseñanza secundaria, a no ser que tenga una mirada que eche fuego o que sea un karateka—que, por cierto podrían ser denunciados— hemos de ser sordos, ciegos, mudos, tontos de capirote y, encima, burócratas atolondrados si queremos sobrevivir.

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No voy a hablarles ahora de la última moda curricular de sentar a los miembros del ejército en la mesa de nosotros los educadores a que nos aporten esa bicoca de que nuestros alumnos puedan optar por hacer carrera entre sus filas. Tampoco voy a hablarles de que a esa mesa acudan con toda su vestimenta pretoriana, su arma reglamentaria, etcétera. Claro está que también el pensamiento es un arma que pudiera ser más peligrosa, aunque últimamente se aprecia que el nivel del mismo ha disminuido considerablemente, sobre todo por estos lugares civiles que aludo. Digo que no voy a hablarles de eso. Se me comió la lengua el gato o los gatos de ciertos sectores progres que consideran tales manifestaciones políticamente incorrectas. Incluso algunos dirían que uno está como una cabra y otros, añorando ese pasado   pro-hippie, que eres insolidario. De todas formas, no criticaría a los alumnos si decidieran apuntarse en el ejército. Cada uno es libre de hacer lo que le plazca. Y tampoco pienso que el Ejército sea lo que antes era.

Todo viene a propósito de la violencia cuyo rechazo figura— dicho sea de paso—con letra grande y hermosa en todos los currículos, con cuatro o cinco casillitas en donde hemos de plasmar una equis visible en “nadapocomuchodemasiado”, en todas las comisiones de derechos humanos de los institutos y en los poemarios de algunos que quieren demostrar la limpieza de sus conciencias  y garabatean ahí que todos los seres humanos son buenos y hemos de abrazar a los que nos zahieren día a día —creo que nos no se refiere al yo poético sino a los demás, a la carne de cañón.

Todo esto, en ese contexto de limitada libertad de expresión, en un lugar donde la impugnación de la violencia y las múltiples menciones a la solidaridad caen en papel mojado o en papel digital evagediano o ekádico, se acrecienta cuando ocurre en nuestras aulas, no ya entre los alumnos o desde el profesor al alumno. ¿Qué pasaría si fuera al contrario? ¿Que el profesor se viera en medio de una marabunta que, estudiada y meticulosamente, vaya mermando las fuerzas anímicas que aún le quedaran en su fuero interno?  Por ejemplo, que los avispados discípulos en liza se dedicaran a hacer preguntas y otras manifestaciones de variada gama —que nada tienen que ver con el asunto tratado—,  cuando el profe está explicando el tema, para que vaya perdiendo el hilo y la paciencia. Que, una vez perdido el hilo y nunca la paciencia, esos genios de la estrategia se dediquen a recoger firmas para hacerle una reclamación al departamento donde diga que el profesor no da contenidos, etcétera. Que, una vez leído por el departamento, aquellos se dediquen a hacer chanzas de dicho profesor, es decir, a faltarle el respeto. Téngase en cuenta que todos estos hechos estarían registrados en los correspondientes partes de incidencia y en las correspondientes cajas registradoras de las farmacias.  Las medidas, sean de capacidad, peso o longitud –cuánticas, claro— no han dado resultado. Esta pequeña historia no sé cómo terminaría.

Por otra parte, el profesor en cuestión, ¿cómo va a contar esas cosas en los claustros? Se siente igual que si les confesara a los amiguetes que su mujer le pega o le pone los cuernos. Las chanzas y la alusión a su debilidad, por no decir ciertas manifestaciones homofóbicas. El que más, buen compi él,  diría como aquella madre de mujer maltratada que le expresa a su hija con cariño que así son las cosas y algo malo habrás hecho tú o aquel sentencioso tú lo has provocado. Y la persona que no tenga ni el más mínimo temor al ridículo –es decir, que lo llamen gilipollas o, eufemísticamente, flojo de carácter—será tachada de payaso a sus espaldas.

 Chaacho, esto da mucha pena, ¿no? Pues más pena va a dar ahora: imaginen ustedes que el hipotético profesor a lo largo de los 30 años en este frente de batalla ha ido perdiendo el sentido del oído y se ha tenido que poner una de esas pequeñas prótesis para poder hacer ejercicio de sus obligaciones porque su enfermedad, de momento, no es motivo de baja laboral  y mucho menos de jubilación. Sí que da pena: payaso, sordo gilipollas y, para mayor delito, poeta ensimismado que tiene la cabeza siempre en las nubes y la sonrisa siempre en los labios. Estos aparatajes no solo hacen que el usuario perciba los sonidos de una persona cuando se comunica con ella, sino que al mismo tiempo es un registro eficaz, tajante y casi letal de la mala educación cuando muchas personas al unísono hablan de distintos asuntos, sin tener en cuenta lo que el interfecto pudiera decir. Imaginen ustedes cómo sería si lo relacionáramos con nuestra anterior historia. 

Pero no vayan a llorar. La cuestión tiene solución, por fin viene ese mañana eterno que preconizaba nuestro gran escritor Mariano José de Larra a principios del siglo XIX, un vuelva mañana que nunca por fin viene:

Los alumnos son unos críos con dieciocho añitos recién cumplidos y usted puede jubilarse tras treinta años de ejercicio de la docencia.

Imaginen el resto, no vamos a escribir una novela. Es lo que hay, el profesor de enseñanza secundaria, a no ser que tenga una mirada que eche fuego o que sea un karateka—que, por cierto podrían ser denunciados— hemos de ser sordos, ciegos, mudos, tontos de capirote y, encima, burócratas atolondrados si queremos sobrevivir. Este sistema confunde autoridad con autoritarismo, enseñanza con aprender a aprender total cero patatero, entre otras muchas lindezas. Como si los alumnos fueran imbéciles también. Este sistema es partidario de la productividad improductiva.  Las verdaderos trabajadores de la enseñanza no importan. Importan las poses de los políticos que preconizan la educación gratuita y permiten que las grandes editoriales hagan el mayor negocio posible y, de paso, cercenen el poco de identidad que nos queda como canarios. Pura mentira. A ellos no les importa que los alumnos aprendan en cuanto a valores humanos y en cuanto a conocimientos, por mucho que se justifiquen en sus diseños educacionales. Son letra mojada. Así es como vamos metiendo al país en un camino sin retorno hacia la banalidad y la incultura.

En fin, solo queda decir que rechazo la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, incluso la que pudiera suscitar este artículo. Se me ocurre añadir a todo, como conclusión, las expresiones derechos civiles, ley, maltrato psicológico, marginación y dignidad de la persona. Y que estas  palabras valgan para todos. Pero el que escribe ahora parece que es también poeta, ¡oh iluso de él!

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Nota: evagediano, ekádico: relativo a EVAGD y EKADE, plataformas digitales que usa la Consejería de Educación en Canarias.

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