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El hombre que comía gatos está arrestado

Tocaron a la puerta dos veces, pero la borrachera de la conversación y la del Integral Brut Nature de Llopart, les impedía escuchar aquellos dos aldabonazos a los contertulios.

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Mientras seguían reunidos, hasta el amanecer, en Las Cosas Buenas de Miguel, tras la proyección de las películas realizadas en Súper 8 por Pompeyo, acerca de la vida cotidiana en Santa Cruz de La Palma, y la posterior conversación sobre la obra de teatro que Plácido y él querían representar, Viene un Inspector; en frente, en la Policía Armada, El Hombre que comía gatos, El Chupasangre, que había recibido dos amonestaciones, una por parte del Delegado de Gobierno, debido a los porrazos, arañazos, que le había propinado a Felllini en la espalda, al pie de la estatua del Señor Díaz, y otra, por parte del Cura, que le había impuesto, al ser él hombre de misa y comunión diaria, la penitencia de no volver a comer gatos, se masturbaba mentalmente, a sabiendas de que Fellini estaba en aquella reunión, y que El Cura, y el Delegado del Gobierno, estaban llegando para reunirse con aquel grupo de cinéfilos. Se masturbaba con la idea de volverle a sentar las manos, las garras, encima a aquel anarquista italiano, y con darse una panzada de carne de gato. Con ellos coincidían Ninnette, Lissette  y El Chivato Tántrico que venían de la pre iniciación en Los Cancajos con Las Meretrices de Katia.

Tocaron a la puerta dos veces, pero la borrachera de la conversación y la del Integral Brut Nature de Llopart, les impedía escuchar aquellos dos aldabonazos a los contertulios. Ninnette, que fue la última en llegar sacó su llave y abrió la puerta. Entraron y se sumaron a aquel plató para seguir aportando ideas sobre el cine, los personajes cinematográficos de Santa Cruz de La Palma, y la obra de teatro a representar. El Cura y El Chivato Tántrico no lo hicieron porque El Cura quería hablar a solas con El Chivato, y se fueron a dar una vuelta por La Alameda, alrededor del Kiosco de Doña Lola, -no Doña Lola Carmona, la que vivía encima de la barbería de Juanera-, aquella señora que los niños hacían rabiar pidiéndole caramelos del ocho, -habían también películas del ocho, no solo del súper ocho-, y los niños un poco mayores, preguntándole si les podía prestar el martillo para enderezar cristales. Doña Lola, se llenaba de cólera, les escupía y los llamaba hijos de puta.

El Cura no se anduvo  por las ramas con El Chivato, fue directo, claro. Le preguntó si él se podía iniciar con Las Gabachas, al llevar él una mujer dentro de sí. Le habló de ese sentimiento que llevaba consigo desde que nació y al que había dedicado toda su vida en acallar, y que esta había sido una cruzada contra aquella mujer que llevaba dentro. Le siguió hablando de que quería hacer algo por Nelly, como él la llamaba, a la que no había dejado vivir, que la había estado abortando a diario,  y que quería darla a luz, como su madre lo había hecho con él. El Chivato callaba y escuchaba. El Cura proyectó todo el metraje de su vida en aquel paseo alrededor del Kiosco de Doña Lola, en donde se encontraba el cine Parque de Recreo. Cuando terminó de hablar, El Chivato le dijo que en el Tantra se reconoce cualquier naturaleza sexual mientras no hayan imposiciones, que él mismo era bisexual, y que sí podía venir a la iniciación con Las Gabachas y Las Palmeras, pero que tendría que hacer una pre iniciación en Los Cancajos la madrugada siguiente, como la habían hecho las demás.

En el Kiosco de Garrafón también les había cogido el amanecer al Asesino y al Inductor bebiendo Cava   Integral  Brut Nature de Llopart. Constantine, al salir del Patria, en dirección a Las Cosas Buenas de Miguel, decidió ir a dar con ellos dos. El Asesino les comentó que lo había mordido un perro llamado Ursus aquella tarde en La Dehesa, pero que solo le había roto el pantalón, y habló de Helena. Dijo que era una mujer que andaba pidiendo que la matasen, que no podía soportar todos sus cargos de conciencia por la responsabilidad de haberle dado el pasaporte a la muerte a tantos judíos , y que además, se había enamorado de un preso palmero, miembro de la resistencia francesa, -al perder la guerra civil española-, que había hecho todo lo posible por salvarlo y no lo logró. Este preso palmero fue el responsable de que ella estuviese viviendo en La Palma. Decía El Asesino que Helena leía todas las noches la misma novela, que creía que se llamaba La Metamorfosis, de un escritor que ella decía que era judío, que él no sabía que era eso de la metamorfosis, pero que al parecer, una persona se convierte en bicho, y que Helena se sentía viviendo como aquel personaje de la novela. El Asesino agredió, como agredió aquel amigo nuestro que cuando le tocó dirigir la palabra al público en un concierto, dijo: “Bueno, después de lo que dijo este señor, yo no tengo nada mas que agredir ”; El Asesino agregó, que él se inclinaba a matarla con los polvos de la Casa de Las Semillas  para  matar  las cucarachas, y que no hacía falta comprarlos pues Helena tenía dos sacos en la lonja de su casa. Los tres se miraron a las caras. ¿Y si los polvos no la matan? Preguntó El Inductor. Constantine respondió que el dueño de la tienda había dicho que el veneno había que darlo a cucharadas soperas por la boca, y que si no funcionaba, hay que matarlas con una chola.

El Chivato y El Cura regresaron a Las Cosas Buenas de Miguel. El Chupasangre que seguía de guardia, no cejaba en seguirse masturbando mentalmente con las dos mismas ideas. Tocaron la puerta dos veces y les abrieron. Miguel acababa de preparar una sopa de cebollas, su especialidad, que se la enseñó a hacer su amigo Ángel Fernández Santos, y decía una frase que repite muchas veces: Después de estar toda una noche entera bebiendo Cava Integral Brut Nature de Llopart, no hay mejor desayuno que un zumo de naranja, una botella de Integral, y después una sopa de cebollas. Acabando de decir estas palabras, Constantine tocó a la puerta por dos veces, como siempre lo hace el cartero.           

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