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Magia mundana

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Estos días he estado tan pegado a la pantalla, tan pegajoso junto al cristal líquido que me devuelve las letras que compongo desde mi torre de control, que se me ha olvidado hasta lo de ir a por agua, hasta refrescar mi interior con el mágico elemento que no es sólido ni gaseoso sino… eso mismo.

El trabajo me ha tenido tan pegado a la pantalla que antes, para conseguir tal estado agónico, he debido despegarme de la realidad, de la puta actualidad…; para, a través de esta operación, poder coger, en el mismo momento, el cubo de cola, atarme a la pantalla y ya solo dedicarme a mandar mensajes a ese cristal líquido invisible y malhumorado.

Ahora mismo sigo pegado a mi portátil y, si yo fuera Juan José Millás, hasta podría decir, eso sí, sin originalidad, que voy al váter con él, que me meto en la ducha con él, que como con él siempre tocándome las pelotas, solo en este caso, e incluso que comparto almohada desgastada que ya casi no marca volumen. Así estoy hasta no sé dónde de ponerme derecho y no hay manera. Pedazo de petudo estoy, y perdón para los míos, que ando hecho un trasto.

Todo esto es por si me hubiera puesto en modo Juan José Millás, que no es el mío: lo que a mí más me pone es el estilo Enrique Vila-Matas. Este modo me subleva, me agita y me da vida y fortaleza, pues me basta con abrir El mal de Montano y ya me pongo a flipar y a creer que la literatura es el mejor alimento. También me pasa con París no se acaba nunca o con Dublinesca o con Aire de Dylan. Uy.

Al final me he ido por las ramas, que ha sido adrede, y ahora pienso, pues sigo pegado a la pantalla, que todo esto tan divertido y surrealista de verdad ha sido posible porque la literatura existe...

Ese jovenzuelo que estuvo a punto de…, como le puede ocurrir a cualquiera, me apasiona y me hace crecer en este viejo, difícil y a veces enrevesado mundo de la construcción de historias. En esto, sobre todo en imaginar, Vila-Matas me parece lo mejor de lo mejor, uno de los que más da, junto al australiano o sudafricano Coetzee. Qué dos. Lo siento, Millás.

Al final me he ido por las ramas, que ha sido adrede, y ahora pienso, pues sigo pegado a la pantalla, que todo esto tan divertido y surrealista de verdad ha sido posible porque la literatura existe, lo que es posible a su vez por lo que aportan otros, muchos, muchísimos; por la voluntad que uno pone en casi todo, a veces hasta dejando de lado un vino en vaso chato y con cuatro chochos sobre la mesa, al menos con sombra de amigo al lado, y porque, a pesar de todo, dos crías y una mujer no tan cría se acercan al hombre con portátil pegado en su cuerpo muy a menudo y lo refrescan a base de besos y cariñitos mejores que toda el agua del mundo.

Esos trocitos de un todo terminan por traer el agua que desde el principio mi cara pedía y resulta entonces, como por arte de magia, que es esa agua la que me despega del portátil y me lleva a circular por toda la casa, esta vez repartiendo yo los besos y las caricias, algo que, debido a este maldito artículo, no he podido hacer antes.

Por eso ya los dejo y me pongo a circular. Que les den…, al menos la misma agua que a mí: la que termina despegando a la persona del duro y pegajoso trabajo para iniciar la aventura del acercamiento al equipo de crías y no tan crías.

Aquí otra manifestación de la magia. ¡Por fin despegado!

*Texto publicado en el libro de cuentos  Policromía

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