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Placebo

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La última vez que nos vimos me pidió que arrancara aquel día del calendario; como si yo tuviera el poder de devolverle la vida después de haber habitado entre las ruinas.

Le quise tanto que lo hice, me adentré en aquel almanaque con el miedo a no regresar jamás a un presente moribundo por la nocturnidad. Tenía la esperanza de encontrar un arma lo suficientemente potente como para eliminar las horas y solo me topé con el olvido.

Volví como si hubiera sido infiel a nuestro tiempo y le dije que se lo pensara bien, que tal vez era demasiado ingenuo querer arrasar con el infierno, que se arrepentiría pronto y que yo no pensaba regresar a un lugar en el que reinaba el desánimo; otra vez no.

Me respondió con desdén. “Es lo único que te he pedido durante todos estos años”, gritó. Y tenía razón, nunca me había pedido nada, pero aquel lamento era como suplicarme que fuera cómplice de su suicidio, que manchara mi conciencia de nubes negras que me lloverían de por vida.

Le quise tanto que lo hice, me adentré en aquel almanaque con el miedo a no regresar jamás a un presente moribundo por la nocturnidad

Empezó a llorar mientras se ahogaban sus escrúpulos y tuve que consolarle a base de silencios y cerveza. Le recordé que quemarlo todo sería como arrasar con sus estanterías y crear un desierto en su memoria, que ya no sería más el que era, que se borraría incluso su imagen en el espejo. “Entonces se marcharían mis sufrimientos”, replicó. “Y vendrán otros”, argumenté.

Callamos de nuevo en la barra de aquel bar; pensando cómo sería una resurrección de dolor y desconsuelo, si habría posibilidad de seguir andando entre los años sin tener que recurrir a épocas vacías, paredes en blanco o playas desiertas. De repente, empezamos a reír como dos locos que abandonan su pasado, vidas cerradas y oscuridad.

Él era poeta y me había pedido que encerrara sus palabras en un sobre, que arrojara la tinta en una urna y la ocultase en las tinieblas. Le supliqué que no lo hiciera, ni siquiera por él, sino por quienes despertábamos con el alma más sosegada gracias a sus letras. Le rogué que no lo hiciera, que eligiera la libertad frente al egoísmo, que yo había crecido en sus verbos, que enterrarlos sería como abandonarme frente al precipicio. Le conté que sus poemas me habían dado el valor para viajar en coches de desconocidos, que me transformaron en la soledad de una habitación de hotel, que me enseñaron a tener la fortaleza de exigir solo la verdad. Le expliqué que sus versos me habían acompañado en kilómetros de mar, que me defendieron frente a las miradas de incomprensión en las calles de Cartagena, que me habían devuelto sin querer las ganas.

Tuvo que haber algo en mi discurso angustiado que le removió los días. Por fin confesó que no se veía capaz de eliminar la incertidumbre. Ahora estaba seguro de que, sin ella, no tendría poemas ni palabras. Por eso tal vez merecería la pena, por eso dejó estar aquellas horas en el calendario. Como si toda su existencia estuviera concentrada en la fila cero de algún avión vacío; como si la poesía fuera eso.

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