Día 29 en estado de alarma: lo que de verdad queremos ver por la ventana
Desde mi ventana se ve el mar, envalentonado de especies que han aprovechado el confinamiento humano para multiplicarse. Las últimas pisadas en la arena se borraron hace semanas. En realidad, lo que se ve son las toallas de playa que un vecino ha colgado en el balcón. Supongo que las ha usado para tumbarse en la azotea, que este domingo ha hecho mucho sol. E incluso se habrá dado un manguerazo, que entre la crisis y la distancia con nuestros congéneres va a ser lo que nos quede a muchos este verano. Lo ha dicho la ministra Reyes Marato, que “habrá que guardar un tiempo la distancia, hasta en la playa”. ¿Os lo imagináis en Chipiona o en Matalascañas? O en las playas de El Palmar o Los Caños, si os queréis poner bobos (en el sentido francés de la palabra), que en agosto están igual o peor que las populares.
Mientras escribo esto mi hija de 10 años se ha puesto a hacer flexiones que ni el presidente de la Junta de Andalucía al ritmo de “1, 2, 3 para arriba; 1, 2, 3 para abajo”, que dice que es de Tik Tok, pero yo desde mi ventana veo acercarse a mis colegas. Trae cada uno un par de botellas de vino. Hemos quedado para beber en mi casa, como si se nos fuera la vida en ello, y nos contaremos historias de superación de uno de los momentos más irreales de nuestra cuarentena (en los dos sentidos). Desde mi ventana se ve la tuya. (La ventana de Olga)
Bullicios
¿Qué me gustaría ver desde esta ventana que abrimos hace 29 días? Es como pedirle a un niño que sintetice su carta a los Reyes Magos.
Me gustaría ver a la gente tirando a la papelera los guantes y las mascarillas porque ya no son necesarios. A mi vecina dándole dos besos a su hijo que, con su mochila a cuestas, corre rápido, junto a sus amigos, a la puerta del cole que hay poco más allá de mi casa. Me gustaría ver de nuevo a Antonio, el del bar de la esquina, sacando sus mesas y sus sillas, apañando los veladores para los desayunos de la mañana.
Me gustaría ver la vida volviendo a estas dos calles que envuelven mi casa. Sí, cambiar está tranquilidad y este silencio, que tanto me agradan, por el bullicio que generan los comercios de mi barrio. La frutería de Rocío con su colorido exuberante; cinco metros más abajo, la tienda de comestibles de Mónica y, enfrente, ver levantarse de nuevo la persiana del taller de motos.
Me gustaría volver a ver a la gente demorándose en la calle por puro placer. Las tertulias a la puerta de la farmacia de la esquina. Y, ya puestos a soñar, desde esta ventana que abrimos hace 29 días, me gustaría ver que hemos aprendido algo de todo ésto, pero me parece que eso va a ser mucho soñar. (La ventana de Luis)
Miles de niños
Al otro lado de mi calle, por la ventana, veo un inmenso parque en el que miles -sí miles y punto- de niños pasan las tardes. Por la noche, los padres toman el relevo con barbacoas y reuniones que duran hasta que la prudencia de madrugar al día siguiente lo requiere. Dicen que es la zona verde más grande de la comarca, y desde luego puede que lo sea. Está llena de gente. Tampoco para la obra de la nueva tienda de mi vecina, que hace dos años compró un solar enorme para expandir su negocio.
Sólo se deja de ver el paisaje del parque y la obra cuando pasan autobuses. Cada día pasan 20 ó 30 camino y desde Aznalcóllar, en busca de viajeros para llevar a otros pueblos o a la estación de Santa Justa. Esperando que pase el autobús están un grupo de ciclistas, de los que aprovechan cada día para salir a las carreteras de la zona a hacer su Tour de Francia particular. Al final de la calle está la salida hacia El Garrobo. La carretera es estrecha y con muchas rampas, como les gusta a ellos.
Todo eso pasó y pasará, como pasan centenares de adolescentes camino del instituto cada día, o la gente que desayuna en el bar de María José, cerrado esperando que pase la tormenta. Cuando has mirado muchas veces por la misma ventana, el iris elige con qué imagen quedarse. Contra eso no puede el coronavirus. (La ventana de Fermín)
Resurrección
Creo que ya lo he dicho: no odio la Semana Santa, pero prefiero que me pille lejos. Desde hace años, el Martes Santo salgo pitando a un pequeño paraíso en el abulense valle del Tiétar. Es un pueblito llamado Santa María del Tiétar. Os lo recomiendo. De allí adoro sus empinadas calles vacías, los festines de carne jugosa, el carácter franco y amable de sus gentes, y, sobre todo, el silencio que impera, mientras me quedo hipnotizado con los leños crepitando en la chimenea.
En cambio, me desagradan profundamente el tumulto, las incomodidades y el bullicio que la celebración de la Semana Santa trae a la puerta de mi casa, en un apacible rinconcito del centro de Sevilla. Hoy, Domingo de Resurrección, no se oye ni una mosca. Normalmente, sería mi momento cofrade favorito: la Hermandad de la Resurrección regresando a la Iglesia de Santa Marina y, dando el aldabonazo final a la Semana Santa.
El silencio que otros años busco en las tierras del Tiétar, hoy lo encuentro en mi propia casa. Y nada me gustaría más que asomarme a mi ventana y oír esta tarde el trasiego de las calles, celebrando que Cristo ha resucitado y que la vida sigue. Más allá de la muerte y de esta cuarentena eterna. (La ventana de Ale)