Emilia Llanos, la olvidada intelectual de la que Lorca se enamoró
A Emilia Llanos el olvido la sometió en vida, eligiendo su propia muerte social, y la persigue hasta el día de hoy, más de medio siglo después de su fallecimiento. Leyendo estas líneas, quizás pocas personas puedan saber quién fue, salvo por el titular de este reportaje, pero Emilia resultó ser tan relevante en la Granada de hace un siglo, que su sola presencia fue esencial en la vida de Manuel de Falla, Ismael González de la Serna y sobre todo Federico García Lorca. Era la dama de la Granada más cultural de principios del siglo XX y hoy es su seña invisible.
Nacida en Villanueva del Arzobispo (Jaén) en 1885, su vida sería la de una cuna de clase media-alta. Hija de Guardia Civil, hermana y descendiente de militares, Emilia Llanos vivió rodeada de un abolengo del que, cuando los años y una enfermedad respiratoria la recluyeron durante algún tiempo en la casa de Granada a la que fue a vivir, logró escapar a través del arte y la literatura. Encerrada entre cuatro paredes, la que acabaría siendo el amor platónico de Lorca, fue la mujer más intelectual de los años 10, 20 y 30 del pasado siglo de la ciudad.
Interesada por escritores de otros países, por el arte menos conocido y por los temas que merecían ser debatidos en tertulias, logró situarse como el referente para la generación de plata del ambiente artístico granadino. Así lo recuerda José Javier García Montero, uno de sus mayores estudiosos: “Ismael de la Serna, Manuel de Falla o Federico acudían a ella atraídos por su conocimiento del arte y la literatura”. Causando, además, un interés físico que, por su belleza, era prácticamente obligatorio.
Pero cómo no iba a causar interés una mujer que además vivía en la Alhambra. Primero en la Puerta del Vino y después en la Calle Real del monumento nazarí, Emilia Llanos estableció en la ciudad palatina su cuartel general de sueños. Allí leyó, aprendió y divulgó las novelas, los ensayos y las líneas que llegaban a sus manos y que permitieron ser libre a una mujer de una época en la que la libertad no siempre estaba disponible para ellas. A principios del pasado siglo, comenzó a moverse por el ambiente intelectual granadino, lo que acabaría uniéndola de por vida a Federico García Lorca.
La musa de Federico
De hecho, el encuentro entre Federico García Lorca y Emilia Llanos tiene algo de mito fundacional. Agosto de 1918. Él, un joven inquieto que todavía no había construido el nombre que hoy lo atraviesa todo y ella, una mujer ya formada, trece años mayor, que leía a Maurice Maeterlinck cuando casi nadie en Granada sabía siquiera pronunciarlo. Bastó una visita para que al día siguiente Lorca regresara solo con un ejemplar dedicado de “Impresiones y paisajes”. “A la maravillosa Emilia Llanos, tesoro espiritual entre las mujeres de Granada”, escribió. No era una fórmula. Era una declaración de intenciones.
A partir de ahí, la relación se sostuvo en algo más profundo que la fascinación inicial. Paseos por la Alhambra, conversaciones interminables, libros que iban y venían, versos leídos en voz alta antes de ser publicados. “Llegaron a ser confidentes absolutos”, dice García Montero. Y añade una afirmación que tensiona el relato más conocido: “Yo creo que sí hubo romance”. Las cartas, con su lenguaje de cortejo, y la insistencia de Lorca en convertirla en interlocutora única, apuntan a una relación que desborda lo estrictamente intelectual sin necesidad de ser reducida a una historia de amor convencional.
Un intercambio de misivas entre ambos es lo que mejor explica esta relación. A finales de 1920, un Federico que ya vive en la Residencia de Estudiantes de Madrid y que está completamente embelesado por Emilia, le escribe confesándole su admiración romántica: “Ayer paseaba por la Carrera de San Jerónimo y vi a una mujer que se parecía a ti: igual de alta, igual de elegante”. Llega incluso a rogarle que le envíe una fotografía “para que pueda verte más a menudo” y a cambio él le dedicaría un poema. A lo que la propia Emilia contesta días después rebajando las expectativas y la emoción del artista granadino. “Le dice amigo varias veces en su respuesta”, explica García Montero.
Un rechazo que, lejos de suponer el final de la relación entre los dos, acabará teniendo episodios que algunos estudiosos asumen que fueron de algo más que amigos, sobre todo en sus encuentros madrileños. Hay pruebas incluso de que Emilia fue importante en la creación de “Doña Rosita la soltera”. Todo pese a que a Vicenta, la madre de Federico, no le gustaba demasiado por ser “demasiado avanzada a su época”. Pese a ello, la relación entre ambas también acabó siendo duradera y cordial.
Porque si algo define a Emilia Llanos en ese vínculo es que no ocupa el lugar que la historia suele reservar a las mujeres: no es musa, no es acompañante, no es nota al pie. Es parte activa de la conversación cultural de su tiempo. Participa en la organización, junto con Manuel de Falla, del Concurso de Cante Jondo de 1922, se sienta en las tertulias donde apenas había presencia femenina y se convierte en referencia para quienes pasaban por la ciudad. “Era la persona a la que acudían cuando venía alguien importante a Granada”, explica el investigador. No estaba en los márgenes: sostenía el centro.
Marchante de antigüedades
Su vida, además, desborda cualquier etiqueta simplificadora. Comerciante de antigüedades, intermediaria en operaciones de alto nivel artístico, anfitriona de intelectuales, modelo en campañas publicitarias de la época. Amiga de Zenobia Camprubí, la mujer de Juan Ramón Jiménez, con la que llega a establecer una relación en el mundo de la compraventa de reliquias. Emilia, en palabras de su estudioso, “era muy importante, influyente en muchos aspectos”. Y, sin embargo, sometida a un control constante: no podía pasear sola, necesitaba acompañante, vivía dentro de un corsé social que limitaba incluso la expresión de sus propios deseos. “Qué tonta fui”, llegaría a escribir años después al recordar un poema que Lorca le dedicó. La conciencia de lo que no pudo ser también forma parte de su biografía.
El verano de 1936 rompe definitivamente ese equilibrio precario. El asesinato de Lorca no sólo acaba con una vida: desmantela otra. Emilia intenta intervenir, mover contactos, llegar a quienes podían frenar lo inevitable. “Hizo lo imposible”, señala García Montero. Hay constancia de gestiones incluso con el militar golpista Queipo de Llano, que le contestó quitándose la responsabilidad. Hubo llamadas e intentos de activar influencias en el entorno del poder fascista. No fue suficiente. Y ese fracaso -más que una culpa directa- se convierte en una losa que ya no abandonará.
A partir de ahí, el relato se vuelve opaco. Emilia se encierra en su casa de Plaza Nueva, a la que se trasladó después de abandonar la Alhambra, reduce su vida al mínimo, desaparece del espacio público. “La vida se le rompe”, resume el investigador. Durante años apenas hay rastro de ella, más allá de una existencia suspendida, atravesada por la ausencia. Se sabe que llegó a ser contratada en la propia Alhambra como guía, puesto que pocas personas la conocían mejor que ella. Pero ni escribe, ni publica, ni reconstruye su lugar en la ciudad que había habitado con tanta intensidad. El olvido, en este caso, no llega desde fuera: comienza como una decisión íntima, como una forma de supervivencia.
No será hasta mediados de los años cincuenta cuando vuelva a asomarse, empujada por la investigación de Agustín Penón sobre la muerte de Lorca. Entonces colabora, aporta información, incluso plantea la posibilidad de adquirir terrenos donde podría estar enterrado el poeta. También desliza una idea que sigue incomodando décadas después: que Lorca no se encuentra en Víznar. Su papel en la construcción de la memoria del escritor es activo, pero vuelve a quedar en segundo plano.
El olvido de ser mujer
¿Por qué? La respuesta, en realidad, es más estructural que biográfica. “Lo que ha pasado en Granada es lo que le ha pasado a las mujeres”, afirma García Montero. Emilia no dejó obra firmada, no publicó libros, no construyó un legado que pudiera archivarse en bibliotecas. Su aportación fue otra: tejer relaciones, sostener espacios, impulsar conversaciones. Y esa forma de estar en el mundo, fundamental pero invisible, es la que la historia ha tendido a borrar.
Falleció en agosto de 1967, 31 años después del asesinato de Lorca. Hoy, su tumba en el cementerio de Granada -elegante, discreta, casi silenciosa- funciona como metáfora de todo lo demás. Hace unos años estuvo a punto de ser desahuciada por los impagos propios de una descendencia que tampoco la recuerda. “Tuve que pagar 1.500 euros de mi bolsillo para salvar el nicho porque la querían trasladar a un osario común”, confiesa García Montero.
Afortunadamente, la intervención del estudioso salvó el espacio físico en el que reposa una mujer tan adelantada a su tiempo, que el tiempo se olvidó de ella. Allí descansa una persona que fue central en su época y que, sin embargo, ha quedado fuera del relato. No por falta de relevancia, sino por la manera en que decidimos contar la historia. Porque a veces no se trata de quién estuvo, sino de a quién decidimos mirar.