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El suelo también enferma: cuidar lo que sostiene la vida

José Antonio González Pérez / Daniel Cuella Guerra / Félix González Peñaloza

2 de octubre de 2026 06:01 h

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Cada día caminamos sobre él, cultivamos en él y construimos sobre él, pero rara vez nos detenemos a pensar que el suelo es mucho más que la superficie que pisamos. Porque no es simplemente una mezcla de arena, arcilla y materia orgánica, ni un soporte inerte para las plantas; es un sistema vivo y dinámico en el que interactúan minerales, agua, aire, raíces, microorganismos y pequeños animales.

Y de su buen funcionamiento dependen la producción de alimentos y fibras, la calidad del agua, la salud de las personas, la biodiversidad y la respuesta de los ecosistemas al cambio climático. De ahí que la salud del suelo sea cada vez más importante para la ciencia, la agricultura y las políticas ambientales.

Un suelo fértil no siempre es un suelo sano

Aunque los conceptos de fertilidad y salud del suelo están relacionados, no significan exactamente lo mismo. La fertilidad se refiere sobre todo a la disponibilidad de nutrientes; la salud incorpora una visión más amplia. Un suelo puede producir buenas cosechas y, sin embargo, no gozar de buena salud por presentar defectos fisicoquímicos o biológicos tales como compactación y falta de estructura, sufrir procesos erosivos o mostrar una actividad biológica deficiente.

También puede depender cada vez más de fertilizantes, riego u otros insumos externos para mantener su productividad. En ese caso, el suelo funciona, pero ha perdido parte de su capacidad para sostenerse y recuperarse por sí mismo.

Evaluar su salud exige observar diferentes propiedades. Los principales indicadores físicos se incluyen la estructura, la compactación, la infiltración y la retención de agua. Entre los químicos figuran el pH, la materia orgánica, los nutrientes, la salinidad y los contaminantes. Los biológicos analizan la diversidad y actividad microbiana o la presencia de lombrices y otros invertebrados.

Bajo nuestros pies trabaja un mundo invisible

Una pequeña cantidad de suelo puede albergar millones de microorganismos. Bacterias, hongos, protozoos y otros seres diminutos son los responsibles de descomponer la materia orgánica, liberan nutrientes y participan en la formación de agregados que dan estabilidad a la estructura del suelo. Junto a ellos, lombrices, ácaros, insectos y raíces crean poros y canales por los que circulan el agua y el aire.

Esta comunidad subterránea actúa como una enorme red de cooperación. Cuando funciona correctamente, el suelo retiene mejor la humedad, aprovecha los nutrientes y ofrece a las plantas un entorno más favorable por más tiempo. Algunas asociaciones entre raíces y hongos incluso permiten que los cultivos exploren un volumen mayor de suelo y accedan con más facilidad al agua y a determinados nutrientes.

La materia orgánica ocupa un lugar central en el suelo: alimenta a muchos organismos, mejora la estructura, fija los nutrientes, favorece la infiltración del agua y contribuye a almacenar carbono. Pero no basta con acumularla. Lo importante es mantener un sistema activo, diverso y funcional en el tiempo.

Cuando el suelo pierde salud, el problema sale a la superficie

La degradación puede comenzar casi imperceptiblemente. La erosión continuada de un suelo desprotegido con sobre laboreo elimina sus capas más fértiles; la maquinaria pesada compacta el terreno; el cultivo intensivo rompe su estructura; y la ausencia de vegetación lo expone a la lluvia y al calor. Se suman la contaminación, la salinización, la pérdida de materia orgánica y el sellado urbano.

En los ambientes mediterráneos, estas presiones resultan especialmente preocupantes. Los largos periodos secos - propios del verano-, reducen la actividad biológica y dejan el suelo vulnerable, mientras que las lluvias intensas pueden arrastrar en pocas horas una parte importante de la capa superficial. Un suelo degradado infiltra menos agua, genera más escorrentía y almacena menos humedad para los cultivos.

Las consecuencias no terminan en la parcela. Los sedimentos y nutrientes pueden alcanzar ríos y embalses y empeorar la calidad del agua. La pérdida de productividad reduce la rentabilidad y aumenta la dependencia de fertilizantes y riego. Además, un suelo deteriorado almacena menos carbono y resiste peor las sequías, el calor y las lluvias extremas.

Por eso, la salud del suelo no es únicamente una cuestión agronómica. Está relacionada con nuestra seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua, la conservación de la biodiversidad, la adaptación al cambio climático y la propia viabilidad de las comunidades rurales.

Cuidar el suelo no consiste en aplicar una receta universal

Recuperar la salud del suelo exige conocerlo bien y adaptar las prácticas culturales y de manejo a cada territorio, porque no existe una solución válida para todos los cultivos, climas y suelos. Las cubiertas vegetales, las rotaciones, la reducción del laboreo, los aportes orgánicos, la presencia de árboles o setos y una gestión eficiente del riego pueden ser beneficiosos, pero requieren conocimiento y seguimiento.

También es necesario evitar que el suelo permanezca desnudo durante largos periodos, reducir la compactación y devolver materia orgánica de calidad. En los sistemas ganaderos, ajustar la carga animal y los tiempos de pastoreo ayuda a conservar la cubierta vegetal y prevenir la erosión.

Para saber si estas medidas funcionan, hay que observar el suelo de forma continuada. Su salud debe evaluarse como una trayectoria: comprobando si mejora la infiltración, aumenta la actividad biológica, se recupera la estructura o disminuye la erosión.

Pero la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre agricultores y ganaderos. La protección del suelo requiere investigación, asesoramiento, políticas coherentes e incentivos que reconozcan los beneficios ambientales de una buena gestión.

Cuidar el suelo significa, en definitiva, cuidar la base de nuestra alimentación y de buena parte de los ecosistemas terrestres. Debemos concienciarnos de que su deterioro puede pasar inadvertido durante años, pero sus consecuencias acaban alcanzándonos a todos. Bajo nuestros pies no hay un recurso inagotable: hay un ecosistema frágil, complejo y vivo del que depende nuestro futuro.