Ganivet no es solo la calle de los pubs de Granada: el visionario que anticipó el imperialismo yanqui o la gentrificación
En su reciente visita a Finlandia, el rey Felipe VI quiso recordar a una figura singular, un intelectual y diplomático que ejerció como primer cónsul de España en el país nórdico, allá por las postrimerías del siglo XIX. “Uno de nuestros grandes escritores que en los paisajes de este país aseguró encontrar aspectos de su Granada natal”, dijo el monarca. Su nombre, Ángel Ganivet, es hoy en cambio, para el común de sus paisanos, el de la calle de los bares de la capital nazarí, sitio de reunión de universitarios que acaso ignoran quién fue. Para paliar este olvido de un personaje fundamental de su época, en los últimos tiempos han visto la luz esfuerzos divulgadores como el libro Y a lo lejos Granada. Vida de Ángel Ganivet (Diputación de Granada) o el documental Ganivet de José Luis Hernández, que se estrenará este otoño.
Nacido en 1865, Ganivet fue amigo de Unamuno –se prepararon juntos la oposición a la cátedra de griego, que solo el salmantino consiguió– y acabó siendo considerado un precursor de la generación del 98. “Ganivet no solo fue un escritor de pluma brillante sino un gran observador que supo ver como nadie los problemas de su tiempo en obras como Idearium español o Granada la bella, donde no solo diagnosticó los males de la España de finales del siglo XIX, sino que, como el gran visionario que era, supo anticipar cuestiones completamente actuales como el imperialismo yanqui o la gentrificación”
Según el cineasta, “Ganivet ya nos previno sobre los males que acechan a las ciudades que venden su patrimonio al mejor postor y supo diferenciar al propietario útil, aquel que compra una casa para vivir en ella y cuidarla, del propietario que solo busca acaparar inmuebles para especular con ellos… ¿Les suena?”
La ética de los mercaderes
Por su parte, Alejandro Pedregosa explica que “siento que, a día de hoy, la mejor enseñanza que podemos extraer de la vida y obra de Ángel Ganivet tiene que ver con su observación cosmopolita del mundo y su inquebrantable fe en la labor intelectual como medio para abordar los problemas de una sociedad”, comenta. “Vivimos en una realidad dominada por la ausencia ética de los grandes mercaderes, algo que Ganivet detestaba. Cada día son más necesarias certezas intelectuales desde las que construir ciudadanía y sociedad”.
Pero si su obra resulta apasionante, su biografía no se queda atrás. “Defensor a ultranza del amor libre, sus amoríos fueron dignos de uno de esos folletines turcos que tanto éxito tienen en las plataformas”, prosigue Hernández, que desgrana estos y otros episodios en su filme. “Su historia de amor con la madre de su único hijo, la cubana Amelia Roldán, fue un constante ir y venir. Entre peleas y reconciliaciones cada uno tuvo sus propias aventuras, algunas con nombres tan exóticos como el de Mascha Djakoffsky, la profesora de sueco con la que Ganivet encontró la horma de su zapato”.
Esta extraordinaria peripecia vital tiene un punto de inflexión en su llegada a Finlandia, hace 130 años. “Allí se encontró un mundo completamente distinto al de su Granada natal. Como buen cronista, Ganivet quiso contar a sus compatriotas cómo vivían los fineses y las diferencias entre su cultura y la nuestra. De esta manera concibió una de las obras más interesantes de la literatura española, las Cartas Finlandesas, la deliciosa crónica de un granadino en tierras del norte”.
Un doble suicidio
Ganivet no llegó a cumplir los 33 años. Se suicidó un 29 de noviembre de 1898 arrojándose a las frías aguas del Río Dwina, en Riga, la capital de una Letonia que en aquellos años pertenecía al Imperio Ruso. “Las crónicas nos hablan de que en sus últimos días el cónsul parecía haber perdido el juicio, pero aun así fue capaz de terminar El escultor de su alma y Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, una de las novelas más rabiosamente modernas de la mal llamada Generación del 98, de la que Ganivet siempre fue considerado poco más que un precursor cuando en realidad fue uno de sus hacedores”, apunta Hernández.
“Nadie sabe los motivos de aquel doble suicidio: se arrojó al río dos veces, en la primera fue rescatado, pero volvió a insistir y logró su propósito”, agrega. “Algunos lo achacan a la sífilis que padecía, consecuencia indeseada de sus noches de incontinencia sexual. Otros a una venganza por una presunta infidelidad de Amelia Roldán, e incluso los hay quienes lo achacan a la imposibilidad de superar el rechazo de Mascha… Imposible saberlo. Para rizar el rizo, su familia siempre pensó que había sido asesinado por los servicios secretos rusos, una posibilidad nada descabellada a poco que sepamos algo sobre la historia de la Madre Rusia”.
Lo que sí sabemos, concluye Hernández, “es que, 27 años después, su cuerpo fue repatriado a Granada y que uno de los que llevó sobre sus hombros el insigne féretro fue un joven y aún desconocido poeta llamado Federico García Lorca, quien sentía una genuina admiración por aquel filósofo a quien ya nadie recuerda… Pero esa es otra historia”.