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Desencanto en una noche tórrida

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Hasta hace bien poco, vivir una noche tórrida era un concepto que habríamos asociado a un 'affair' memorable de esos que te dejan buen sabor de por vida. Pero hoy solo es intentar conciliar el sueño con más de 25 °C en la calle y quién sabe cuántos en una cama solitaria. El calor mata. Lo primero: el romanticismo. El verano pasado fue el más cálido de la serie histórica en España. Junio ha empezado fuerte. En Almería han batido el récord de mínima: 30,8 °C en lo que se califica –ahora, antes y por los siglos de los siglos– de noche infernal. 

La última ola de calor en Europa ha dejado 1300 muertes en una semana. Lo dice la OMS, que advierte de que el viejo continente es el que más se recalienta. Si el planeta ha acumulado 1,4 °C extra desde el año 1900, Europa va por los 2,5 °C, según Copernicus, el servicio de vigilancia de la UE. Podría seguir porque vamos de hito en hito, todos en la misma dirección. Se calientan los detectores pero la alarma no suena. 

Nos hemos acostumbrado hasta tal punto a la concatenación de datos apocalípticos que parece que nos hemos inmunizado. Quizá es un mecanismo de defensa. O más bien un acto de masoquismo. Me viene una imagen ochentera. Un joven pasando el dedo por la llama del mechero una y otra vez para demostrar que no se quema hasta que: ¡Au!

En la depresión del Ebro, la otra sartén de España junto al valle del Guadalquivir, la vida no se adapta al calor. Más allá de “tabicar” la casa después de intentar refrescarla en la madrugada, poco cambian nuestros hábitos respecto a otra época del año. Córdoba, sin embargo, es una ciudad distinta cuando el calor aprieta. Muchos comercios abren solo por la mañana, muchos bares ya tarde. En algunas calles, como en el resto de Andalucía, el ayuntamiento se encarga de asegurar la sombra con toldos. Las terrazas vaporizan agua, en la heladería te sirven lo primero y sin preguntar un vaso de agua y solo algún alma errante aparece por sus calles por la tarde. 

Quizá vivir en un lugar con una sensación térmica indescriptible en invierno gracias al cierzo nos haga humanos superresistentes al extremismo climático. Otra cosa no se explica. Pero lo cierto es que la realidad es tozuda. El calentamiento global se palpa aun sin atender a los datos y el calor se ha convertido en un asesino silencioso al que conviene tenerle, como mínimo, respeto. 

El mapa de umbrales de temperatura del Ministerio de Sanidad establece que en Aragón por encima de los 37 °C hay un riesgo real para nuestra salud. El año pasado, el calor estuvo detrás de 125 muertes. Urge cambiar hábitos, adaptar los horarios de trabajo, las tareas. Dar facilidades para adaptar las viviendas. Los avisos están ahí. Las noches tórridas ya perdieron el encanto.