Fuego en el pecho
Eclipse desde el Puente de Santiago apóstol sobre el Ebro. Al fondo, el castillo en forma de edificio en La Almozara que tapa para siempre la vista del Moncayo donde están Miguel Mena y Trinidad Ruiz Marcellán.
El incendio sube hasta San Juan de la Peña y sacan los restos de los reyes de Aragón de su panteón, el adn intacto peregrina a Huesca en fiestas de San Lorenzo. Llevan los huesos entre brasas en urnas transparentes, quizá de las últimas o las próximas elecciones si las hay.
Los bomberos forestales anuncian huelga para el 18, pasado mañana martes, la precariedad llega a que tengan que darles comida los damnificados desalojados de los propios incendios, hacerse un frankfurt a las brasas y apagarlas antes de que revivan.
Los centros de datos y los almacenes logísticos y los vertederos desplazados y las expropiaciones bendecidas por los pigas —el que se piga ajos come— a 10 euros el trozo de finca… ya vallada.
Todos esos artilugios inmensos impedirán los incendios futuros porque el hormigón no arde bien, aparte lo que ya se haya quemado que tardará en volver a poder quemarse en el ciclo incesante de la desidia y el abandonismo pueblero.
Semana de crimen horrendo en Tauste, el entorno de las víctimas, entorno internacional, en shock.
Es posible que en Ceuta/Marruecos nadie controle nada, incluyendo la dictadura atroz que siempre suponemos que maneja hasta el último resorte de sus machacados súbditos.
El que menos controla, el paradigma de la impotencia del todopoderoso, es ese Trump infame. Lo malo es que al no controlar, al solo robar y saquear, se destruyen países, vidas y el mundo en general, sobre todo lo que ya estaba destruido antes, pero también los presuntos primeros mundos que revientan por abajo como siempre por las inflaciones y las amenazas y los últimos latigazos imperiales.
Aquí, con las baterías y los coches chinos a tope. Inquinosa review.
Ayer sábado mientras la Virgen María subía al cielo, ya despejado tras el eclipse, los éxodos se cruzaban por esos cortafuegos naturales que son las autovías, carreterillas locales, senderos, glaciares escurriendo sus últimos cubitos para el gin-tonic de los ingenieros chinos.
Ya lo anticipó en sus poemas, como todo, el gran ignorado Miguel Labordeta: “Mis poetas chinos preferidos”.
La ciudad al baño María hirviendo ofrece refugios al sofoco, como la estupenda expo de la Lonja de Zaragoza, que está fresca y llena de gente, muchos turistas de eclipse rezagados descubren la ciudad de los mil asombros.
La expo de fotos de la saga Alfonso es deprimente y agobiante por la España atroz que te pone en el pecho, pero enseguida, como todo lo demás si no te mata, se olvida, como los fuegos si no te pillan, como el eclipse oh sí, transmutación y milagro anunciado.
La cola para conseguir las gafas casi fue mejor que el eclipse, más ordenada, en amable compañía casual la cola serpentea por cruce del cardo y el decúmano, en el núcleo de furgones de reparto de la ciudad romana, cada cual con su móvil, su bici, su patín, su mochila, intentando eludir todo eso que ya se ha impuesto como realidad de hierro y fuego y misiles (agotadas las existencias de Trump, menos mal) y toreros a hombros en las sangrientas tardes de España.
La expo de las fotos de Alfonso sobrecogen por a remota actualidad, el Rif, el desastre de África, los generalotes asesinos, la miseria, Astray con un ojo y un brazo, Machado, Baroja recogido en su mesita con un boli un cuaderno, Valle-Inclán, Azorín… Cajal dando clase sobre un cuerpo anónimo.
La actualidad, que yendo bien queda tanta, es lo que duele de la expo de Alfonso.
El fuego nos ha llegado al pecho y ha rodeado el corazón donde, tras tantos esfuerzos y cuidados, dormían los primeros reyes de Aragón, montañeses pequeñajos bravíos con licencia de espada y puñal, santos del no reblar. Al menos están en Huesca, no se los han llevado, aprovechando el fuego, a las colecciones de los billonarios de Estados Unidos o a… Lérida.