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Saludos desde un no lugar

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De los cientos de personas que recorrían el pueblo a esa hora, fue a mí a quién se dirigió para buscar complicidad.

—¿Usted cree que hay derecho a tanta gente aquí?

—Demasiada, ¿verdad?

—Que dejen el pueblo ya tranquilo, hombre.

—Razón lleva, es una barbaridad.

Quizá mi sentimiento de pertenencia a ese lejano lugar era tan puro que incluso a él le confundió e hizo que no me tomase por lo que era: otra forastera más. El hombre habría rebasado los noventa, camisa clara, pantalones de tergal. Atravesaba la calle sorteando hordas de turistas que buscaban donde cenar después de pasar el día en la playa. La estética del pueblo todavía era más fiel a aquel nonagenario que a la invasión de veraneantes. Ese era su encanto y su condena. Todo el mundo busca lo auténtico haciéndose así cómplice de su destrucción.

Eso que bautizamos como un gran invento, y que supuso y supone un motor de desarrollo para muchas zonas de España así como una alternativa a sectores por los que se ha perdido el interés, está a punto de devorarnos. Cerca de ese maravilloso pueblo, al que no nombraré a propósito por respeto a mi anciano amigo, había una cala recóndita, pequeña y de difícil acceso con nombre de película setentera. Ese recorte de mar solía estar habitado por un puñado de hippies de los de verdad, de los que viven en los márgenes sin padres ricos. La cala era nudista. Un pequeño reducto de libertad rodeada de kilómetros de playas dónde lucir los textiles veraniegos. Unas escaleras directas a la arena han acabado con ese pequeño mundo salvaje. Me pregunto dónde estará Sindi, el regidor de aquel espacio, el vigilante de mirones, el anfitrión de ninguna parte.

En otro mar hace unos días 10.000 personas formaron una cadena humana para proteger un paraje que dejó de ser desconocido hace mucho, Es Trenc, en Mallorca. Intentaban proteger con sus cuerpos un tesoro de la naturaleza que peligra por el avance voraz del turismo y del ansia por hacer negocio. El ser humano es capaz de llegar al lugar más inhóspito de la tierra, pero ¿es necesario hacer hasta cada uno de ellos una pista, unas escaleras? ¿Un hotel con piscina?

Desde que el boca a boca pasa a través de una pantalla he visto caer uno a uno mis paraísos personales. Las pozas de mi infancia, las calas perdidas, los acantilados intransitables. Tener pueblo siempre ha sido una suerte que este no sea turístico es ahora un privilegio. Escribo esto en pleno julio desde una playa enorme en la que apenas diviso ocho sombrillas con muchísima distancia entre sí. Veo los pinares al fondo en la sierra, palmeras, vegetación de costa, rocas, una duna gigante al fondo. Escucho el viento, el mar, los pájaros que animan el ambiente con su canto alegre y el crujir de la sombrilla que, como yo, se deja llevar. Nada necesito más que lo que hay aquí y nada deseo salvo que nada cambie. Ojalá al año que viene no llegue hasta aquí una carretera. Saludos desde un no lugar, por precaución innombrable.