La rabia de una afición harta de su presidente y ahora sin estadio: “Quieren hacer negocio con el Rayo Vallecano”
“Mira, ¿sabes qué te digo? Ojalá esto fuese el mayor problema de la vida”. Entre insultos al presidente del Rayo Vallecano, exabruptos contra la situación de la entidad y preguntas al aire sobre qué va a pasar después de que la Comunidad de Madrid haya extinguido la concesión, la reflexión de este aficionado franjirrojo casi parece venida de otro planeta. Uno en el que el equipo con más solera de la ciudad es solo fútbol y no una forma de vida. Un mundo en el que la identidad del barrio no depende del campo donde dejarse las gargantas y el espíritu cada quince días.
La frase, sin embargo, resume un enfado tan enquistado en la hinchada que comienza a convertirse en resignación. En medio del fuego cruzado entre la directiva y el Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso, que este miércoles ha presentado una denuncia ante la Policía Nacional por los impedimentos para tomar el control del recinto e iniciar unas obras “urgentes”, los seguidores rayistas tratan de asimilar una noticia chocante aunque no sorprendente: su estadio, con 50 años de historia (casi la mitad que la de todo el club), va a dejar de poder acoger partidos del Rayo “de dos a seis meses”. Será así hasta que el Gobierno autonómico acometa los trabajos de emergencia y decida qué hacer con una nueva concesión.
Una mujer expresa la rabia desganada que se desliza en las palabras que abren este artículo, pero de un modo más metafórico: “Es como ver que Julio Iglesias tiene un hijo, una noticia más”. Eso sí, no todo el mundo se resigna, como demuestra un veterano socio que se desahoga frente a una de las puertas de las instalaciones: “¡En el último partido esto estaba lleno de basura y hasta de palomas muertas! El campo está bien hecho, pero abandonado. Si se rompe el marcador, lo que hacen es cambiarlo por otro enano en una esquina. Es una vergüenza”.
Alberto, otro aficionado, cree que “el verdadero milagro del Rayo no ha sido la final de la Conference League, sino que tal y como está el campo no haya pasado ninguna desgracia”. Define todo lo que está pasando como “un disparate”. Su amigo José expone una de las teorías más extendidas en Vallecas: “Creíamos que iba a dejar morir el espacio para que le hagan un campo gratis. Al menos esa era su intención, claro”. Ese “dejar morir” se traduce en falta de unas medidas de seguridad o sociosanitarias mínimas, así como acumulación de residuos y enseres en zonas como el bar, con el consiguiente riesgo de incendio. Por no hablar de la falta de inversión en acciones tan básicas como la venta online de entradas o la apertura de una tienda oficial.
Aunque ya no vive en Madrid, Alberto iba a aprovechar su estancia veraniega en la ciudad para ver el partido de la segunda jornada ante el Deportivo Alavés, el 20 de agosto. Será el primero que el club juegue como local una vez suspendida la concesión. El lugar en el que se disputará sigue siendo una incógnita, aunque parte como principal candidato el Estadio de Butarque, en Leganés. El traslado no solo implica complicaciones logísticas, sino que merma el ambiente y la comunión de una afición con gran apego al territorio. “Ya nos vemos en Valdebebas”, comentan con preocupación en los alrededores. Otra persona recuerda que la directiva ni siquiera desplegó autobuses para cubrir y costear el traslado a Butarque la pasada temporada, cuando el equipo se enfrentó allí al Oviedo por el mal estado del césped.
Por eso Rafa, socio número 1 del club, lo tiene claro: “A Leganés irá su tía [la de Martín Presa]”. A sus 90 años, recuerda un exilio previo del Rayo, cuando antes de jugar en su estadio disputó sus encuentros durante cinco años en el antiguo Estadio de Vallehermoso de Chamberí. Con una sonrisa permanente en su cara que no oculta la preocupación, Rafa culpa de toda la situación al presidente: “Si no pagas la contribución de tu piso te pueden acabar echando, ¿no? Pues aquí pasa igual”. Su carisma es reverenciado en Vallecas. “Si nos llevan a Leganés a Rafa le tienen que poner una limusina”, comenta un seguidor.
La mayoría de aficionados ve con buenos ojos la medida del Gobierno autonómico, de hecho algunos reclaman que debería haber llegado mucho antes: “La vergüenza es que la Comunidad de Madrid ha estado 15 años mirando a otro lado”, dice un rayista. El sentir general es que la progresiva devaluación en el mantenimiento de las instalaciones ha sido una constante desde la llegada de Martín Presa en 2011. El Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso acometió ya reformas para reforzar la estructura y prepara otra de gran calado para modernizarla, pero estas de carácter “urgente” se enfocan a elementos tan elementales como los sistemas contra incendios o los que garantizan la salubridad del agua.
Otro reproche, o más bien suspicacia, hacia el Gobierno regional tiene que ver con el futuro modelo para el estadio. Tanto el enfoque de las reformas como las implicaciones de esa posible nueva concesión a una empresa tercera que a su vez lo ceda al Rayo (a imitación de lo que ocurre con Estudiantes y Real Madrid en el Movistar Arena): “El problema es que lo que quieren es hacer negocio”, opina un hincha.
En medio del hartazgo y los temores, el club sigue gastando renovaciones de abonos a un precio que alcanza los 1.400 euros. “Sabía que le iban a echar antes de lanzar la campaña”, apunta con desprecio un hincha. Los trámites se completan a mano en una mesa y varias sillas portátiles colocadas en los exteriores del recinto. Pese a que ya saben que durante una larga temporada no podrán ver al club en su hogar común, decenas de aficionados acuden con la esperanza del regreso y de que mantener su apoyo ayude a encauzar la situación de la entidad. “Si no renuevas pierdes tu número”, apostilla además uno de ellos. Esto puede implicar perder ventajas económicas y logísticas o incluso no poder adquirirlo de nuevo.
Entre vecinos, curiosos y seguidores, la mañana del miércoles se ha desarrollado con una creciente tensión sobre el inicio de las obras. Finalmente, no han arrancado, ante la negativa de los dirigentes a entregar las llaves. Un par de jardineros contratos por la Comunidad de Madrid han permanecido horas esperando, sin éxito, entrar para comprobar el estado del césped. Llegado cierto punto, se han marchado a tomar un café. Luego han regresado, sin que hubiera muchas novedades.
Más suerte han tenido otros operarios movilizados por el Ejecutivo autonómico para labores de fontanería, electricidad, calefacción o saneamiento. Este personal puede iniciar sus trabajos en el edificio adyacente al Estadio de Vallecas, donde se encuentran las sedes de cuatro federaciones deportivas madrileñas: la de ajedrez, la de boxeo, la de billar y la de tenis de mesa. “Falta hace, porque el otro día hubo una fuga de agua tremenda en la de boxeo”, alerta un residente de la zona.
Ni los trabajadores desplegados ni los miembros de estas federaciones han querido pronunciarse por el momento en los medios, durante una desconcertante mañana que ha terminado con la denuncia de un Gobierno regional a un club emblema ante la Policía. Alegan que el vicepresidente y el jefe de los servicios jurídicos del club han obstruido el inicio de unos trabajos “urgentes”. El último giro de guion para una afición y un barrio que no pueden saborear su momento de mayor esplendor deportivo debido a la precariedad en todo lo que les rodea.
“No es solo el Estadio. La ciudad deportiva también se cae a cachos”, recuerda un rayista sobre las instalaciones que usan los equipos filiales o la cantera en el Ensanche de Vallecas. El fútbol femenino, del que el Rayo fue emblema hace años, lleva años en caída libre ante la falta de dotación económica o de una dirección deportiva profesional. Es la paradoja del Rayo, que resume un seguidor con un recuerdo: “Andoni Iraola estaba dando una rueda de prensa hace dos o tres años mientras todo lo que tenía de fondos se caía a cachos. Aquí lo hizo tan bien que ahora está entrenando al Liverpool. Y nosotros vamos camino de quedarnos en la calle”.
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