El Gancho, el escudo solidario de un barrio de Zaragoza que planta cara al nuevo ciclo político antiinmigración
El barrio zaragozano de San Pablo, conocido popularmente como El Gancho, mantiene una intensa red de apoyo social, cultural y comunitario que implica a parroquias, entidades vecinales, organizaciones humanitarias, centros sanitarios y colectivos educativos. En una de las zonas históricamente más frágiles del Casco Histórico de la ciudad conviven proyectos de integración, apoyo escolar, inserción laboral, diálogo interreligioso y atención a la pobreza. Todo ello, además, en un contexto político marcado por el nuevo discurso de control y evaluación de las subvenciones públicas a las entidades sociales impulsado por Vox dentro del acuerdo de gobierno con el PP en Aragón.
San Pablo representa hoy uno de los mayores ejemplos de convivencia y tejido comunitario de Zaragoza. La parroquia, considerada popularmente “la tercera catedral” de la ciudad, articula buena parte de esa vida social en un cuadrilátero que se extiende desde el paseo Echegaray y Caballero hasta Conde Aranda y Mayoral. En ese espacio conviven también una parroquia anglicana, tres oratorios musulmanes y dos capillas protestantes vinculadas a la comunidad gitana, reflejo de una diversidad religiosa y cultural que define al barrio.
La dimensión social del barrio se sostiene gracias a una amplia red de entidades y recursos comunitarios. El Ayuntamiento de Zaragoza interviene a través del Plan Integral del Casco Histórico y de equipamientos como el centro de Las Armas. También desempeñan un papel relevante el Centro de Salud y el colegio Santo Domingo, desde donde se impulsan iniciativas de integración en un entorno marcado por una elevada diversidad cultural.
Aproximadamente un 30% de la población es inmigrante. La comunidad magrebí constituye el grupo más numeroso, seguida de la población latina, que suele trasladarse a otros barrios —como Delicias, Las Fuentes, San José, Torrero o Arrabal— cuando mejora su situación económica. Aunque persisten algunas diferencias culturales, especialmente en modelos familiares más conservadores dentro de ciertos hogares magrebíes, la convivencia vecinal no se percibe como especialmente conflictiva.
De hecho, las principales quejas de los residentes no se centran tanto en la delincuencia y la inmigración como en el deterioro urbano con problemas de limpieza, falta de comercio de proximidad y el mal estado de algunas zonas, donde todavía hay viviendas apuntaladas y situaciones de riesgo estructural. Así quedó reflejado en la última reunión promovida por la Asociación Vecinal Lanuza Casco Viejo, presidida por el guatemalteco Eddy Adán, en la que los vecinos reclamaron más servicios y una mayor atención municipal.
ONGs e Iglesia
Entre las principales organizaciones presentes en El Gancho figuran Accem, Cruz Roja, Apip-Acam e Hijas de la Caridad, además de otras entidades como Cáritas, las Conferencias de San Vicente de Paúl y la propia Fundación Ozanam. Todas ellas desarrollan programas de acogida, inserción laboral, reparto de alimentos, formación o atención a colectivos vulnerables. A ello se suman iniciativas como La Olla Comunitaria, que cada sábado recoge alimentos en la calle de Las Armas, o el banco de alimentos gestionado por las Conferencias de San Vicente de Paúl.
En el centro de recursos de las Conferencias hay una trabajadora social y varios voluntarios y solo dispone de alimentos. Atienden los martes y miércoles, además de dos jueves alternos solo para fruta, a más de 230 familias, casi 700 personas en total, a los que se les pide una documentación y un baremo por debajo del ingreso mínimo vital (IMV). El perfil de los beneficiarios suelen ser familias con hijos, personas mayores de 65 años solas o con enfermedades o discapacidades que padecen la soledad no deseada, así como personas recién llegadas con menos de un año de estancia en Zaragoza, hasta que acaba el seguimiento de su itinerario de intervención. En estas semanas hay un boom de altas, si bien las cifras oscilan según los procesos migratorios.
Además, la entidad también dispone de un centro de formación para alfabetización digital, cursos para la obtención de certificados de profesionalidad, así como cursos de empleo doméstico y de idioma español.
La respuesta frente a la pobreza cotidiana también se concreta en servicios básicos. Las Hijas de la Caridad, con apoyo municipal y parroquial, gestionan el servicio de duchas y lavandería al que acuden diariamente unas 80 personas afectadas por pobreza energética y el sinhogarismo.
Paralelamente, una red de 25 voluntarios presta apoyo escolar a 55 menores del barrio de lunes a jueves con el objetivo de reducir el fracaso educativo y reforzar la integración social.
La Fundación Ozanam se ha convertido igualmente en uno de los grandes motores sociales de El Gancho. En los últimos meses, ha reforzado su actividad mediante proyectos de formación y empleo vinculados al entorno de Las Armas y al Centro Sociolaboral de la calle Boggiero. Uno de sus proyectos más visibles es la gestión de la cafetería municipal de la plaza de Las Armas, concebida como espacio de dinamización vecinal y de inserción laboral para personas vulnerables.
La cafetería abre de lunes a viernes de 8.00 a 20.00 horas y amplía horarios durante actividades culturales o eventos organizados en la plaza y en dependencias municipales cercanas, como conciertos de la Escuela Municipal de Música y Danza o mercados temáticos celebrados durante los fines de semana. El establecimiento funciona además como espacio de inserción laboral. Actualmente, cuenta con cinco trabajadores —una persona en cocina, tres en barra y terraza y un gerente— contratados mediante programas de inserción dirigidos a personas con dificultades para acceder al mercado laboral. La intención es que, tras un periodo de formación y experiencia práctica de entre un año y un año y medio, puedan incorporarse posteriormente a otros empleos.
El centro socio educativo Las Armas se llena de programación hasta julio con teatro, música, folclore y cine. El Ayuntamiento de Zaragoza mantiene el espíritu cultural de este equipamiento a través de un nutrido calendario de actividades de la Escuela de Música, del Patronato de Educación y Bibliotecas y de otros servicios municipales. Entre los diferentes eventos programados hasta julio y ya se ha iniciado un ciclo gratuito de conciertos de jóvenes músicos emergentes con fechas hasta noviembre
La entidad desarrolla también talleres de fontanería, confección y formación laboral, además de programas educativos y de ocio para menores en el Centro Municipal de Tiempo Libre Cadeneta, activo desde los años ochenta. Cada tarde participan más de 30 niños y niñas en actividades de apoyo escolar, educación en valores e integración comunitaria.
La parroquia de San Pablo desempeña además un papel clave como agente cultural y de cohesión vecinal. Su párroco, Ángel Lahuerta, y el diácono Antonio Moreno mantienen contacto permanente con las entidades sociales y promueven actividades abiertas a toda la ciudadanía. Entre ellas destaca el proyecto ADIA Aragón, centrado en el diálogo interreligioso e interconviccional y en la defensa de la convivencia entre creyentes y no creyentes como parte de la identidad urbana del barrio. Esa filosofía se plasma en iniciativas como la Noche de las Religiones, que abre templos y espacios de culto a los vecinos para visibilizar la diversidad espiritual y cultural de Zaragoza. También en propuestas musicales y patrimoniales como “Conciertos de altura”, el ciclo Saulus o el Concierto de Primavera, además de celebraciones multitudinarias como la vigilia diocesana de Pentecostés el pasado 24 de mayo.
El propio templo de San Pablo simboliza esa mezcla histórica de culturas. Construido entre los siglos XIII y XVIII y declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO dentro del Mudéjar de Aragón, el edificio conserva uno de los conjuntos mudéjares más importantes de la comunidad, aunque el paso del tiempo y las humedades por las últimas lluvias han afectado a la estructura. En 2026 se cumplen además 25 años de ese reconocimiento internacional, una efeméride que la parroquia quiere aprovechar para reivindicar tanto la restauración patrimonial como la revitalización del Plan Integral contra la exclusión social del barrio.
Para los responsables del templo, “la comunidad de San Pablo camina en el barrio con otras comunidades cristianas y de otras religiones que convierten al Gancho en un espacio privilegiado de diversidad cultural y religiosa donde la convivencia entre todos es algo cotidiano en el que no faltan vecinos y vecinas comprometidos por la mejora del barrio y sus gentes”
Salud comunitaria
Otro de los pilares de la vida colectiva de El Gancho es el Consejo de Salud San Pablo, ahora coordinado por Pilar García. Este órgano de participación vecinal coordina proyectos comunitarios y analiza el impacto que tienen las condiciones de vida sobre la salud de los residentes. Los impulsores Rosa Macipe y Luis Gimeno defienden el trabajo en red como herramienta imprescindible para comprender los problemas reales del barrio y diseñar respuestas conjuntas.
Desde 2018, el Consejo de Salud ha impulsado iniciativas como el “Semáforo de la Salud”, destinado a detectar preocupaciones vecinales y fortalezas comunitarias. También ha trabajado específicamente sobre la relación entre vivienda y salud, denunciando situaciones de infravivienda y dificultades de acceso residencial mediante encuentros vecinales, teatro social y concursos de relatos. Ahora trabajan en el entorno, espacios verdes y de juego, dentro de la iniciativa de urbanismo táctico para mejorar la salud. “Sabemos que la salud depende de las condiciones de vida de las personas y la esperanza de vida entre unos barrios y otros puede llegar a ser de hasta diez años”, asegura Macipe.
La brecha digital y la salud emocional de la infancia tras la pandemia son otras de las preocupaciones prioritarias del Consejo. La entidad ha elaborado cuestionarios y estudios sobre el impacto de la digitalización en la población vulnerable y sobre las consecuencias emocionales del confinamiento en niños y adolescentes, trasladando posteriormente sus conclusiones al Ayuntamiento y al Gobierno de Aragón para reclamar medidas públicas específicas. “En un barrio con mucho estigma que retroalimenta lo negativo, aquí se generan dinámicas positivas con la participación de los vecinos”, comenta la pediatra Rosa Macipe.
La lupa política
Todo este entramado solidario convive ahora con una nueva etapa política marcada por el discurso de control sobre las ayudas públicas a las entidades sociales. El concejal de Vox y presidente de la Junta de Distrito del Casco Histórico, Armando Martínez, sitúa al El Gancho como uno de los principales focos de preocupación vecinal “por problemas relacionados con la inseguridad, la suciedad o el deterioro de la convivencia”, si bien reconoce que pese al elevado número de migrantes que residen en la zona, no hay delincuencia ni quejas graves más allá de la limpieza de calles y algún episodio de “incivismo” que lleva a esa “percepción de inseguridad”.
Martínez reconoce expresamente la labor “encomiable” de muchas pequeñas organizaciones y colectivos de proximidad que trabajan en el barrio pese a contar con recursos limitados. Sin embargo, cuestiona la eficacia de algunos grandes programas de acogida e integración vinculados a entidades de ámbito nacional y considera necesario revisar el modelo de intervención social. Se refiere, principalmente, a la última acogida de un pacífico grupo de migrantes malienses, jóvenes llegados hace unos meses bajo el programa de atención humanitaria, que se alojan en apartamentos junto al Hotel París de la calle de San Pablo, gestionados por la asociación Apip-Acam. La entidad colaboradora en el ámbito de la protección internacional está autorizada por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, y mantiene un total mutismo sobre el número total de personas atendidas y el programa de atención que reciben durante los meses que permancen aquí.
El edil sostiene que el incremento del sinhogarismo y de situaciones de exclusión demuestra que parte de los programas actuales no están ofreciendo resultados suficientes. Por ello defiende introducir mecanismos más estrictos de evaluación sobre las subvenciones públicas, midiendo la llamada “rentabilidad social” de las entidades en función de su capacidad real de integración laboral y convivencia.
Según explica, el nuevo Ejecutivo autonómico deberá analizar ahora qué margen existe para condicionar convenios y ayudas públicas al cumplimiento de objetivos concretos. Martínez asegura estar dispuesto a colaborar con aquellas entidades que desarrollen un trabajo efectivo en el barrio, aunque rechaza apoyar económicamente proyectos que considere más ideológicos que asistenciales que, a su juicio, “priman más los números que a las personas”.
Mientras tanto, El Gancho continúa sosteniéndose gracias a una compleja red de vecinos, voluntarios, sanitarios, parroquias, educadores y asociaciones que intentan responder cada día a problemas estructurales de pobreza, exclusión y convivencia. Un barrio históricamente castigado, pero que sigue haciendo de la solidaridad su principal herramienta de resistencia colectiva.