Un pueblo de Teruel reivindica una rareza europea: chopos de más de dos siglos que solo sobreviven si se les sigue cortando

En Europa hay hayas, fresnos y sauces trasmochos, pero apenas chopos. La excepción está en la provincia de Teruel, que concentra algunas de las mayores masas de chopos cabeceros del continente, con ejemplares de entre 200 y 220 años. Su supervivencia depende, paradójicamente, de una práctica casi desaparecida: la poda periódica que les dio forma. La Hoz de la Vieja, en la comarca de las Cuencas Mineras, acogerá el próximo 14 de noviembre la XVI Fiesta del Chopo Cabecero, bajo el lema ‘Pueblos que cuidan su patrimonio’, para reivindicar unos árboles que durante siglos sostuvieron la economía de los pueblos de la cordillera Ibérica.

“En congresos europeos de este tipo de árboles, la sorpresa nos llegó cuando vimos que no hay chopos trasmochos en Europa. Hay hayas, fresnos, sauces, pero chopos prácticamente no”, explica Chabier de Jaime, miembro del Centro de Estudios del Jiloca, una de las entidades organizadoras.

Los estudios realizados junto al Instituto Pirenaico de Ecología, a partir de la lectura de los anillos de crecimiento, han permitido datar los ejemplares más viejos. “Tener cientos de árboles centenarios en una ribera no es tan sencillo. Pero es que aquí tenemos cientos”, subraya De Jaime.

Vigas cada 12 o 15 años

La forma que les da nombre no es natural. Se trata de chopos negros, o álamos negros, sometidos durante siglos a escamondas: cortes periódicos de las ramas a una determinada altura del tronco, sobre la que el árbol desarrollaba una cabeza característica de la que brotaban nuevos fustes.

Esos fustes se cortaban aproximadamente cada 12 o 15 años y se convertían en vigas para viviendas, parideras y graneros. Las hojas alimentaban al ganado y el resto de la madera servía como combustible. En un territorio deforestado, donde escaseaba la madera de calidad, las riberas se convirtieron en la alternativa, y la venta de vigas, en un ingreso complementario para agricultores y ganaderos.

El sistema, además, no competía con el campo: al retirar las ramas entraba más luz, crecía la hierba y las tierras seguían dando cultivos y pastos. “Era un recurso renovable absolutamente. El propietario de los árboles a los 12 años volvía a poner en el mercado esas vigas y se las quitaban de las manos”, recuerda De Jaime.

El abandono, la principal amenaza

La transformación de la sociedad rural en la segunda mitad del siglo XX, el cierre de explotaciones y la llegada de nuevos materiales de construcción acabaron con aquel aprovechamiento. Muchos ejemplares fueron talados. Otros siguen en pie, pero sin los cuidados que necesitan, y eso también los pone en riesgo.

“Los árboles trasmochos pueden hacerse muy longevos si el sistema de aprovechamiento se mantiene”, advierte De Jaime, que defiende recuperar las escamondas y buscar fórmulas que garanticen su conservación.

Su valor va más allá del paisaje. Cada chopo cabecero alberga insectos, líquenes, musgos, murciélagos y aves, que encuentran en su estructura alimento, refugio y lugar de cría. “Realmente es un ecosistema cada uno de estos árboles”, resume el experto, que los describe como “oasis lineales” a lo largo de ríos, arroyos, acequias y barrancos, y reclama que se valoren como monumentos naturales. El Gobierno de Aragón reconoció en 2016 el saber hacer campesino ligado a esta tradición como Bien de Interés Cultural Inmaterial.

Pancrudo, Amigo del Chopo Cabecero 2026

La fiesta, nacida en 2009 y de carácter itinerante, ha recorrido distintas localidades con un efecto que sus organizadores consideran tan importante como la divulgación: que los vecinos vuelvan a mirar sus propios árboles. “En cada pueblo empiezan a verse estos árboles de otra forma. Son los chopos de cada pueblo y pasa siempre lo mismo: la gente no se da cuenta hasta que le damos el valor que merece”, relata De Jaime, para quien la cita contribuye también a mejorar la autoestima de pequeñas localidades que encuentran en estos árboles un rasgo propio frente a la globalización.

Este año el premio ‘Amigo del Chopo Cabecero’ será para Pancrudo, que acogió la edición de 2024 y que ha desarrollado semanas culturales, conferencias y actividades específicas para conservar y dar a conocer sus arboledas.

La jornada arrancará en la plaza Mayor de La Hoz de la Vieja con un desayuno solidario. Después, los participantes recorrerán la ribera del río Cantalera, entre huertos y chopos cabeceros, hasta el paraje de La Chopera, donde el motoserrista Víctor Pérez hará una demostración de escamonda. De vuelta al pueblo, podrán elegir entre visitar el Museo del Pan, la iglesia gótica de Nuestra Señora de las Nieves o las pinturas rupestres descubiertas recientemente. En el pabellón se inaugurará la exposición del XI Concurso de Fotografía sobre el Chopo Cabecero y, por la tarde, se entregará el galardón a Pancrudo.

Las ediciones anteriores han reunido desde unas 150 hasta 600 personas, pero De Jaime insiste en que la asistencia no es la medida del éxito: lo importante, dice, es que la gente del pueblo disfrute y que los visitantes se mezclen con ella. El reto de fondo sigue siendo otro. “Somos a veces demasiado desconocedores de lo que tenemos”, lamenta.