Cuando Zaragoza tuvo dos minutos de noche: el eclipse solar de 1905
Entre 2026 y 2028 nuestro país será testigo de diversos apagones solares, una frecuencia parecida a la de principios del siglo XX, en 1900, 1905 y 1912, aunque este último apenas duró unos segundos y sólo abarcó Galicia, Asturias y parte de León. Por sus características, el eclipse de 1905 es el que más se asemeja al del pasado día 12 de agosto. Este artículo les muestra cómo vivió aquel vecindario de hace 121 años la experiencia de un sol que se apagó sobre Zaragoza.
El eclipse del 30 de agosto de 1905 (hubo otro el 6 de marzo, aunque invisible en España) se recibió como una oportunidad para el desarrollo de la ciencia española. Se construyeron observatorios y al país llegaron expediciones científicas de diversas partes del mundo. Zaragoza y parte de su provincia no fueron ajenas a esta fiebre astronómica. Por la trayectoria del eclipse, la capital y localidades como Tarazona, Daroca y Calatayud, entre otras, se hallaban dentro de su zona de totalidad.
Queremos investigar
Así, en Alhama de Aragón el Lick Observatory de la Universidad de California montó una estación con el objetivo de localizar la posible existencia de un planeta entre el sol y Mercurio. A visitar esta base astronómica fue invitado Antonio Gregorio Rocasolano, catedrático de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza, quien quedaría admirado del instrumental yanki.
La Universidad había solicitado 20.000 pesetas al Ministerio de Instrucción para adquirir aparatos dignos del acontecimiento. Pero la ayuda pública nunca llegó y, al parecer, los científicos zaragozanos hubieron de pagar las herramientas de su bolsillo (Diario de Avisos de Zaragoza, 30 de agosto de 1905).
Sea como fuere, la Facultad de Ciencias habilitó dos centros de observación: uno en el Jardín Botánico (entre las calles de San Miguel y Sancho y Gil) desde donde se tomarían mediciones y fotografías; y otro en la azotea de la propia facultad, que desde 1892 funcionaba como estación meteorológica. La Iglesia Católica no quiso tampoco perder detalle: los Jesuitas establecieron su puesto en el desaparecido colegio del Salvador; los Escolapios, en la terraza de las Escuelas Pías.
El circo del sol
Pero aquel eclipse de 1905 no fue sólo asunto de astrónomos. Según la revista Mundo Científico “el éxito del eclipse consiste en el evidente aumento de la cultura de nuestro pueblo” (09/09/1905). De repente, un fenómeno natural se convertía en espectáculo de masas. En Zaragoza, la prensa dedicó varios artículos a explicar el alineamiento celeste (como los que escribió en Heraldo el catedrático Juan Pablo Soler Carceller desde Huesca) mientras mantenía informada a la opinión pública sobre los preparativos en otras ciudades.
Esta popularización trajo consigo frivolidad y un incipiente consumismo. Los tabloides detallaban puntualmente el viaje del rey Alfonso XIII a Burgos para contemplar el eclipse. La ciudad castellana se convirtió en un resort donde no faltaron corridas de toros. El traslado del séquito real atrajo a numerosos forasteros con el consiguiente aumento abusivo de los precios del alojamiento. Lo mismo sucedió en Palma de Mallorca y hasta Alhama de Aragón se trasladaron curiosos desde Zaragoza. La sombra del turismo se alargaba.
Comenzaron a ofertarse todo tipo de artilugios. La prensa estimulaba a los diletantes para proveerse de “un anteojo, un reloj de alguna precisión, un barómetro, varios termómetros y una cámara fotográfica” (Heraldo, 30/08/1905). En la Relojería de Valero, calle Alfonso 16, había “relojes especiales para las observaciones”; en los almacenes La Oriental, Coso 56, hizo furor el “Monocle Astronómico”, un “aparato para observar el eclipse” que, en sana competencia, la óptica Franco-Helvética, Coso 20, ofrecía por 0,85 pesetas. La ciencia podía ser un negocio.
Y por fin llegó el gran día (o noche)
Aunque el inicio del eclipse estaba previsto a las 11:52, desde primeras horas de la mañana no se hablaba de otra cosa. En el cielo, la nubosidad se espesaba haciendo temer lo peor. Los tranvías eran tomados casi al asalto con destino al cabezo Cortado y sobre todo al de Buena Vista, donde unos guasones había montado una carnavalera estación astronómica. La muchedumbre hormigueaba provista de lentes y telescopios fabricados con tubos de estufa. De repente, un cañonazo desde las Escuelas Pías anunció el pistoletazo de salida.
De la plaza de la Magdalena a la de Constitución, Zaragoza se convirtió en una fiesta. Los conductores detuvieron los tranvías para presenciar el grandioso fenómeno, los oficinistas tomaron la calle y las persianas de los comercios bajaron; todo era un mar cuellos estirados y ojos sombríos tras cristales ahumados. Conforme el sol desaparecía (“¡Parece una tajada de melón!”) el bullicio y buen humor se iban trocando en inquietud. A las 13:13 horas sobrevino un silencio sobrecogedor: el eclipse había llegado a su totalidad.
Durante apenas dos minutos el sol fue un butrón en un cielo velado por nubes. Algunos cafés se apresuraron a encendier sus luces. Poco a poco, la efímera noche fue dando paso a una claridad matizada. Cuando el sol volvió a brillar “sonaron cañonazos, voces de júbilo y hasta algunos aplausos” (El Progreso 31/08/1905). Hubo quien arrojó contra el suelo los vidrios tiznados que se hicieron añicos como un último brindis, “y la gente fue retirándose a sus casas para esperar hasta el año 1999” (Diario de Zaragoza 30/08/1905).
Nada nuevo bajo el sol
Es probable que los cronistas de la época cargaran las tintas al describir el ambiente, pero no cabe duda de la emoción y alegría con que la ciudad vivió un acontecimiento irrepetible para quienes lo presenciaron.
La luz trajo de vuelta los enojosos asuntos del mundo que por unas horas habían permanecido en penumbra: en Andalucía continuaba la hambruna; regresaron a primera plana las elecciones del 5 de septiembre, que no solucionarían el hambre en Andalucía; rusos y japoneses porfiaban en su pulso; y el “problema marroquí” cada vez se oscurecía más.