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Concepción Fernández Villanueva

Directora del Departamento de Psicología Social de la Universidad Complutense. Investigadora sobre efectos de los medios de comunicación.

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¿Basta ya de horror? A propósito de Gaza

Los medios de comunicación, ayudados por las nuevas tecnologías, nos regalan cada día una muestra de horror recién producido, una macabra primera extracción en frío de lo humano deshumanizado, desmembrado, desarticulado, desvitalizado e inerte. Imágenes de cadáveres de adultos y niños, pura carne, puro cuerpo, aparecen en los telediarios, los periódicos o las redes sociales mientras realizamos nuestras actividades cotidianas. En cualquier momento del día nos acecha la desagradable o macabra sorpresa de un cuerpo ensangrentado, mutilado, muerto, un rostro asustado, alterado, desencajado por el sufrimiento o la angustia.

En los últimos días, tras el comienzo de la ofensiva militar israelí en Gaza, la información y la visión de escenas horribles está presente de forma casi continua en nuestras vidas. Las imágenes impactan y perturban nuestra tranquilidad, ya que son imágenes de muerte incompatibles con nuestras actividades de vida.

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Telebasura caritativa: 'buena' y barata

Hace algunas semanas que la televisión pública estatal nos regala cada tarde un largo programa de telebasura, muy útil para justificar los recortes del Gobierno en su respuesta a la crisis económica que estamos viviendo. Se llama Entre todos. Su objetivo es recabar ayuda para necesitados, para personas afectadas por la crisis económica. Ayuda procedente de las personas corrientes, los iguales a los necesitados, aunque un poco menos necesitados que ellos. Algunos de sus lemas más representativos y reveladores de lo que se pretende son los siguientes: "Desde abajo se lucha contra la crisis". O "nosotros no hemos inventado la solidaridad, la tenemos en el ADN de España". Estas frases, y otras muy similares, se repiten insistentemente a lo largo de sus casi tres horas de duración.

Las ayudas que se piden son de lo más básico: ayuda para comprar libros de texto, para el comedor escolar de los niños, para comprar gasóleo para la calefacción del invierno, para reparar una casa que se muestra muy deteriorada, para montar una pequeña tienda de artesanía o un bar... Los espectadores parecen responder con su solidaridad aportando cantidades variables, más bien pequeñas, de dinero, así que el programa consigue sus objetivos. Objetivos de ayuda y de educación pública.

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El dolor de Egipto y Siria en nuestras pantallas

En estos días mucha gente se pregunta, ¿por qué tengo yo que tragarme estas terribles escenas de las masacres de Egipto o de Siria a la hora de comer? ¿No sería mejor eliminarlas, cortarlas, censurarlas o simplemente advertir a los espectadores de su dureza para que nos las vean? ¿Por qué nos hacen partícipes de un problema ante el que no podemos hacer nada? Otros extenderán su sospecha a los emisores y les acusarán de buscar el morbo, emitir crudeza y violencia simplemente para ganar audiencia y cuota de pantalla.

Se trata de escenas insoportables, crueles, vomitivas, dolorosas. Siempre desagradables. Nos enfrentan con la desmembración, la fragilidad y la muerte. En principio, ante estas características de los seres humanos mostramos una importante resistencia. Es lo que no queremos o, mejor, no querríamos ver. Porque, por muy lejos que sepamos que están quienes sufren (no tanto para nosotros en este caso, ya que Egipto, incluso Siria, mantiene con nosotros una cercanía y afinidad mayores que, por ejemplo, Irak) reflejan nuestra propia fragilidad, nos asustan porque nos vemos reflejados en ellas como seres especulares que somos, que nos vemos en los otros como en un espejo. La muerte, la desmembración y la fragilidad son universales y, por eso, son también nuestras.

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Modelos y corruptos

Los gobernantes son personas que toman decisiones que nos afectan a todos los ciudadanos. Pero son algo más que simples responsable de leyes o decretos. Se convierten, quieran o no, en modelos y referentes de conducta. Su estatus y su visibilidad les hacen famosos, importantes y deseables para muchas personas, y por ello, marcan pautas de respuesta éticas a los demás. Son referentes de lo que se debe o no se debe hacer. Mucho más cuando una enorme cantidad de personas les han dado su confianza y han delegado en ellos su acción política.

Las personas públicas manifiestan con sus acciones y omisiones cuáles son sus creencias y actitudes éticas ante esos ciudadanos a los que gobiernan. Pueden aparecer como honestos o como corruptos, y lo que esperan los votantes es que sean honestos en el conjunto de sus comportamientos. Pero además de un comportamiento ético general, esperan un conjunto de actitudes adecuadas por parte de los gestos, demostradas no sólo con sus palabras y con sus políticas sino con su imagen.

Las personas públicas pueden mostrar desde empatía, respeto, amor cuidado y protección de las personas o, por el contrario, desconsideración, falta de respeto, desprecio y explotación de los demás. Y aunque no esperemos amor y protección, al menos reivindicamos el derecho al respeto y consideración básicos.

El protagonismo político actual carece de estas cualidades y por ello, está causando un enorme daño a la democracia.

El presidente del Gobierno, con las comparecencias virtuales y obligatorias que se vio obligado a realizar, algunas de ellas en el extranjero, con su resistencia, tardanza en comparecer y desinformación sobre dicha comparecencia, ha revelado, al menos, un importante desprecio y desconsideración a los españoles a los que tanto le gusta referirse cuando defiende sus crueles políticas. Pero en su explicación en el Congreso, con su impostación y su manera de defender por justicia unas más que dudosas remuneraciones de dudoso origen mostró una actitud digna de la mayor desconfianza. Estas breves pero importantes frases no tienen desperdicio:  

“¿Se han pagado remuneraciones complementarias por razón del cargo? Sí. ¿Se han pagado anticipos o suplidos a justificar por gastos inherentes al desempeño del cargo? También, como en todas partes. Es de justicia”.

En vez de clarificar y dar cuenta de las preguntas que le llevaron al parlamento, mostró no solo un orgulloso desafío, una afirmación de presumible ilegalidad, sino también  un reto y una acusación: “todos los demás sois como yo”. Implícitamente acusó a la sociedad de una actitud corrupta.  

Los exsecretarios generales del partido y la secretaria actual, implicados por vía judicial en las mismas preguntas, con su comportamiento evasivo, no responsabilizador y, en ocasiones, agresivo, nos han revelado una imagen que además del desprecio hacia los ciudadanos que esperan repuestas, elimina toda calidad ética, basada principalmente en hacerse cargo de las propias acciones. Han rehuido las respuestas, se han escondido en el desconocimiento y la falta de recuerdo. Han proyectado una representación ética devaluada y mísera que en ningún caso puede ser vista como un modelo de acción positivo. Sus imágenes son irritantes para muchas personas, pero también son desmoralizadoras. Como decía una articulista recientemente “nos hacen peores” y también, añado yo, “creen que somos peores”.

Los efectos de la corrupción de los políticos y más aún, de su falta de respuesta y su rechazo de responsabilidad, provocan una devaluación del sistema moral y un grave daño a los ciudadanos. Los efectos más importantes son el desconcierto, el relajamiento de las normas y la agresividad de las personas.

Desconcertados, nos preguntamos qué instituciones hemos creado, que no han controlado ni sancionado semejante indecencia y desfachatez. Los corruptos nos provocan desesperanza y nos deprimen, nos hacen sentir culpables, ya que pensamos, aunque sólo sea por débiles instantes, que nosotros no debimos haber permitido su conducta. Y si, después de todo lo que estamos viendo, no hay consecuencias políticas o judiciales, nuestro sistema moral se resquebrajará también y nos plantearemos “hacer lo mismo”, ya que en realidad esa norma de conducta despreciable es la que al final triunfa y acarrea las mayores y mejores consecuencias positivas (el poder los recursos económicos y la valoración publica). ¿Con qué autoridad nos van a pedir nuestra contribución al bien común unas personas que no sólo no contribuyen a él sino que utilizan su lugar de poder y de privilegio, su reconocimiento público y la confianza que les hemos dado con los votos para cometer acciones ilegales y son insolidarios y despectivos hacia los ciudadanos?

Aquí entra en escena la irritación y la agresividad. Irrita la injusticia, el hecho de que las personas que no lo merecen sean retribuidas y reconocidas y, sobre todo, queden impunes. Lo coherente es sancionar a los responsables, pero si no podemos hacerlo, quizás busquemos chivos expiatorios, que no siendo los verdaderos responsables, carguen con la culpa y la irritación.

Los efectos de la corrupción son devastadores en los sistemas éticos y cognitivos. Nos hacen cuestionarnos los principios legales y morales vigentes e invitan a su incumplimiento. Además, provocan agresividad. Porque los psicólogos sociales sabemos que  no se cumplen las normas por miedo al castigo, porque  nos  hayan castigado cuando hemos sido pequeños, o nos puedan castigar de adultos. Nos comportamos de acuerdo con las normas  porque nuestro sistema ético es sostenido por la mayoría de los otros adultos, que tenemos la convicción de que su cumplimiento es lo mejor para todos y como consecuencia asumimos un compromiso de acción.

Esta Socialización ética de los individuos se ha conseguido con mucho esfuerzo y cuesta mucho mantenerla. Cuando las personas que deben mostrar ejemplaridad pública porque son modelos de acción, incumplen con su deber, con el respeto a las normas que nos han exigido, las autoridades sufren un desmoronamiento y se disuelven. Y lo que es peor, queda sustituido por el deseo de no cumplirlas, de ser menos éticos, como lo son nuestros referentes públicos.

Los modelos positivos construyen, hacen más fuerte el edificio de la moralidad y la solidaridad. Los corruptos, por el contrario, destruyen, desmoronan, y nos hacen trabajar para reconstruirnos de nuevo. Por ello, cuanto más tiempo estén activos en su presencia pública, mayor será su daño y la magnitud de su efecto destructivo.

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La información sobre catástrofes y sus funciones psicosociales

Los medios de comunicación audiovisuales cumplen una función insustituible acercando el dolor y las consecuencias negativas de los hechos humanos violencias y catástrofes a los espectadores. Los hechos de violencia con consecuencias graves así como las catástrofes hay que contarlas de la forma más clara, detallada y objetiva.  Además de  informar, hay que transmitir, transferir a los espectadores el sentimiento de las victimas (y también de los agresores y responsables, en el caso de que los haya y puedan ser  accesibles). Por más que algunos pueda resultarles doloroso, el malestar y el dolor no se deben ocultar. Es necesario mostrarlos, ya que es la única manera a través de la cual podemos emprender acciones eficaces para intentar evitarlo en la medida de lo posible.

Hay un amplio debate sobre en qué medida hay que emitir las imágenes de dolor y sufrimiento con qué grafismo, detalle y proximidad se deben presentar, y cuánta cantidad de ellas es tolerable o adecuada. Ese debate no ha sido resuelto pero sin duda ha sido mediatizado por algunas opciones ideológicas. Se ha culpabilizado a los medios de emitir demasiadas imágenes escabrosas y violentas y con ello de provocar miedo o incluso imitación en los espectadores. La acusación de provocar violencia en los espectadores por imitación se ha hecho muy común, a pesar de no estar suficientemente fundamentada en los estudios científicos. En la emisión de los hechos reales se tiene especialmente en cuenta la  protección de la sensibilidad de  los espectadores. Particularmente, cuando los espectadores son niños. Los consejos audiovisuales ya sea de las comunidades autónomas o de otras instituciones han elaborado algunas normas para la información sobre catástrofes que incluyen la objetividad y el respeto a las víctimas. Bien es verdad que estos conceptos son bastante amplios y difíciles de concretar, porque el primero alude a algo tan difícil como la construcción de la verdad y el segundo, a una cuestión de orden moral, siempre difícil de  delimitar. Aun así, se tienen en cuenta unas serie de principios para mantener la objetividad, el respeto a las víctimas y para no herir la sensibilidad.

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