B12, la vitamina que nos suplementamos
La B12 o cobalamina es una vitamina de origen microbiano, producida por ciertas bacterias y arqueas, que animales y plantas son incapaces de generar por sí mismos. Entre sus funciones figuran generar glóbulos rojos, reparar y sintetizar el ADN y velar por el buen funcionamiento del sistema nervioso. La más compleja de las vitaminas, el progresivo desvelamiento de sus misterios ha dejado un reguero de cuatro premios y seis laureados Nobel. La B12 destaca también entre las otras trece vitaminas esenciales por ser empleada en una guerra cultural. La falta de B12 es uno de los déficits vitamínicos más comunes a escala global. Este déficit es cosa seria: existe la posibilidad de anemia y daños neurológicos si los niveles son bajos en humanos.
Las causas de esta extendida carencia son diversas: dificultad de absorción en las personas mayores (varios estudios en Europa señalan niveles bajos entre el 10% y el 20% o más), así como en personas con afecciones gastrointestinales y de otras clases, marcos de carencias nutricionales más amplios (no sólo en el mundo “en desarrollo”), interferencia con numerosos fármacos (y con el alcohol) y, sí, la “nueva” tendencia de las dietas basadas en plantas, que, si son estrictamente basadas en plantas, no disponen de fuentes fiables de B12, más allá de suplementos y alimentos fortificados (no, tampoco el tempe, el alga nori o la espirulina, por mucho que se diga). Aunque en el orbe occidental la población vegetariana (no digamos vegetariana estricta o vegana) sea bastante inferior a la de otros grupos de riesgo, como los mayores de 65 años, adivinen cuál de los factores listados antes se lleva toda la ira.
Como decíamos, la vitamina B12 no es generada ni por plantas ni por animales. Si bien se necesita en cantidades menores que ninguna otra vitamina y se puede acumular en el cuerpo durante años, los animales necesitamos obtenerla de algún modo más tarde o más temprano (al contrario de las plantas). Sucede que los animales, al ingerirla oralmente (de alimentos o las propias heces) o absorberla desde el sistema digestivo, la contenemos en nuestro cuerpo, y por ello los alimentos derivados de animales son una fuente más fiable de este micronutriente que los derivados de plantas sin fortificar (carne, lácteos y animales marinos; huevos, no). Sin embargo, la identificación automática de “vitamina B12” con los productos de origen animal nos hace perder de vista razones más sistémicas de la extensión de esta deficiencia.
La vitamina B12 abunda donde pululan ciertos microorganismos, y desaparece con sus creadores. En el mundo moderno hemos purificado el agua de beber, empobrecido los suelos y vuelto asépticos los productos que crecieron en ellos, por lo cual hemos ido cerrando posibilidades de entrar en contacto con esas bacterias (y con otras menos benignas). También hemos desnaturalizado tanto el sistema ganadero que ni siquiera los animales “de granja” tienen la oportunidad de entrar en contacto con ella. Los piensos de la ganadería industrial, que es la mayoritaria, suplementan esta vitamina y el (minoritario) modelo extensivo a menudo requiere suplementos de cobalto para poder generar la vitamina B12, debido a que los suelos cada vez son más pobres en este mineral. (Todo depende del tipo de suelo; muchos ganaderos de extensivo suplementan por defecto). Sólo los animales cazados o pescados en libertad tienen una relativa certeza de haber adquirido B12 “naturalmente”.
Una de las críticas más frecuentes hacia la dieta basada en plantas o vegana es que se trataría de un régimen antinatural, por requerir de alimentos fortificados o suplementos para completar su perfil nutricional. Podemos ahora apreciar la paradoja. Lo natural, según estas críticas, sería, en lugar de consumir suplementos de B12 nosotros, suministrar esos suplementos a animales en un abominable sistema de ganadería industrial y que nos lleguen de forma más costosa e indirecta (a través de los animales). Lo antinatural sería, para los mismos críticos, consumir el suplemento directamente, saltándose el intermediario y los piensos de macrogranja.
La conclusión, de esta y de tantas otras cosas, es que, nos guste o no, nuestro mundo industrializado y ecológicamente empobrecido no tiene ya mucho de “natural”. Y la tecnología, para producir suplementos vitamínicos, se encuentra más cerca de la de producir piensos de fábrica, fertilizantes químicos y aturdidores eléctricos para mataderos que de un hombretón comiendo carne cruda y despiezada con las manos, que, imaginamos, sería lo más cercano a una dieta puramente “natural” (¡tampoco valen lanzas para cazar!).
Que el déficit de vitamina B12 pueda afectar a más de un 10% del grupo social menos susceptible de hacerse vegano en Europa (mayores de 65) apunta también a otras razones. Por supuesto, en 2026 se llega a los 65 años; antes estaban demasiado ocupados muriendo. Y es cierto que esta franja etaria (a la que algunos recomiendan suplementar B12 de forma sistemática) absorbe peor muchos nutrientes, no sólo la B12. Pero también cabe considerar que ellos y todos los demás estamos menos expuestos a la vitamina que los Sapiens del pasado.
En tiempos modernos, los modos de producción y abastecimiento han cambiado de manera tan drástica como la agricultura y la ganadería, si bien a menudo no somos conscientes de estos cambios. La propia agua de beber podía ser antaño un hervidero de microbios, esto es, ¡una magnífica fuente de vitamina B12! Análisis de ríos y lagos muestran la presencia de esta vitamina en su agua, que contribuiría a la ingesta humana en otro tiempo. Un estudio en India descubría que el déficit de esta vitamina casi se triplicaba en los que bebían agua filtrada por el procedimiento más común de purificación en zonas urbanas, la ósmosis inversa (pero quizá se libraban de cosas peores). Otros señalaban un mayor déficit entre vegetarianos indios de Reino Unido que en los de India, por muchas posibles razones, generalmente asociadas a las condiciones de vida en India. Una investigación con aldeanos iraníes de mediados del siglo pasado que apenas consumían proteína animal mencionaba concentraciones parecidas a las del estadounidense promedio.
Aunque los humanos no solamos practicar la coprofagia (la envidiable manera en la que algunos grandes simios obtienen B12 de las bacterias en sus intestinos), el mundo era por lo general más mierdoso antes. Esa agua “impura” era también el agua con la que se cocinaba y lavaban los alimentos; esa tierra, la que manchaba unas verduras menos asépticas y despiojadas; esos humanos, los que, en tiempos de más contacto con la tierra y una higiene personal, digamos, ‘diferente’, podían portar B12 en la superficie de sus propios cuerpos además de dentro.