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La fea corrupción, la corrupción fea

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Un lobista de toda la vida deambulaba por los pasillos y aledaños del congreso de los diputados. “Hace falta una ley”. La primera vez que se manifestó ante mí esa supuesta necesidad fue hace más de treinta años, en un congreso sobre el asunto en la sede de la Bolsa de Barcelona, le dije. Nos fuimos al hotel Palace a contemplar fantasmas y yo, con perspicacia, a invitar al consabido cortadito al ectoplasma de Durruti. “Los males de la afligida patria salen del mismo sitio”. “¿De la falta de regulación de los lobys?”, pregunté. “Mira lo feos que son todos los corruptos y corrompedores”, me respondió en frase forzada con promesas de estrambote. No hay un solo caso de corrupción en el ámbito de la política española que no esté plagado de personas horrendas, malencaradas, de apariencia sacamantecas de cuarta. Tampoco hay empresas de loby, salvo honrosas y conocidas excepciones, con inteligencia sin adjetivar; de las otras, bueno, se pueden comprar. En el Palace no encontramos a nadie digno de mención. Fuimos a la habitación de los malévolos olvidados –no la hay en femenino- y encontramos el uniforme desgastado de aquel chileno enfadado que por un quítame cien mil pesetas, descubrió el entramado Filesa, Malesa y Time export. Siempre hay un agraviado, o una agraviada, en este caso sí hay féminas: recuérdese a la mujer de Juan Guerra, pero hubo otras.

A pesar del actual estado de las cosas, la playa de las Canteras de Las Palmas de Gran Canaria sigue apareciendo en las listas de las mejores del mundo, lo cual tiene mucho mérito teniendo en cuenta los irresponsables políticos que se encargan de ella. No así la coruñesa de Riazor, o las minúsculas de Calella de Palafrugell. En todas ellas, la corrupción puede blindarse en las tumbonas. Pero este no es el caso. El caso es de Mortadelo y Filemón por lo evidente de la fealdad, la oscuridad de las apariencias, la malignidad del hurto, el agravio del contexto de emergencia sanitaria que con sorpresa pretende ser utilizado de atenuante.

En el Palace, ya se ha escrito, no había nadie digno de mención y tampoco compareció Durruti, “es la semana blanca”, me dijo el único camarero que puede verlo a ratos. Se habrá ido a esquiar a Baqueira o a Candanchú, sus estaciones preferidas. No se trata ahora de ir al Pirineo a pesar de las buenas comunicaciones. Así que poco puede hacerse en el masificado centro de la capital de las Españas, repleto de maletas, maleteros y maletillas. Quedan algunos escondites, los bocadillos de calamares del “Brillante” y los quesos de la calle León.

La salida de esta crisis es imposible mientras todo sea tan feo, mientras nadie apele a la estética, mientras el río no tenga nombre y el Manzanares sea un convidado de piedra a todos los despropósitos de la municipalidad. La salida está en las personas que pueden cortar las dosis de mal humor y el afán de la sociedad perfecta, creencia de ilusos y abrigo de tertulianas analíticas. Hay otros caminos, incluso con buen humor. Vale.

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