Un remanso de silencio

Ajena a la agitación de los banderines y del repicar de silbatos, consignas y percusión variada, la playa de Las Canteras se erigía al mediodía de este miércoles de huelga general en un remanso de silencio.

Turistas, incondicionales y algún que otro huelguista camuflado disfrutaban de las excelencias de este emblema de la capital grancanaria, que presentaba una estampa veraniega en lo meteorológico e invernal en la afluencia.

Más desalmada que de costumbre a estas alturas del año, Las Canteras era testigo de debates serenos sobre las razones y sinrazones de esta huelga. Los argumentos de los bañistas se balanceaban entre la resignación y la indiferencia.

“Somos jubilados. ¿Qué vamos a hacer a estas alturas?”, comentaba un pensionista plácidamente estirado sobre su silla de playa. “No es lógico que convoquen la huelga para tres meses después de aprobarse la reforma, lo suyo hubiera sido hacerla durante el periodo de aprobación o el inmediatamente posterior”, replicaba otro, más combativo.

Algunos elevaban un discurso con tintes diplomáticos. “Respeto a todo el mundo, cada uno con lo suyo es libre, pero había que hacer algo, no nos podemos quedar quietos”, apuntaba un autónomo que reconocía que había trabajado un par de horas antes de acercarse a tomar un baño a Las Canteras en compañía de su pareja, que se encuentra en situación de desempleo.

Entre los comerciantes de la zona se respiraba una atmósfera de tensa calma y fueron muy pocos los que echaron el cierre a sus negocios. “De momento, el día está transcurriendo con demasiada tranquilidad, como si fuera un día de verano, no hemos visto piquetes ni gente protestando”, decía la encargada de una panadería situada en la misma avenida.

La amenaza de los piquetes no era la única que parecía volar sobre las cabezas de algunos trabajadores. “Estoy enredado”, refunfuñaba un camarero para evitar responder a nuestras preguntas. En aquel momento, el local se encontraba vacío y la respuesta del trabajador llegó tras alzar levemente la cabeza y topar su mirada con la del que, presumimos, era el encargado del restaurante.

“Hace cuatro días no tenía trabajo y ahora tengo, como comprenderás no estoy para huelgas”, argüía resignada una empleada de un comercio.

A escasos metros, otra empresa se las había ingeniado para secundar la huelga general y mantener el volumen de negocio. “Los trabajadores la apoyamos, algunos compañeros han ido a la manifestación de esta mañana y nosotros iremos a la de la tarde”, explicaba un comerciante que espera “que se arregle de una vez por todas lo que está sucediendo”.

Tras el paso de la marcha por la céntrica Mesa y López y la Plaza de la Victoria, el goteo de manifestantes por el Paseo de Las Canteras en busca de un instante de asueto empezó a ser considerable.

Entre ellos, unos menores de apenas diez años ondeaban unos banderines sindicales convertidos en espadas. Un juego de niños que dejó de serlo cuando uno de ellos, el que luchaba con más vehemencia, golpeó un bolardo con violencia mientras clamaba al cielo Zapatero, esto es lo que voy a hacer contigo.

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