Cómo reconstruir tras una erupción y sobre un volcán activo: la experiencia canaria en Cabo Verde

Edificaciones en Chã das Caldeiras tras la erupción del volcán de Fogo.

En los espacios que permite la lava que cubre Chã das Caldeiras (llanura de la caldera), habitan unas 1.000 personas bajo un volcán activo que bautiza a la isla do Fogo, en Cabo Verde. Según los registros, se han producido un total de 27 erupciones históricas y desde los primeros asentamientos humanos, en la segunda mitad del siglo XIX, la población ha vivido tres. Pero tras cada fenómeno, sus habitantes han regresado a una zona en continuo riesgo de ser sepultada por las coladas. Después del último desastre natural, que se prolongó desde el 23 de noviembre de 2014 al 8 de febrero de 2015, el Gobierno del estado africano desarrolló un plan de ordenación de los núcleos poblacionales. Para ello, contó con la colaboración de Gestión y Planeamiento Territorial y Medioambiental (Gesplan), empresa pública del Ejecutivo canario, que junto al Instituto Nacional de Gestiónale del Territorio (INGT), desarrollaron el Plan Detallado de Chã das Caldeiras, que vio la luz en 2018.

¿Tras la erupción, qué? La lava puede tardar años en solidificarse y dejar el terreno yermo varios lustros

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“Ellos entendían que desde Canarias podíamos tener conocimiento y medios para ayudarlos en esa labor inédita”, explicó a Televisión Canaria Rafael Daranas, coordinador de Desarrollo Exterior de la entidad pública. Aunque ninguna edificación “puede adaptarse o salvarse de una erupción”, Daranas estima que “ese capital se puede aprovechar” para la reconstrucción, una vez finalice la erupción en La Palma. Pero las soluciones que se adopten en la Isla Bonita en materia de planeamiento y ordenación “deben ser enteramente adaptativas a los que acontece”, matiza.

El trabajo desarrollado por Gesplan, con un equipo de 18 profesionales del ámbito de la arquitectura, ingeniería, geografía, química, jurídico o expertos en riesgos de desastres naturales, ha sido expuesto en el IX Congreso Internacional de Ordenación del Territorio, celebrado en 2019 en Cantabria. El documento refleja que, ante la decisión de los habitantes de la caldera de Pico do Fogo de regresar, el principal objetivo del plan es garantizar la seguridad, facilitando la evacuación de su población, la reconstrucción o la mejora de la integración paisajística. 

Para ello, el INGT y Gesplan, bajo supervisión del Ministerio de Infraestructuras, Ordenación del Territorio y Vivienda de Cabo Verde, diseñaron diversas estrategias sobre la base de los criterios del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, de la ONU, circunscritas a la planificación del suelo. En concreto, actúa en los ámbitos de la movilidad, la capacidad de carga de la población, el sistema de espacios públicos y la tipología habitacional, con un periodo estimado de ejecución de una década.  

Primero se delimitó el área de ordenación, restringida por el Reglamento Nacional de Ordenación del Territorio y Planeamiento Urbanístico, a 60 hectáreas. La caldera, con una población de unos 1.000 habitantes (el 3% de los habitantes de la isla), tiene una extensión de 9 kilómetros de diámetro y está integrada en el Parque Natural do Fogo, que cuenta con una superficie de 8.468,5 hectáreas. El espacio elegido integró las localidades de Portela y Bangeira, dentro del municipio de Santa Catarina do Fogo.

Para las construcciones espontáneas ya existentes, el plan recoge mejoras en las condiciones de habitabilidad, a través de la implantación de infraestructuras, dotaciones y equipamientos que diesen respuesta a sus necesidades, como el agua o la electricidad. También en el ámbito de la integración paisajística, para el cual se establece una cantidad máxima en el número de habitantes, tanto turistas como residentes, que puede habitar el área, con distintos escenarios en función de la población existente.

Una de las medidas fundamentales fue plantear la construcción de una vía principal que conecte los núcleos de población con el exterior, con dos rutas de evacuación accesibles en el menor tiempo posible, en el caso de una nueva erupción. Además, se fijó la necesidad de contar con dos espacios libres públicos situados de manera estratégica, para que desde cualquier punto en el interior del área de ordenación se pueda llegar en cinco minutos a pie. Estas zonas servirían como puntos de encuentro para la población y los servicios de emergencia de cara a un supuesto desalojo, además de como espacios de relación social.

Para las nuevas viviendas, el plan desarrolla unas tipologías concretas: que crezcan de manera anexa; que cada estancia tenga una salida al exterior, de cara a facilitar una evacuación, o que los materiales empleados sean del lugar, para fomentar su integración paisajística y evitar que se generen elementos residuales que deterioren el entorno, en el supuesto de una nueva erupción. Todo ello se realizó con participación de la población local, pues uno de los objetivos marcados es que si se produjera una nueva erupción, la reconstrucción se hiciera bajo criterios ya incorporados de sostenibilidad y reducción de la vulnerabilidad.

Uno de los documentos empleados para desarrollar el plan en el ámbito constructivo es el libro Ingeniería Geológica en Terrenos Volcánicos, del doctor en Ciencias Geológicas y jefe de sección del Servicio de Estudios de Impacto Ecológico de la Consejería de Obras Públicas del Gobierno de Canarias, Luis Hernández, y el doctor ingeniero de montes y profesor de la Universidad de La Laguna (ULL), Juan Carlos Santamarta. Hernández explica que en Canarias se ha acumulado una amplia experiencia para construir en terrenos volcánicos. Como ejemplo, expone los túneles -como el de Erjo, entre Santiago del Teide y El Tanque, que forma parte del anillo insular de carreteras de Tenerife, que se debe ejecutar “casi artesanalmente” por la heterogeneidad de los materiales- o el puente de San Andrés y Sauces, en La Palma, cimentado en coladas.

Hernández relata que en las islas se encuentran prácticamente todos los materiales volcánicos existentes en la Tierra y que combinados (piroclastos o coladas) dan como resultado un territorio difícil de interpretar para elevar infraestructuras. Pero “la ingeniería no tiene límites” y en el Archipiélago ya se ha realizado en otras ocasiones tras procesos eruptivos como el de La Palma, “como en la fajana de San Juan”, añade. A su juicio, se deberá buscar un equilibrio entre las edificaciones y las oportunidades que ofrece el geoturismo, pero siempre teniendo a la comunidad local como actor principal y a la administración como facilitador.

“El volcán crió a todas las personas de Chã"

“Es difícil explicar el volcán solo con palabras. Él es quien crió a todas las personas de Chã. Es un padre y una madre para todos los que estamos aquí. Si uno tiene una cabra o produce vino es gracias al volcán. Porque esta es una tierra fértil, dentro de un cráter, que no se encuentra en otro lugar de Fogo. Incluso con la falta de lluvia sobrevivimos gracias al volcán”, explica uno de los afectados, que perdió su hostal y rehabilitó una vivienda para recibir turistas.

Es uno de los testimonios recogidos en el documental Chã, que relata el proceso de reconstrucción de la comunidad. Fue elaborado durante 2018 por alumnado del Centro Integrado de Formación Profesional César Manrique y del Instituto Universitário de Arte, Tecnología e Cultura de Mindelo de San Vicente, en Cabo Verde, en el marco del proyecto Azimut 2018. Con el foco en África, y con el apoyo del Cabildo de Tenerife y el Gobierno de Canarias.

Durante más de 70 días, en los que un equipo del Instituto Vulcanológico de Canarias (Involcan) estuvo presente en la monitorización, la fisura eruptiva del volcán de Pico do Fogo emitió gases y piroclastos que alcanzaron los 6.000 metros y propició la caída de ceniza en Chã das Caldeiras, fuera de la caldera y hasta en la isla de Brava. Las coladas lávicas sepultaron las localidades de Portela, Bangaeira e Ilheu de Lorna.

También cortaron la única vía de acceso, arrasaron el 24% de las áreas de cultivos y afectaron al único pozo de agua que abastecía a la población. Más de 1.000 personas fueron evacuadas por Protección Civil y el ejército entre el 23 de noviembre y el 7 de diciembre en Achada Furna, Monte Grande y Mosteiro, construidas años atrás para dar cobijo a desplazados. No hubo que lamentar ninguna víctima mortal. 

En total, 230 edificios quedaron destruidos o dañados, entre ellos el Centro de Visitantes del Parque Natural de Fogo, que se había inaugurado hacía menos de un año y había costado 6 millones de euros. Se perdieron 444,7 hectáreas de terreno y el Gobierno del estado africano creó un gabinete de reconstrucción con el que, entre otras medidas, pretendía realojar a los habitantes de Chã das Caldeiras en otra zona y que solo volvieran para trabajar las tierras fértiles que dejan los depósitos volcánicos.

Pero incluso durante la erupción, vecinos de la caldera regresaban a recoger enseres o vigilar sus cultivos, desobedeciendo las órdenes. Tal y como recoge la obra La erupción de la Isla de Fogo (Cabo Verde) 2014-2015, y la gestión del riesgo volcánico, elaborada por docentes de Geografía de la Universidad de Castilla-La Mancha y la Universidad de La Laguna, las razones que llevan a los habitantes de Chã das Caldeiras a volver a pesar de los riesgos, son fundamentalmente económicos. En otras partes de la isla no encuentran trabajo y en la caldera tienen suelos fértiles y visitas turísticas.

A pesar de que los asentamientos en Chã das Caldeiras no estaban autorizados por el Gobierno de Cabo Verde, se ha mantenido la permisividad con las edificaciones que han realizado sus habitantes, que hasta mediados de los años 70 no contaban con ninguna carretera de acceso. La zona ha llegado a contar con una escuela primaria, un puesto de salud, iglesias, instalaciones deportivas o alojamientos turísticos. Incluso cuentan con un representante municipal. Aunque han carecido de electricidad o agua corriente, han usado generadores privados, aljibes o depósitos de agua de lluvia.

Y siempre han regresado a Chã das Caldeiras. En 1951, la erupción soterró las primeras edificaciones, pero no detuvo el crecimiento poblacional; en 1995, el volcán afectó a gran parte de la producción agrícola y a servicios e infraestructuras públicas, como la carretera de acceso, dejando a los habitantes aislados. Tras este desastre natural, hay un incremento de los residentes: el censo de 2010 establece 697 habitantes y en 2014 es de 1.007 personas. 

Y en la de 2014-15, con las coladas aún calientes, con martillos y palas, los habitantes retiraron las rocas lávicas de los edificios y de los alrededores, abrieron caminos y pistas para el acceso con vehículos o improvisaron establos para animales. Los docentes universitarios de Castilla-La Mancha y La Laguna concluyen que un año después de la erupción, los objetivos prioritarios marcados por el gabinete de reconstrucción no se alcanzaron, es decir, la recuperación de las zonas afectadas, el apoyo a la reconstrucción y el reequilibrio socioeconómico.

De hecho, casi cinco meses después de que finalizara la erupción, no se había resuelto la situación de los desalojados, algunos de los cuales vivían en tiendas de campaña o en viviendas sin puertas, ventanas o sin agua corriente. Además, desde el inicio del fenómeno y hasta noviembre de 2015, la administración mantiene un reparto de una cesta básica de alimentación, que se complementa con fondos económicos para las familias

Ante el regreso progresivo de los afectados a Chã das Caldeiras, las autoridades caboverdianas pasan de prohibir la vuelta a la caldera y la construcción de viviendas, a estudiar cada situación concreta, lo que acaba derivando en el Plan Detallado de Chã das Caldeiras.

 “Éramos conscientes de que el gobierno no podía hacerlo todo, así que tomamos la iniciativa de crear una asociación para ver si con ella resolvíamos el problema de la escuela (el alumnado tardaba una hora en ir y otra en regresar al centro ubicado en Achada Furna), que se llama Mininos di Burcan (niños del volcán). El pueblo decidió que no mandaría más a los niños fuera y se arregló con las autoridades un modo de tener a los chicos en una escuela aquí”, relata otra afectada en la pieza audiovisual, codirigida por el cineasta caboverdiano León Lopes y el español Miguel Millares.

También cuenta la historia de Filomena y Adriano, quienes decidieron regresar a pesar de que la casa en la que vivían estaba cubierta de lava. “Era muy difícil quitarla, parecía imposible, pero me convencí de que se podía. Juntamos gente y comenzamos. Más tarde construimos aquí y aquí vivimos. Sentimos la falta de muchas cosas, principalmente agua, que se la tenemos que comprar a un camión. Pero me siento feliz en Chã, vivir aquí es estar en la gloria del señor”, narra Filomena, riendo frente a la cámara. 

Desde la aprobación del plan y los diversos marcos normativos para hacerlo posible, bajo la coordinación de un gabinete técnico, se ejecutan los trabajos de construcción de los equipamientos para dar respuesta a las necesidades de una población resiliente que convive en una caldera junto a un volcán.

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