La portada de mañana
Acceder
Denigrar a España para desgastar a Sánchez, por Esther Palomera
La sexta ola ha enredado los datos de la pandemia
OPINIÓN | La caspa del decano, por Elisa Beni

Balance imposible

1

No recuerdo nada de lo que pasó en los primeros seis meses del año que acaba de concluir. Todo a nivel personal, seguramente, fue irrelevante, al contrario que lo que vino después. El 28 de junio, víspera de San Pedro, salió de una imprenta de Madrid El Libro de Sara publicado por Ediciones La Palma. Mi primera entrega poética. Está teniendo muy buena aceptación. El 19 de septiembre estalló el volcán en la montaña de Cabeza de Vaca, El Paso, con un poder destructivo sin precedentes en la isla. 85 días después, el 14 de diciembre, la emisión de magma, dióxido de azufre y ceniza, cesó de un modo definitivo y se dio por concluida la erupción. Hacía cincuenta años del último volcán, el Teneguía (1971). Estos dos acontecimientos marcarán mi futuro particular a medio plazo como palmero y como poeta, pero también como pintor, según dicen algunos, con “una obra de carácter visionario” que ahora el volcán de La Palma ha puesto sobre la mesa. “Trenes así, pasan pocas veces en la vida”, me dijo un buen amigo.

Una de las pocas conclusiones que he logrado sacar, en cuanto a la apreciación general del fenómeno geológico, es que una cosa es el volcán para los habitantes de La Palma y otra, muy distinta, para los que viven lejos de la isla. Siempre está esa dualidad insular, lo de dentro y lo de fuera, lo que tengo a mano y lo inalcanzable más allá del mar. Una cosa es la solidaridad, que ha sido muy generosa y será, y que es muy de agradecer, y otra es la comprensión duradera de la complejidad física y mental que ha dejado el alcance de la destrucción. No me quejo, sólo estoy especificando: esto nos toca a los que habitamos aquí. Las catástrofes como las guerras no terminan cuando dejan de ser noticia, aunque no aparezcan en los titulares de la actualidad y de alguna manera hayan concluido, seguirán haciendo mucho daño. Sus consecuencias, tal vez, nunca terminan. Tucídides lo dejó escrito cuando las guerras del Peloponeso entre atenienses y espartanos hace más de dos mil años. Los que estamos dentro de la isla, los isleños, metemos las señales en un saco y las vamos arrojando al mar, y puede que algún día en el futuro, arriben a las costas lejanas del olvido y todo será, para los de fuera, restos de un naufragio. Después vendrán los historiadores y los que admiran la belleza de las ruinas, sobre todo, de las ruinas de otros. Un baño de realidad que no debe ser pasajero ni se debe olvidar. Porque nunca hay que construir sobre el olvido. La Historia se repite primero como comedia y después como tragedia, escribía Marx, o tal vez, se lo apuntó Engels; pero los fenómenos volcánicos pueden ser peores que las inclemencias de la Historia, y sin embargo, creo que no los estamos teniendo en cuenta. La miseria de la dictadura de Franco hizo posible que de la erupción del volcán de San Juan no sacáramos ninguna conclusión aplicable a la creación de un hábitat lo más seguro posible. Todo fue escapar como sea del olvido y el drama imperante en una posguerra cuya única salida fue la siempre traumática emigración. Y ahora no queremos ni nombrar el asunto. Este y otros muchos.

Entonces, ¿para qué la ficción?, cuando la realidad nos supera como una colada que puede con todo. Un fenómeno que nos deja en silencio, boquiabiertos, aunque ya sabíamos que estaba ahí, latente, un pulsar cercano. Debajo de nuestra casa, donde ella, una palmera fantástica, decía que “era feliz como Heidi”. Debajo de la corteza donde cultivamos parras que dan un vino sublime, la “marmita del diablo” lleva mucho tiempo encendida. Un latigazo geológico en un mundo que no tiene tiempo de reflexionar. Primero, fascismo, pobreza y olvido. Después, democracia, crecimiento y olvido. Y ahora, futuro, incertidumbre y olvido. Si pudiéramos describir el presente, éste sería tan impresionante que no lo creeríamos. Y saltarían las teorías conspiranoides, las confusiones que aparecen justo cuando es difícil comprender lo que existe. Es que hay que estudiar mucho el asunto. Hay que leer muchos libros, tomar notas y al parecer, eso es muy pesado. En el fondo, el ser humano como mejor comprende las cuestiones fundamentales de la existencia, es a través del relato que se hacía antes junto al fuego y ahora, en forma de conversación en el bar, en forma de película, de serie televisiva o de libro en el mejor de los casos. Por medio de los cuentos el ser humano comprende, compara, distingue algo en medio del caos, de ahí su necesidad para poder pescar algo en el mar revuelto de los días y no sentirse tan solo en el mundo. Somos como niños, si no es con un cuento, si no es con una ficción, no aprendemos nada, porque todo es muy aburrido. Además ahora se extiende la obsesión por lo “cuqui” (cute en inglés), lo candoroso, lo aparentemente ingenuo, ET, los pokemon, los emoticonos, y hasta el “Puppy” de Jeff Koons a las puertas del Guggenheim de Bilbao, etc., “una perversidad sutil que anula y disuelve las categorías no solo estéticas sino morales y éticas”. “Se trata de subyugar las voluntades y hacerlas inexpresivas”, decía el filósofo J. C. González Serrano. La ficción que interesa a los grupos de poder tiene que ser inoperante, una ficción que no puede criticar la sociedad de consumo, mucho menos la desolación del ser humano ante las injusticias sociales y económicas, porque esa ficción narcótica está dentro de lo que se impone desde arriba. Modas que atacan primero a los niños, después a los padres y madres helicóptero, que por ello resultan ineficaces para permitir una rebelión intelectual. Todo el espectro del trascendental crecimiento se halla bien sobado por la psicología positiva, donde los problemas humanos son exclusivamente del individuo y no de la sociedad alienante. Todo se vende como las lavadoras, incluso, la ignorancia misma de nunca llegar a saber quiénes son los culpables de este desaguisado. Nos venden nuestra propia ceguera como una salvación y los que se creen más avanzados ya van inoculados, y no se dan cuenta. Son unos crack, se creen modernos y llevan todos los males consigo como si fueran peregrinos con la estampita. Otra cosa es hablar de la realidad directamente, con espíritu crítico como enseña la filosofía, con ironía, con lucidez, con ilusión o desengaño, pero a ser posible no exento de una intuición poética, porque si no tenemos que descartar acercarnos de un modo profundo a lo que parece, aparentemente, muy oscuro, y entonces, en lugar de un poema o un buen ensayo, ponemos un libro de autoayuda  o una heroína de Netflix sin edad adivinable, en bikini y con una espada de plástico reluciente, y todo ello cuando ya tenemos canas y tendríamos que habernos deshecho de tanto celofán para oligofrénicos.

Josep Plá, ya anciano, con boina y cigarrillo de liar a los labios, diferenciaba entre la una y la otra claramente. Defendía la literatura de observación frente la literatura de ficción, decía al igual que Chesterton, que la realidad es infinitamente más rica que la ficción. Pero Plá era de los periodistas que empezaron escribiendo a lápiz, apreciaba al André Guide de “la piel es lo más profundo que existe”, decía que Dostoievski era un degenerado y que Valle Inclán y “Guerra y Paz” de Tolstoi, tenían mucha envergadura. Yendo más lejos, el escritor catalán afirmaba con gracia, que “después de los treinta y cinco años no se deberían escribir novelas”. Como no le hicieron mucho caso, han inventado Netflix y cada día se publican decenas de novelas de dudosa calidad que inundan los escaparates, donde ya no hay nadie que uno conozca, y mira que uno ha leído lo suyo. Sólo vemos sombras, como en la caverna de Platón. “Ahora leo el Hola y ya no conozco a nadie”, decía una elegante señora, de unos sesenta años, en la mesa de al lado, en la terraza del Hotel Nivaria de La Laguna, sin necesidad de acudir a la filosofía para acertar a definir el lacerante paso del tiempo en la piel de la actualidad.

En estos tres meses de un volcán estremecedor, al que me he dedicado en cuerpo y alma, con muchas lecturas y anotaciones, dolores de cabeza e insomnio, no he podido escribir del otoño y los castañeros, ni les he hablado de los boniatos ni de las papas que he cavado, ni de las gatitas en el patio, ni de las begonias blancas, ni de la sonata de la lluvia, ni de la luna como si fuera una Cleopatra en el Nilo de la noche, ni siquiera he podido presentar El Libro de Sara que se publicó hace seis meses, algo que supone para mí un punto de inflexión a nivel interno. Una deuda de amor con mi querida compañera y también, de alguna manera, una deuda con mi generación, todo ello en un vano intento de que no nos venza el desengaño. Salvar del olvido la flor amarilla del gacio, salvar la luz de aquel acantilado, las palabras de nuestros padres, devolver tus ojos a aquella noche bajo las estrellas, poder regresar a ti. Somos los últimos que tocamos la dulce evanescencia del ayer con la yema de los dedos. Ahora todo es digital, menos el tiempo. El tiempo es como un látigo que sacude a sol y sombra, y que no podemos atrapar. Hay demasiadas cosas que se pierden para siempre. Hay más olvido que arena, y es muy difícil aportar algo de esperanza sin parecer inocente. Mientras he escrito muchos y extensos artículos con diferentes enfoques y dos poemas, uno muy largo, y he acompañado los once o doce textos para el periódico La Palma Ahora, con reproducciones de mis cuadros, todo ello relacionado con el complejo asunto del volcán y sus consecuencias, me ha dado la sensación que todo el mundo continuó escribiendo novelas, las presentaciones de novedades y los encuentros literarios estelares se han sucedido uno tras otro, incluso en la propia isla, casi como las coladas del volcán. De fuera de la isla he encontrado mucho silencio con respecto a la erupción, cuando no pocas palabras, quiero decir, por parte de los que van de escritores. Algo más allá de tres frases, ha sido misión imposible. Una apreciación interior que podría contar con los dedos de las manos. El pelo de Sergio Ramos, por decirlo de otra manera más metafórica. Luego vendrán más papistas que el Papa. Probablemente, eso mismo hago yo con otros acontecimientos que se producen en el continente. Solamente tenemos dos manos, una para guardarnos las espaldas y otra para taparnos la boca. Por supuesto que hay más cosas, la rueda sigue girando; en realidad, se desencadenan otros silencios. Puede ser que esté sucediendo lo que decía Falstaff (Orson Welles) al príncipe Hal en la película Campanadas a medianoche (1965): “Parece que la realidad está siendo absorbida por la ficción”. Las obsesiones se convierten en ficciones; y a ellas, a esas manías, se debe gran parte del arte y de la literatura, también muchos desmanes, por decirlo suave. Sin algún tipo de olvido, no puede haber concentración. Por eso existen las musas; son bellas para despistarnos de la realidad, que nos estorbaría para poder crear y estar tranquilos; aunque los veteranos saben que esa panacea no es sino una Quimera. Todo lo abordamos de un modo indirecto. Desconfiamos, tenemos miedo de entrar a saco. Es como si las palabras nos asustaran más que el propio volcán, o más que eso, más que la misma realidad que no queremos abordar. Acontecimientos inesperados, trabajo, deberes y derechos, lugar donde vivir, amistad, relación de pareja, relación con los hijos, relación con los padres, todo es un tablero de ajedrez donde nos asusta mover las fichas de las palabras porque puede caer el ego de nuestro rey. Movemos alguna torre, algún caballo, y todo se puede derrumbar, porque todo, en el fondo, está cogido con palillos. Este embarazoso asunto es así porque las palabras tienen la extraña cualidad de confrontarnos con la verdad. Cuando en realidad, si las palabras están bien dispuestas sobre el tablero, siempre logran que todo pueda ser salvado. Sin ellas no es posible el reencuentro ni la reconstrucción. Pero hay que saber llegar a ellas como Pedro el de Los Galguitos, llegaba a las cabrillas: sabiendo dónde están. Para alcanzar las palabras necesarias se ha inventado una cosa que se llama Cultura, no se olviden, algo denostado por la política y que comienza a alejarse del sistema educativo. Tal es el asunto, que a las palabras, a veces, le damos pena, y entonces, mostrando algo de piedad, se acercan tímidamente a nosotros. A esto lo llamamos tener suerte. A Josep Plá no le gustaban las citas en su escritura, pero a mí sí me gustan, como podéis comprobar o sufrir. Lo hago no para parecer erudito, lo hago porque amo esas palabras que resisten el paso de los siglos, palabras hermosas que nos llevan de la mano por el bosque complejo y admirable de la literatura, de la filosofía, del ensayo, del arte, de la Historia. Una cita abre un mundo, entramos en un autor que no conocíamos; una cita es un anillo que enlaza, un plato más en la mesa que romperá el silencio donde nos hallamos arrinconados. Una buena cita nunca hay que dejarla aislada como sucede de modo cansino e ineficaz en las redes sociales. Las citas viven si las enlazas, y si no se pierden. Entre las citas y su fecundidad, intercalo las palabras que se acercan a casa, que entran por la puerta siempre abierta y que se abrazan a las mías. Sobre el fondo sonoro de la lectura, en el escuchar atento lo que otros, seguramente en peores circunstancias, escribieron, se halla la unidad del mundo cuando enfrentamos esas palabras a lo que nosotros escribimos, es decir, al pensamiento humano. Teniendo en cuenta lo que fue dicho, podemos estirar un poco más lo que pensamos. Si, por ejemplo, leo El arpa eólica de Coleridge, un bellísimo poema que en pleno Romanticismo, escribió el vate inglés a la pérdida de su amada, que se llamaba también Sara, ¿cómo no citarlo? ¿Cómo no estudiarlo, repetirlo, aprenderlo de memoria como recomendaba Steiner? ¿Qué nos une ante un mismo dolor? ¿Qué nos separa después de más de 150 años?:

“¡Mi Sara pensativa! Reclinada

tu cabeza en mi brazo, es dulce estar

junto a nuestra cabaña recubierta

de jazmín y de mirto (los emblemas

de la inocencia y del amor reunidos)

y ver los montes rebosar la luz

de la tarde, reunirse lentamente

y mostrar el lucero refulgente

como la sabiduría. ¡Qué hermoso

el aroma del campo y qué callado

el mundo! El murmullo del mar lejano

nos habla de silencio”.

(…)

¿Cómo no citar esta hermosura? Si parece que está escrita para uno mismo. Hay que amar lo que leemos y mil veces volver a leer lo que amamos. El sonido de las hojas al pasar, esa es la verdadera música, ese es nuestro único himno universal que ha vencido el óxido de los siglos y el olvido, también ancestral, del ser humano. Hay que leer con lápiz en la mano, y subrayar los libros. Citar, por otro lado, es salirse del monólogo individualista, del ego y sus arrabales, esa peste contemporánea sin diálogo posible, esa matraquilla de yo-yo, tan aburrida, tan gris. Citar es buscar el color, interactuar, es establecer una conversación; un honor poder hablar con los ausentes y mantener vivas sus palabras, pues los presentes están absortos como Narciso con su propio reflejo haciéndose selfies.

El inglés Horace Walpole en el siglo XVIII escribió más de cuatro mil cartas a un amigo en Venecia. En una de ellas, dejó escrito que “el mundo es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes sienten”. Un compatriota suyo, John Ruskin, escritor, crítico de arte y sociólogo, cien años después, apuntaba: “Por cada cien personas que sienten, sólo hay una que reflexiona; por cada diez mil que piensan, sólo hay una que ve”. Todos hemos visto el volcán, pero no todos lo hemos sentido de la misma manera. La realidad nos desborda, todo es un misterio y va a haber cuerda para rato, le decía hace poco a Esther, la infatigable redactora de este periódico, La Palma Ahora.com. Cuando con dieciocho años tuve la suerte de leer Hiperión, del poeta alemán Hölderlin, gracias a Laura Cobos, una profesora de filosofía que pasó por Los Sauces, una Atenea que a finales de los setenta y principios de los ochenta, sembró su fantástica biblioteca como si fuera un campo de trigo donde antes sólo había avena loca, escribí a carboncillo en las paredes de mi habitación, estas palabras que ahora sé que contienen todo y más.

El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.

Han pasado cuarenta años y ahora también sé que esas palabras no fueron escritas en la pared o sobre los libros de texto del Instituto, sino sobre la misma piel, ese lugar que “es lo más profundo” como decía el autor de “Los monederos falsos”. Ahora me pregunto si en ese preciso instante, uno dejó de ser definitivamente un adolescente. Las palabras grabadas en el frontispicio de aquellos años dorados, me hicieron comprender de golpe el otro lado del mundo. Con Hiperión y el resto del trigo que sembró Laura, con Los Idus de Marzo de Thornton Wilder, con Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar y con Las personas de verbo de Jaime Gil de Biedma, comprendí antes de ser lanzado al mundo, que la belleza es siempre una revelación, siempre, aunque duela. Muchos años después, cuando deslumbrado leí a John Berger, supe que esa belleza es la única forma de la esperanza.

La conocida traductora Carmen Bravo-Villasante, en el prólogo a Noches florentinas de Heinrich Heine, comienza diciendo: “El mayor arte de encantamiento es el de la palabra”. Sin lugar a dudas, es así; ha sido siempre así. No hay ideología ni religión ni amor sin palabras; ni los griegos fundaban sin ellas. Sin embargo, creo que ahora estamos en el imperio de la imagen, una imagen líquida en un mar digital. La actualidad de las cosas que ya no se tocan con las manos. Todo es incorpóreo. Por eso escasean tanto las palabras de lo que Pla llamaba “literatura de observación”, una interpretación de esa posible radiografía de la fugaz realidad. Hay una imagen digital, hay miles, pero no hay palabras, sólo eslóganes que se repiten hasta perder el sentido. ¿A dónde se han ido las palabras?

Hace once años regresé a la isla, al hogar vacío donde había nacido en las medianías de Las Lomadas, en Los Sauces, regresé a buscar palabras para algo que no tenía explicación y volví sabiendo que el regreso al hogar es siempre una tarea imposible como advierten los clásicos. Pero igualmente se regresa. ¿Cómo afrontar una gran pérdida y sus secuelas? Primero, la pintura me ofreció su regazo espiritual; durante unos años los cuadros se poblaron de frutas luminosas al borde de un abismo oscuro, con un horizonte de nubes proféticas al fondo, algunas amapolas, cielos tumultuosos o estrellados, naves austeras para viajes sin retorno, sirenas de pie o recostadas que miran los contornos azules, vegetaciones en lo profundo del océano, mares de nubes, costas lejanas y volcanes dormidos en un sueño cercano y trascendente: el ser humano como un árbol perenne de la infancia que contempla impávido la inmensidad del mundo, la gran soledad, el gran dolor, la gran belleza. Comprobar que en el tronco de ese árbol sigue temblando la lanza que clavamos cuando éramos niños, como nos decía el tierno poema de Peter Handke para la emblemática película Cielo sobre Berlín de Wim Wender. Una biografía del paisaje querido que se transforma, una medida del espacio circundante, es decir, del tiempo que nos condiciona; del ser humano, en definitiva:

Las nubes del noreste empujando las cortinas de lluvia que avanzan sobre el cristal del mar, la moliña que bendice la profundidad de los barrancos, la vieja calima de Hesíodo sobre las huertas que cultivo de mis padres, el trazo de los hombres y las mujeres sobre la tierra; Homero, Marguerite Yourcenar y John Berger en la biblioteca, los poetas a mano en el velador de tantas noches, el cuaderno de los días en la mesa del comedor, el óleo del Turco que pintó María Cynthia Machín, su mirada que me sigue hasta la puerta abierta, las gatitas en el patio o enroscadas en la ropa que tiene mi olor, Penélope presente de tanta ausencia, pero tan intangible, la cruda realidad, las amantes perdidas demasiado lejos, el frío de ir envejeciendo, el colchón de la pintura y los cursos de óleo, un puñado de amigos que van y vienen como las estaciones y el amparo de un hermano como una dispensa de los dioses, todo como un buen guiso de la abuela; todo dulce, amargo y salado, ausencias, cuerpos, libros, cuadros, huertas, clima, tiempo, temores y sueños, todo, todo se halla unido por el caldo fecundo de las palabras. Con esto los poetas, añadiendo un poco de perejil o de cilantro, hacen la sopa de letras con la que luchan contra el frío del mundo, contra lo inevitable de “la que se nos viene encima”, como sucederá a todo aquel o aquella que ha tenido la fortuna agridulce de nacer. “El áspero dulzor del madroño” que decía mi padre, Saturnino.

Más que un balance imposible, esto parece una confesión interpuesta, un desborde, una colada. Andamos todos con la cabeza volada, no tenemos buen humor. Hacer balance de un año que marcará la década, tanto para la isla de La Palma como a nivel personal para mí, es tarea muy difícil, necesitamos un congreso o algo, y, como han podido comprobar con este artículo, me he perdido por el camino en el intento; porque todo está en el aire, y nosotros, en tránsito permanente, nos hallamos huérfanos. Mejor hablar del tiempo nuevo que viene; el año 2022 en el horóscopo chino es el año del tigre, dicen ellos sin convencerme, que se acabarán los males acumulados; por otro lado y por el mismo, cumpliré sesenta años, soy del 62, más de medio siglo buscando las rayas del tigre que dicen los chinos que soy; y nada, ni amarillas ni doradas ni negras, la selva sigue siendo impenetrable, sobre todo para los que no somos ni mono ni serpiente ni lacayos. El tiempo se ha hecho redondo y se precipita en espiral sobre sí mismo como un remolino. La alta columna de colores con que se despidió el volcán, que muy tardíamente, al parecer ante la propuesta reiterada del director del Museo Arqueológico Benahorita, Jorge Pais, se llamará Tajogaite, ascendió en el cielo de La Palma a más de 7.000 metros, a más altura que el monte Everest, según afirmó el Instituto Geográfico Nacional. Pero a más altura aun puede que lleguen los sueños de los palmeros y las palmeras, de los vivos y de los muertos.

Entre esos dos vértigos, a ras de suelo, donde crece la hierba, que es donde tiene lugar todo lo que acontece a los mortales, un hombre a solas en la mesa del comedor, escribe “La urdimbre de los días”:

En el aire que rodea las cosas, está la mirada de lo que otros vieron antes de cerrar los ojos para siempre. Nosotros sólo vemos lo que ellos si los abrieran. La mirada es una única mirada interminable que nació hace miles de años. Esa aureola, ese pálido y fugaz brillo que seguimos llamando belleza, constituye lo único que es eterno.

ÓSCAR LORENZO

San Andrés y Sauces

Isla de La Palma

10.01.2022

Etiquetas

Descubre nuestras apps

stats