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Y los cambios en turismo ¿para cuándo?


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Ya se ha terminado el verano y la temporada turística veraniega. Mientras esperamos pacientemente a la segunda temporada, la del invierno, la temporada del mercado europeo, nos preguntamos si nos sirve de testaje para la posible recuperación turística tras la crisis del covid y del volcán. Así pues, junto con la caída de las hojas otoñales, tenemos los pregoneros con declaraciones cruzadas acusándose de todos los males turísticos incluida la pérdida de operatividad aérea con Europa. Que si el gobierno canario prometió ayudas en este sentido que no llegan, que si tiene que ver con que si se han perdido plazas alojativas por el volcán, que si Los Cancajos, el único centro turístico activo de La Palma, está o no a la altura de las circunstancias… La cosa es que, si el destino estuviese consolidado con fortaleza y fuese lo suficientemente atractivo, ni precios, ni incentivos, harían desistir al turista. Antes de 2019 ya teníamos problemas para llegar a una ocupación alta, y solo si destinos como las otras islas ya estaban en altos índices de ocupación, subían los porcentajes en La Palma. Nada nuevo en la viña del señor.

Durante la pandemia, se habló y mucho del cambio de paradigma y que, con posterioridad a la pandemia, habría que repensar el modelo turístico, puesto que la pandemia era una señal para abogar por calidad turística antes que cantidad, que un modelo basado en turismo de masas no era la solución, que el turismo debía convertirse en sostenible potenciando el binomio turismo + agricultura y aumentando el turismo de nómadas digitales … La lluvia de ideas fue casi tan abundante como las lluvias de la tormenta Hermine. Pero tan pronto como dejó de llover, se olvidaron de los cambios necesarios. Y volvimos a lo mismo de siempre.

No se cambió ni la cartelería. Se hizo un poquito más de promoción y ayudas al sector, pero estructuralmente seguimos igual. De hecho, si miramos bien, vemos cómo se ha deteriorado la situación: Los Cancajos no ha tenido un lavado de cara, no será por falta de insistencia. Se ha sustituido la conectividad por aerolíneas de bajo coste (consecuentemente atraen a turistas que gastan menos), bastantes agentes turísticos que han desaparecido del mapa, cuesta cubrir los puestos de trabajo vacantes a la vez que ha aumentado la precariedad laboral. Por si fuera poco, y esto no es endémico, han subido los costes de producción y la inflación con lo que la rentabilidad turística ha caído por los suelos.

Si esperábamos una recuperación como la vuelta al estado anterior, con los mismos turistas, con el mismo trabajo y con la misma estabilidad y rentabilidad, ésta no se ha producido. He visto a compañeros trabajar 15 horas diarias, día sí y día también para guardar como las hormiguitas antes del invierno. Porque el mundo ha cambiado. La certidumbre ha cambiado. Muchos tenemos todavía a alguien de nuestras familias en el limbo de la recuperación, algunas incluso han perdido sus casas, sus negocios…No, no podemos esperar lo anterior.

Pensar que así sería reconocer cuando menos nuestra ingenuidad. El mundo no es el mismo que hace 3 años, que hace 20 o que cuando empezó el turismo en los años ’70 en Canarias. Y entonces, si las condiciones iniciales no son las mismas, ni lo que el turista exige, ¿cómo es que esperamos el mismo resultado con el mismo tipo de gestión turística?

Sinceramente lo que se ha hecho hasta ahora es parchear para salir del paso, para impedir el colapso. ERTE (gracias!), ayudas, bonos turísticos (afortunadamente), más promoción, pero ¿y los cambios estructurales pa’ cuándo? ¿están siquiera pensados estos cambios? ¿están analizados los factores deficientes y sus posibles soluciones? ¿se han reunido los agentes implicados?

Por lo menos en La Palma la respuesta es un no rotundo.

Las mesas sectoriales de trabajo: astroturismo, turismo activo y naturaleza, así como en el de gastronomía y cultura se reunieron por última vez en noviembre de 2021. Y estas reuniones para ideas, coordinación y comunicación, han sido sustituidas por reuniones exclusivamente con la patronal turística, muy a la visión ochentera del turismo de sol y playa, donde lo único relevante era exclusivamente el recurso, un sitio donde dormir y un sitio donde comer. Y mucho ha llovido desde entonces…

Antes de 2019, ya habíamos pasado del sol y playa, a turismo de producto y luego a turismo de experiencias. Hasta los sitios donde dormir o donde comer se habían trabajado con mucho con gastronomía atractiva, puesta en valor. La oferta alojativa, había rotado a alojamientos rurales o emblemáticos o viviendas vacacionales. Atrás iban quedando los apartamentos baratos y sin gracia, iguales aquí que en Pekín, a los todo-incluido (cada vez menos demandados) para llegar a alojamientos con más autenticidad, algunos ya de por sí una experiencia alojativa.

 Y el trabajo desarrollado a nivel autonómico, incluso nacional en este sentido ha ido avanzando desde los ochenta con más peso en productos turísticos y segmentación: astroturismo, ocio activo, senderismo, turismo cultural, rural, turismo gay… De llamar oferta complementaria a las actividades que podía hacer un turista en un destino, se pasó a segmentación donde había distintos tipos de turismo y la promoción, la oferta y las experiencias se planificaban y pensaban de manera distinta.

Lamentablemente los gestores turísticos actuales de La Palma no parecen haber pasado de curso. Y siguen hablando de conectividad, de camas, de ocupación…ignorando flagrantemente la calidad, la generación de experiencias e incluso la atención a la formación de los agentes turísticos.

Así constatamos el envejecimiento de los trabajadores, de la poca preparación en idiomas, los pocos guías especializados como problema endémico…. y como se sigue basando en infraestructuras: miradores, centros, senderos de “hazlo tú mismo” sin apenas atención a diversas atracciones y actividades que aporten un valor añadido al producto turístico o el apoyo al mal llamado “sector complementario”. Incluso, aunque los eslóganes turísticos digan otra cosa: “La Palma, isla de las estrellas”, “Estamos trabajando en aprovechar la erupción volcánica para atraer visitantes a la isla de La Palma”. Lo cierto es que el presupuesto en astroturismo da risa (sector reconocido internacionalmente). O, en cambio, por parte de la Consejería de Turismo no se ha llevado ninguna iniciativa para propiciar ese turismo volcánico: ni formación especializada para los guías en un nuevo campo, ni creación de itinerarios, ni reunir a los agentes interesados. Si surge turismo volcánico, que sea por arte de magia: “Abracadabra”.

Si el covid y el volcán han sido catástrofes naturales, la falta de gestión turística ha sido causada por el hombre. La estacionalidad turística sigue aquí para quedarse, la fragilidad del turismo a expensas de los vaivenes económicos, la inexistente adaptación al cambio climático, la inexistencia de accesos con transporte público a lugares emblemáticos es patente. Son evidentes también la falta de infraestructuras (el centro ambiental Mendo queda en el olvido, como tantos proyectos válidos), la falta de buenas prácticas que faciliten el ocio activo, de naturaleza o el aprovechamiento paisajístico. Lo cierto es que la imagen de la isla es confusa. Siendo una Reserva de la Biosfera sigue sin parecerlo, porque los planeamientos y las infraestructuras, el uso del suelo, la gestión del agua y de las energías renovables no concuerdan con este espacio protegido. Si César Manrique levantara la cabeza…

El turista no viene a La Palma porque vuele en Ryanair. Viene a La Palma por el combo estrellas, naturaleza exuberante, cultura y volcanes. Los vuelos baratos facilitan la llegada, pero cada detalle cuenta. Cuando un turista llegue a La Palma, que lo sepa desde que aterrice. Que lo vea desde que lo pise. Que tenga claro que esto es la Isla Bonita (¿Aena, qué tal si hacemos un esfuercito en los exteriores del aeropuerto?). Que vengan menos turistas o compensen su huella de carbono, que tengan opciones y actividades donde valga la pena gastar más, que se queden más tiempo y que cuando se vuelvan a casa, tengan la certeza de que la experiencia ha sido única y memorable: ya sea con lluvia, con sol o con aterrizaje alienígena. Esa sería la idea. Cambio de cantidad por calidad mucho más rentable.

Hace unos meses el consejero de Turismo, Raúl Camacho, declaró que el turismo puede ser el eje vertebrador de la recuperación económica de La Palma. Y hace unos días, con motivo del Día Mundial de Turismo, el consejero animó a los mercados emisores a venir a la isla para conocerla. Le devolvemos amablemente los ánimos. Y si un día de estos se levantara animado, me encantaría emplazarle a convocar las mesas sectoriales de trabajo, a coordinar los productos turísticos y a recuperar la conectividad. Lo que declara en Fitur cada año, no cuaja ningún año. Quizás no le lleguen las fuerzas más allá de las declaraciones. Mientras tanto, aquí seguimos echando horas, vertebrando. ¿Y los cambios en turismo para cuándo?

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