India (y II)
Ciertamente, en muchos aspectos la India es caótica. En cualquier caso, Delhi batía el récord en cuanto a hacinamiento, barullo y contaminación. Circular en esa población no sólo era una tortura en cuanto a la falta absoluta de orden. Normalmente utilizábamos uno de los famosos Tuc- Tuc, pequeños vehículos tirados por una moto, con dos asientos en la parte trasera donde llegaban a embutirse hasta cinco personas. El problema era que el motorista-conductor actuaba con criterio propio, el cual casi nunca coincidía con lo que pretendíamos los pasajeros. Intentaba siempre que sus trayectos fueran lo más largos posibles y, sobre todo, que acabaran en alguna tienda donde los propietarios le pagaban comisión. Eso, unido a la agresividad y capacidad de engaño de los comerciantes, fue lo peor del viaje a la India. Ni la suciedad, la miseria o el constante olor a excrementos, elementos que ya sabías de antemano que te ibas a encontrar, nos producían tanto desagrado. En cualquier caso no quiero incidir solo en los aspectos negativos de ese país que te puede fascinar a cada momento. El trato que los organizadores nos dieron durante la visita técnica del congreso al que asistíamos fue exquisito, sobre todo cuando llegamos a una granja experimental donde nos recibieron con flores mientras nos ponían en la frente un punto rojo, binti, entre las cejas, centro de la sabiduría, antes de visitar a los impolutos establos donde estaban los caprinos de diferentes razas, rejas grandes, estilizados y de perfil súper convexo.
De las maravillas que allí se pueden encontrar, sin duda la más conocida es el Taj Mahal, pero continuamente te asombras con la naturaleza y las obras del ser humano. Un amanecer junto al Ganges, de espaldas a la ciudad de Varanasi, mientras varios jóvenes brahmanes realizan una ceremonia (Ganga Aarti) en la que parecen dialogar con las apacibles aguas de aquel río, envueltos en una música cadenciosa y espiritual, puede ser el relajante preludio a un paseo en barca al suave ritmo de la corriente, contemplando el nacimiento del sol y sus reflejos en la vieja y bella arquitectura de la ciudad mientras, a lo lejos, junto a las piras crematorias, los cadáveres esperan su turno.
Si visitas Kajurajo, puedes almorzar en un restaurante que parece alongarse sobre los templos llenos de figuras eróticas, sobrevivientes a los tiempos y a la opinión de Gandhi, educado en la rígida moral victoriana y partidario de la eliminación de esa maravilla estética por considerarla pornográfica. A ambos lados del recinto que alberga los monumentos más importantes se encuentran dos pequeños lagos donde la gente se baña, lava la ropa, pesca o realiza sus ofrendas…
Obviamente, a lo largo del país no existen cementerios hindúes porque, como es sabido, en ese colectivo acostumbran a incinerar los cadáveres de sus allegados. Muchos, diría que todos los que pueden costearlo, son cremados junto al Ganges, el contaminado río al que, hasta no hace tanto tiempo, echaban completamente los restos calcinados de los difuntos. En Varanasi tuvimos la oportunidad de acercarnos a las piras ardientes donde se consumían los cuerpos humanos. Éstas se distribuían en tres plataformas rústicas ubicadas a diferentes alturas, la más baja de las cuales acababa en el agua. Con el máximo respeto nos situamos a unos seis metros de la pira más cercana. Estando allí intenté meditar, recogerme, sentir el ambiente en toda su intensidad. No lo logré, pero sirvió para que los participantes de la ceremonia captaran que en nosotros había algo más que la morbosa curiosidad de unos turistas.
Junto a nuestra posición estaba una montaña de troncos, de la cual se extraían con frecuencia para ser pesados y vendidos en un puesto donde cualquiera diría que se podría despachar pescado. Los cuerpos iban llegando periódicamente, envueltos en un material rojo y oro, con cintas y guirnaldas que les daban aspecto de descomunales y fúnebres caramelos. Entraban en la zona sobre unas camillas que se transportaban con ligereza hasta las aguas del Ganges, donde eran sumergidos suavemente rodeados del afecto de los suyos. Después se los depositaba junto a otros cadáveres formando una fila a la espera de su turno, ante la mirada curiosa de varios grupos de turistas quienes, a prudente distancia, observaban en silencio desde varias barcazas.
Los familiares estaban reunidos en pequeños grupos, serios, sin soltar una lágrima, esperando el fin del proceso. Algunos sacaban fotos con su móvil, mientras que dos toros gibosos trataban de montar a una vaca blanca y negra que subía y bajaba por las escaleras.
No había cabras, pero bovinos y perros se tendían en las escalinatas o deambulaban por cualquier parte, aquellos comiendo las flores que acompañaban a los difuntos, y estos intentando pillar algún calcinado despojo humano. Junto a una de las piras, una perra cuidaba a sus aún ciegos cachorros bajo la mirada atenta de un sudhuquien, vistiendo un solo taparrabo, descansaba sobre el muro colindante.
Se había hecho de noche y, mientras las piras eran alimentadas por operarios, quienes mostraban la misma eficacia e indiferencia que los panaderos ante su horno, pudimos ver una serie de puntos luminosos que flotaban río abajo. Eran diminutas barcazas donde pocas flores amarillas rodeaban una pequeña vela y a los deseos de bienestar de los numerosos devotos que afluían hacia aquella ciudad sagrada.
Los cuerpos se iban incinerando mientras que, en el aire, los olores a leña quemada y cenizas se sobreponían al de la carne humana. El difunto más cercano a nosotros enseñaba un pie, después de que el fuego hubiera hecho desaparecer, casi de inmediato, su exiguo sudario. Un poco más allá, otra incineración llegaba a su final, mientras el operario recogía entre dos maderos un trozo calcinado del cadáver, y lo entregaba al hombre escogido por la familia para depositarlo en la corriente. Después, ante la mirada atenta de sus allegados, el señalado procedió a llenar una vasija de barro con agua del río y, de espaldas al fuego, lanzó su contenido sobre el resto de las llamas.
Aquella noche, sólo en un momento sentí asco. Al otro lado de las piras había llegado un grupo mixto de unos treinta turistas, ataviados con ropa veraniega de marca. Tenían pinta de pertenecer al colectivo de personas cuyo principal objetivo al viajar no es otro que el de poder hacer luego alarde, en clubs o tertulias, de un periplo al cual un toque de exotismo incrementaba su capacidad de generar envidias. Desoyendo las recomendaciones que repetidamente nos habían hecho, cruzaron el crematorio en fila india entre las piras, con caras de repugnancia o rostros tapados con pañuelos. Les puedo imaginar una vez de vuelta a sus países. “Estuvimos en la zona de los crematorios. El hedor era insoportable. ¡Qué fuerte!”. Sí, por primera y única vez sentí asco.
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