El fantasma (Escocia)
Campiña escocesa, ondulada y fría, cubierta por una bruma agresiva. En medio, un vetusto “cottage” de escalones quejumbrosos y conducción de agua herida por las numerosas heladas a las que había resistido. Muy cerca, un viejo cementerio protestante en desuso al que las escasas horas de luz le hacían aún más siniestro. En este escenario solo faltaba una cosa: un fantasma.
Allí me encontraba yo en 1994 pero mi experiencia con el mundo de “el más allá” en el Reino Unido se remontaba a unos años antes. El clima nebuloso, los camposantos sombríos junto a viejos templos y una buena cantidad de horas en la oscuridad, sin duda crean el ambiente propicio para sentir en la sangre la presencia de espectros. También es inquietante que en su cultura tradicional y en su literatura, estos personajes, ghosts, estén muy presentes. Por ello, cuando ya siendo un profesional me fui a Inglaterra con intención de mejorar mi pésimo inglés y, a ser posible, conectarme al mundo de los caballos, observé con inquietud que el hogar familiar en donde me alojaría estaba situado junto a una pequeña iglesia anglicana y a su vecino cementerio. Y no menos inquietante fue el primer intercambio, por no llamarlo conversación, que mantuve con el matrimonio propietario, padres de la amiga bilingüe que me había llevado hasta allí. A pesar de su amabilidad y sus esfuerzos, yo no lograba entender a Mr. Callaghan, un gentleman que, en la segunda guerra mundial, había estado a punto de morir quemado en la sala de máquinas de su barco, durante un combate. Viendo mi actitud, y antes de que la hija dijera nada, su esposa hizo un “uuuh” y señaló al camposanto colindante, lo cual sirvió para clarificar mi mente, pero no tanto para tranquilizar mi espíritu. En aquellos momentos yo no creía en los fantasmas, pero sí en la telepatía y en que ésta podría ser capaz de imitar su presencia. Por eso me apresuré a asegurarles, sin base alguna, que en España se tenía muy claro cuál era el mejor antídoto contra los espíritus nocturnos: los ronquidos. No tardaron en enterarse, a través de las paredes de mi habitación, de que yo era un gran productor de ese sonido tan tranquilizante.
Aquella fue la primera vez en que salieron a relucir los seres del más allá, pero no la última... Con posterioridad, la otra hija de mis anfitriones nos habló de la supuesta existencia de los espíritus de toda una legión romana, exterminada por completo en aquellos lares. Se decía que, periódicamente, sus fantasmas desfilaban en formación, con carros incluidos. Ella misma, junto con una colega en una tarde brumosa, había creído oír un sonido semejante al desplazamiento de sus ruedas sobre la calzada. En ese momento los caballos de un pequeño grupo, que hasta entonces pastaban tranquilamente, se sobresaltaron y corrieron al unísono hacia un extremo del prado, donde estuvieron en alerta un buen rato, quizá el equivalente al tiempo que pueda tardar en pasar una legión romana. Y no fue éste el único signo de presencias fantasmagóricas sobre el que fui informado. En una visita a unos amigos, productores de vino, estuvimos probando los caldos en su casa, situada junto a una vía de tren abandonada. Nos contaron que por ese trayecto podía aparecer un soldado del pueblo, muerto en la primera guerra mundial. Con paso cansino entonaba en un susurro la conocida melodía de la época: “It´s a long way to Tipperary”.
Tiempo después realicé mi segunda estancia en el Hannan Research Institute. Éste era uno de los centros de investigación más importantes del mundo, especializado en fisiología de la lactación y, si bien sus trabajos estaban focalizados hacia el ganado vacuno, usaban a las cabras como unidades más manejables para sus experimentos, debido a lo cual, desde el primer momento, hizo que me interesara enormemente. En esa ocasión me alojaba en una casa que compartía con un estudiante holandés de máster y una doctora finlandesa. El edificio antiguo se completaba con otros alojamientos independientes, ocupados por pupilos de ingeniería agrícola y, como no, estaba situado frente a un pequeño y viejo cementerio en desuso, junto al que tenía que pasar todas las obscuras tardes al volver del Instituto. En Escocia, a pesar de que las circunstancias propiciaban aún más el pulular de los “ghosts”, no tuve información previa acerca de sus misteriosas actividades, quizá por moverme en un ambiente más académico. Por todo ello me sorprendió el relato que me hizo el estudiante de los Países Bajos, justo una semana antes de acabar mi estancia.
Un día, aquel simpático joven se me acercó, con cara de preocupación, cuando no se encontraba la doctora finlandesa. Por razones de edad él había intimado con los estudiantes que habitaban en la otra parte del edificio y, a menudo, salía con ellos. “Una cosa muy rara les pasó a mis amigos”, me dijo mientras evitaba mirarme de manera directa. Obviamente, lo animé para que continuara. “Marc, el que vive arriba, oyó un grito en el pequeño apartamento que ocupa William”, continuó, después de darse una pausa para respirar. “Sin pensárselo, bajó rápidamente y tocó en la puerta”. El holandés volvió a interrumpirse mientras miraba al suelo con preocupación. “Marc me dijo que, desde el exterior, le preguntó a William si pasaba algo. Tras unos inquietantes segundos pudo oír unos pasos que se acercaban. Su amigo, pálido y con ojos que parecían absolutamente remisos al parpadeo, lo invitó a entrar”. Mi compañero de casa estaba identificándose con aquella angustiosa situación. “Entonces volvió a la cama y se sentó” El estudiante hizo otra pausa y, por primera vez, me miró directamente. “William le dijo a Marc: he visto a una mujer, una mujer mayor vestida de blanco, a los pies de mi cama. Estuvo mirándome unos segundos y luego desapareció ¿A ti te ha pasado algo parecido?”. Una nueva pausa de mi interlocutor me volvió a alarmar. “Sí, le contestó Marc, pero no había querido contárselo a nadie para que no pensaran que estoy loco”
Por aquellas fechas yo había dejado creer en la telepatía, pero las dudas volvieron a asaltarme: sólo hacía tres meses que había muerto mi madre y ella siempre ha estado en mi recuerdo, pero en aquella época su presencia era constante.
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