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El sueño de Mauro Castro

Garafía parece dispersa. Lo está realmente. Pero el arrojo y la voluntad de Mauro nos va acercando poco a poco hasta darnos la confianza de ser de un mismo lugar y saber que podemos amarlo.

El sábado 28 de octubre fui a una fiesta en Franceses. Digo fiesta y digo bien, porque es lo que era: una verdadera fiesta, una alegría compartida, vivir el momento y la comida y los amigos y las caras conocidas. Gentes venidas de todas partes, mesas repletas de parientes, abuelas, niños, alcaldes, novias, músicos, pintores, poetas. Era el día grande de un lugar que ha visto cómo una idea sencilla en su origen como es querer reunir en un mismo lugar a quienes un día tuvieron que abandonar el pueblo pero aún sienten cariño y añoranza por él, encuentran un motivo para regresar;  cómo los hijos y nietos de quienes viven lejos del pueblo y ya nada tienen que ver con el lugar, desean pertenecer de alguna manera a unas tierras y unos paisajes que un día fueron la vida y el alimento de sus padres y abuelos; y, en definitiva, cómo hay mucha gente que piensa que la idea es hermosa y tiene su razón de ser.

Mauro Castro hizo posible que este sueño creciera. Año tras año, la fiesta de Franceses va cogiendo forma, crecen los invitados a la paella y los dulces (¡ay los dulces de Franceses, esos merengues, esas pastas estrelladas, esos bizcochos…!), crecen las mesas y las sillas que al principio fueron cuatro o cinco y ya no caben casi en la plaza; y, sobre todo, crece la ilusión y la alegría. Mauro quiere que la fiesta siga y siga por toda la comarca del norte hasta llegar a San Antonio del Monte. Primero El Tablado, que ya dio este año sus primeros pasos y que verá crecer a sus hijos el año que viene; luego vendrán los otros pagos hasta llegar a Llano Negro o vaya usted a saber qué demonios se le pasa por la cabeza a Mauro que incluso quiere y sueña con llegar al mar. 

Porque él lo que sueña es crear lazos, abrir caminos, aumentar la amistad y el deseo del origen. Que los garafianos se sepan unidos, se sepan especiales, se reconozcan de un lugar, el suyo, aquel de donde proceden y que los vio nacer o supo de su nacimiento porque allí quedaron sus abuelos recibiendo la buena noticia de su llegada al mundo. Que los garafianos se sientan orgullosos de serlo; que el haberse ido por voluntad propia o por circunstancias ajenas a su voluntad, no les aleje de lo que un día fueron o fueron sus padres y fueron sus abuelos. Porque ellos, todos ellos, pertenecen por igual al lugar de sus raíces y un día volverán a ellas como lo hicieron muchos en el sueño de Mauro. 

Garafía parece dispersa. Lo está realmente. Pero el arrojo y la voluntad de Mauro nos va acercando poco a poco hasta darnos la confianza de ser de un mismo lugar y saber que podemos amarlo y ser felices en él aunque solo sea una vez al año. Y si en La Gomera presumen de tener el silbo para llamarse de un barranco a otro, nosotros tenemos a Mauro y su gran esperanza. Las carreteras son lo de menos, las curvas no nos asustan. Sobra paella y vino y música para unirnos y declararnos únicos, diferentes al resto de otras comarcas con nuestra forma de hablar, nuestras costumbres y nuestras tradiciones. Que de esta tierra salieron grandes hombres y mujeres que cambiaron la historia de una isla entera. Y de esta tierra volverán a salir quienes de ella hagan algo grande en el futuro. Así lo creo yo y así lo sueña Mauro Castro. 

Elsa López

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