Una emocionalidad atravesada por las mercancías


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Siempre he sentido una gran sensibilidad en torno a lo que respecta a las relaciones humanas; cómo estas se configuran, qué formas de vida tejen aquellos que las habitan, los distintos tipos que existen, y, en especial, como estas han mutado a lo largo del tiempo, a raíz de la influencia que las condiciones históricas y culturales rezuman en un tiempo y espacio concretos. 

Actualmente, afrontamos un período histórico caracterizado por una expansión mercantil que no parece conocer límites físicos. El afán productivo, y la acumulación de bienes y mercancías, parecen haberse constituido como un fin en sí mismo, que tiende a defenestrar u omitir las consecuencias en todos los ámbitos, en pos de que este ciclo se reproduzca. La maquinaria productiva prosigue incesante, generando constantemente nuevas fórmulas y productos independientemente del valor absoluto del mismo y sus consecuencias físicas, es decir, priorizando el mero movimiento, la novedad, y la producción en sí, como una nueva forma de valor independiente de las implicaciones y el contexto, impulsada por una creciente necesidad de consumo que parece no encontrar horizontes, y que se convierte en una forma de vida cada vez más generalizada en cada rincón del globo. 

Partiendo de este contexto productivo en el que nos desenvolvemos en el presente, ¿en qué lugar se despliegan las relaciones humanas? ¿En torno a qué subjetividades nos construimos, y bajo qué formas nuestras relaciones se ven transformadas? 

Consideraría de forma personal que en el modo en el que nuestras relaciones interpersonales se cimentan son un punto esencial a tener en cuenta, pues estas determinan y forjan en gran medida nuestro individuo, pues de algún modo, nos volvemos partícipes, agentes que, simultáneamente, se presentan como moldeadores y moldeados; ejercemos simultáneamente una influencia, pues a través del vínculo hacemos germinar fragmentos de nuestra singularidad individual en el otro, y, a su vez, recibimos como presente fragmentos de singularidades desconocidas, que aterrizan, para bien o para mal, en nuestra vida, y que pueden cambiarla en gran medida dependiendo de su naturaleza, bien sea a través del aporte positivo o el negativo, pero en todo caso, la profundidad de las mismas genera un sedimento, una huella emocional en nuestro interior. 

Las relaciones sociales son la génesis de la reproducción de la vida social, del despliegue de numerosas esferas de nuestras vidas y experiencias. En su interior hallamos así la compañía, el amparo de las emociones, el encuentro, la fricción con otras formas de vida, la complicidad, la concordia, el enriquecimiento, el sacrificio, la constancia y la ofrenda, pero también el conflicto, el desencuentro, la manipulación, el engaño, la deshonestidad, la rotura y el dolor. 

De este modo, unas formas de vida que lo recubren todo, impermeables, podrían ejercer constantemente una influencia en el modo en el que gestionamos los fenómenos del plano personal, pues estos se ven rodeados de un contexto social que de forma fantasmal nos arrastra hacia su inercia y, de forma más o menos consciente, imprime sobre nosotros unas necesidades y urgencias coyunturales, formas de relacionarnos con el entorno que acaban construyendo una serie de subjetividades de las que el plano emocional y humano no puede escapar, provocando, en muchas ocasiones, un fenómeno especular. De este modo, el sujeto encuentra en su seno una nueva crisis al verse supeditado a una existencia donde, por ejemplo, el consumo, la forma en la que concebimos el ocio o el ritmo vertiginoso e insostenible pavimentan nuestra cotidianidad; exponiéndonos a un estresante intercambio de intensidades, de estímulos, generando estallidos efímeros de placer, las relaciones humanas han tendido a mutar con respecto a esos valores, generando en un seno una nueva forma de concebirlas. 

Sin ser estos cambios totalmente absolutos, se observa una tendencia general hacia este nueva liquidez, hacia este relacionarse para con el entorno de una forma superficial, vertiginosa, donde los valores de colectividad, comprensión, empatía y cuidados se ven peligrosamente heridos, y donde problemáticas formas de cosificación y fricción comienzan a emerger. El problema más profundo no radica tanto en la superficialidad o carácter efímero de una relación, pues estos fenómenos no son necesariamente negativos ni contemporáneos, y muchos otros factores del campo social intervienen en los mismos, pero si es posible identificar que, independientemente del tiempo en el que nos veamos inmersos en una relación, estamos constantemente bombardeados e influenciados por una nueva forma de individualismo, que en muchas ocasiones hunde sus raíces en un narcisismo placentero, fruto de las condiciones de vida a las que nos hemos visto empujados a raíz de los cambios sociales y sus nuevas dinámicas. 

Este narcisismo placentero, al igual que sucede con el acto de consumir, tiende a generar una lógica de conquista para con las personas y sus cuerpos, generando relaciones en las que se participa con la pretensión de sustraer, de encontrar un consuelo, una vorágine de intensidad, un deseo que construimos como una pantalla infranqueable, como una expectativa que a su paso lo destruye todo (en aquellos casos en los que no se vea satisfecha, sin tener en cuenta otros valores que deberían ser tenidos en cuenta, y sin responsabilizarse en todo caso de dicha ruptura o del impacto que hayamos podido tener, lo cual si es realmente problemático). 

En esta época de movimientos incesantes, debemos ser cautos e intentar abordar la complejidad de las relaciones humanas con respeto y honestidad, e intentar escapar, en la medida de lo posible, de las lógicas autodestructivas y alienantes que comienzan a emerger con cada vez más fuerza, y que de algún modo profetizan un cierto porvenir de aislamiento, con encuentros interpersonales de naturaleza viciada, donde la gestión emocional quedaría desvalorizada y en un segundo plano, en pos de valores como el placer como fin en sí mismo, sin tener en cuenta que, incluso en esas instancias, las emociones tienen un impacto, y omitirlas, al final, solo conllevará a agravar una brecha en la que estos procesos tan complejos, al constreñirse y simplificarse, alimentarán una sensación de vacío mucho mayor, un sujeto desprendido de sí mismo y de los otros. 

*Cartas de la juventud es un proyecto de Karmala Joven, rama juvenil de la Asociación Karmala Cultura. Si tú también tienes algo que contar puedes enviarnos tu carta al correo electrónico karmalajoven@gmail.com y será publicada en el diario palmero La Palma Ahora.

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