'Tambores' en La Bombilla: esa sí que es una verdad, o un hecho, no toda la verdad


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Permítanme el atrevimiento de sobrescribir frases de un conocido, o amigo, como es Francisco José Rodríguez Pulido, que recientemente escribió en este diario. Verán la similitud, cambiando de capa de ‘cebolla’ a su texto.

“Imaginemos el concepto de verdad como una cebolla. La cebolla es una hortaliza conformada por varias capas que recubren un núcleo. Si hacemos el paralelismo, el núcleo sería un hecho concreto: un hipotético accidente en la esquina, por ejemplo. La capa que lo recubre sería la visión de los testigos y los protagonistas de ese accidente. La siguiente capa sería el pasado de los involucrados. Y así, las capas se van superponiendo, alejándose cada vez más del hecho en sí. Pero, inevitablemente, de alguna u otra forma todas las capas están involucradas en el hecho que estamos analizando. Por ende, la verdad es esa cebolla. La verdad es ese conjunto de interpretaciones y macro visiones que hacen posible un panorama global y entero de todos los hechos”, según Agustín Joel Fernandes Cabal.

Lo que está sucediendo en La Bombilla, fundamentalmente desde que el volcán Tajogaite se apagó, está dejando en el olvido muchos tambores. Y no me refiero a ningún dato alarmante, ni preocupante, tras el nuevo enjambre de sismicidad, porque más bien, una apreciación de deseo más que de ‘verdad’ puede que haya ayudado a desgasificar, más si cabe, por las ganas que tenemos de que se acabe ya. Estos son temblores que afectan sobre todo a la ciudadanía más directamente vinculada al litoral de Tazacorte y de Los Llanos de Aridane, como residentes o personas que, por ocio, por trabajo o negocio, habitaban en el lugar; pero en general, a toda esa ciudadanía que este verano puede disfrutar de las playas de la isla, más allá, o más acá, aunque no del entorno y playa de los principales destinos turísticos de La Palma, como es Puerto Naos. Pero estos temblores a quien más les deben preocupar son a las administraciones del Cabildo de La Palma y Los Llanos de Aridane. Porque aquí quiero usar metafóricamente el término ‘tambores’, no por batucadas, ni por pesca descuidada, sin olvidar que también existe el tambor como es del pálpito que tenemos para darnos vida; el de nuestro corazón.

Es lógico pensar que cuando hay tambores, más, si suenan, como el dicho de “cuándo el río suena es que agua lleva” o también, “cuando el río suena, piedras trae”, es lógico adoptar el principio de precaución que se le supone a cualquier gestor de la salud pública así como de la seguridad y protección civil; por ello es lógico un respeto a los criterios científicos y más si cabe, cuando hay un lugar a una enorme variabilidad de un sistema natural que está reequilibrándose, y que ha hecho que haya limitaciones a permisos de acceso a la zona de Puerto Naos, La Bombilla (zonas de población) como las hay también en Las Hoyas (zona platanera) o en los trabajos del embarcadero de La Bombilla, donde muchos días no puede trabajarse antes de las 10.00 horas, y que ha ralentizado la ejecución de la obra, permitiendo el acceso a trabajadores porque tienen un sistema y protocolos de autoprotección así como medios a disposición, lo que no puede hacerse extensible a la población en general, al menos, por ahora.

“Ese temor se convierte en prohibición”, dice el amigo Francisco Pulido, lo que es normal por otra parte, y lo trasladan a la ciudadanía, lo que les lleva a cerrar el acceso, “desde hace ya casi once meses”, sigue exponiendo el amigo Pulido, “aun contraviniendo principios y derechos fundamentales de las personas”; no sé si se contraviene ese derecho, pero la protección civil también es necesaria, y también habrá legislación en caso de omitir el “socorro” preventivo máxime por parte de quien gobierna y tiene responsabilidad sobre la vida de las personas y su salud. “Puede parecer así que están más serenos y tranquilos, porque evitan situaciones ‘graves de salud’ pero realmente es falso, porque saben perfectamente que no existen criterios objetivos de salud que impidan que Puerto Naos y La Bombilla tengan una vida normal”, sentencia en su escrito de opinión el Sr. Pulido, lo que, por eso, digo que no hay una verdad, pueden haber tantas como personas opinemos sobre un tema, ya que seguramente no jugamos ni en la misma liga, ni en el mismo contexto, ni tengamos los mismos datos, ya que datos no son información: ésta, hay que elaborarla de la manera más científicamente correcta, aunque por otra parte, sobre todo, útil. Ese sí es el reto.

Debemos trabajar y opinar en la línea de que la información sea útil y se pueda comunicar de la mejor manera posible para evitar malentendidos. Y, como muchas hipótesis, lo que científicamente manifieste el Sr. Pulido, probablemente sea en una hipótesis de laboratorio homogénea, que no son las que nos brinda la naturaleza con su fuerza y variabilidad. Para nada estamos en condiciones de 20ºC permanentemente, ni a presión constante; lo que sí que hay son muchas y diversas impresiones que pueden convertirse en relevantes sólo porque las dice alguien científicamente preparado, y eso no es suficiente, sino se tiene toda la información y experimentación, aunque sea empírica, de los procesos y sucesos, episodios varios y explicaciones o respuestas escasas. Más bien, tendríamos que esforzarnos en hacernos las preguntas adecuadas, más que en lanzar verdades fuera de contexto e hipótesis que hacen variar los resultados. Así, no. Así, poco ayudamos a que la situación mejore; más bien, debemos poner nuestro saber hacer al servicio de la ciudadanía a través de las instituciones que tienen la obligación de velar por nuestra seguridad, y debatir y rebatir lo que proceda en los cauces de información y decisión más diligentes que ayude a las personas a obtener una mayor certidumbre en lugar de a dejarnos más despistados sí cabe.

Hay tambores, pero en La Bombilla, más que en Puerto Naos, que pasan a ser recogidos, y evidentemente, tocados, por si hay pescado atrapado. Si el Sr. Pulido tiene intención de “explicar en otro artículo con más detalle” y “respaldar el artículo que el médico palmero D. Aldo González Brito publicó (‘Los gases, la mala gestión política y el futuro incierto de Puerto Naos’)”, más valdría no perder de vista las condiciones ideales o de laboratorio, sino hacerse preguntas sobre diferentes hipótesis o preguntas del tipo: ¿podría quedarse sin oxígeno de forma continua e incompatible con la vida hasta la altura en la que una persona esté acostada o sentada ante el sofá y qué tiempo de respuesta tendría? ¿y en caso de estar dormida? ¿es la naturaleza capaz de emitir tal cantidad de gases que puedan provocarlo? ¿qué zonas hay de mayor riesgo para ello? Y, supongo, que no es lo mismo estar trabajando (midiendo y protegido) que estar habitando (entretenidos y nada protegidos).

El problema de los gases en la zona de plataneras, solo en algunas, afortunadamente, a fecha actual, es tal, pues, aunque no es un problema de un solo gas, el dióxido de carbono, CO2, sí que es el más importante, y aunque no se usa como indicador de la calidad del aire, sí que pudiera llegar a ser letal en determinados puntos de emisión. Y, como bien sabe el Sr. Pulido, se ha dado información de que “es el volumen de oxígeno que hay en el aire, cuyo factor mínimo limitante es del 19,5% (en condiciones normales hay un 21%)”.

Asimismo, comenta el Sr. Pulido que “Involcan (sin que lo firmara ningún nombre propio) se atrevía a decir que se ‘ha llegado a registrar en algún punto en concreto de la zona valores de 13-14% de oxígeno. La ciencia, cuando quiere, es interesada y parcial. Por ejemplo, si yo digo que el aire que expiramos, al salir por nuestra boca y/o nariz, que es aproximadamente 11.000 litros diarios, contiene un 5,5% de CO2 (55.000 ppm) y 15% de O2. Un ambiente con este aire sería incompatible con la vida, y sin embargo es aire que expiramos”. Y sigue diciendo que “todo esto, a nivel científico, lo explicaré en otro artículo”.

Esperamos ese artículo, que ayude o contribuya a ser exquisitos científicamente. Asimismo, me pregunto sí es lo mismo expirar ¿cuántos litros cada vez? Me acabo de dar cuenta por ello que quizá tenemos nariz para inspirar y boca para expirar, aunque no todos podamos hacerlo, precisamente para que el CO2 que tiende a bajar, no sea devuelto a nuestro cuerpo con el oxígeno que inspiramos. Quizá, no sea lo mismo expulsar CO2 que tragarlo muy bien “concentrado” que el que se diluye al expirar ante un medio muy bien oxigenado. Utilizar ese argumento no parece tanto de científico como el mío, que es de no haber superado ni “octavo”. Permítanme el atrevimiento de mi opinión, pero es que en algunas cosas, el silencio, no es buen consejo, porque aunque el silencio no otorga, tampoco debe imperar la no respuesta ante evidencias de ambientes que con más de 50.000 ppm de CO2, límite de los aparatos de medición, o concentraciones menores, pero que han hecho disminuir el oxígeno a niveles supuestamente incompatibles con la vida, no es lo mismo, dicha medición a nivel de suelo que a la cintura que a mi altura de 1,80, que poniéndome de puntillas, respiro otro aire. Y, esto, conscientes y trabajando, puede ser una escapatoria, pero no lo será para los seres queridos en su etapa de infancia, inconscientes por naturaleza e inexperiencia vital, como la de otras personas que, con información parcial, sería lógico que hicieran caso a personas bien formadas, máxime, si es profesor y más, de Ciencias Químicas, o como el Sr. Aldo, doctor en Medicina y docente en Fisiología.

En mi caso, nada que ver con dichas titulaciones, y no vengo a contradecir sus argumentos aunque quizá sí, sus hipótesis, porque esas, las de campo, tengo algunas de los meses que llevamos “ahí abajo”; por otra parte, como ingeniero, quizá con una visión más pragmática, y algo de conocimiento teórico ya que también estudio procesos de depuración, gases, y ha trabajado en sellado y clausura de vertederos, donde también se producen gases, o por aquello de la obra pública, así como curioso y observador, pero, sobre todo, por mi responsabilidad como director del plan de autoprotección y de prevención para que se pueda permitir el acceso a los regantes y agricultores de Las Hoyas, me permite, aunque no tenga autoridad, el atrevimiento, junto con los datos del equipo de seguimiento que realiza el control de accesos y la vigilancia de la evolución de las zonas de riesgo en el litoral de La Bombilla, he de decir que, la información, mejor contrastarla en condiciones también empíricas de los sucesos que ocurren y hacerse las preguntas oportunas, es más conveniente que fomentar aún más el proceso de confusión. Si nos vemos, podemos enseñarle videos de algunos de esos “datos empíricos”, para que Ud., o el Sr. Aldo, formulen sus hipótesis antes de aventurarse con los resultados. Para las otras personas que nos leen, decirles que quizá sean más importantes las preguntas que nos hagamos, que las respuestas que leamos; ojalá, el volcán, disminuya su desgasificación y estemos en otro escenario: es decir, no tendrá más razón ‘la otra parte’, sólo habrán cambiado las hipótesis, las condiciones, para esa razón. Es decir, habrá una capa menos de cebolla, y otra menos, por lo que nos quedará poco para dejar de llorar. 

 

*José Tomás Rodríguez de Paz es ingeniero Civil, máster en Prevención de Riesgos Laborales, especialidad Higiene Industrial, y técnico redactor de Planes de Autoprotección acreditado por el Gobierno de Canarias con el nº TR 000611.

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