Las históricas carencias que arrastran los barrios de Gran Canaria donde brota la xenofobia

Un vecino de La Isleta muestra un solar donde algunas personas consumen droga ALEJANDRO RAMOS

Sentados sobre un muro, en una estación de guaguas de Las Palmas de Gran Canaria, cuatro jóvenes hablan con la música del móvil de fondo. La conversación se interrumpe cuando llega la Policía Nacional. “Documentación”, les piden los agentes. Acto seguido, los cuatro muestran lo que llevan encima. Son marroquíes y no es la primera vez que les ocurre. “Nos preguntan si tenemos papeles y luego se van”, explica Karim Lemkhoudem. Cuando cumplió la mayoría de edad, hace cuatro meses, se quedó en la calle, después de pasar dos años en centros de menores tras haber llegado en patera. Allí aprendió español e iba al instituto. “Él sí tiene documentación, residencia, pero la perdió y no le dejan renovarla”. Con un gesto de cabeza, señala a su amigo Abdeljabbar Koabar, quien asegura que lleva dos años sin un techo estable. Tiene un coágulo de sangre en un ojo. Hace unos días recibió una paliza en el barrio capitalino de Las Rehoyas, cuando paseaba “con una amiga canaria”, después de la difusión de imágenes que mostraban una pelea en un aparcamiento del Sur de la isla. Muestra sus heridas en un pie, el codo y el brazo. Las agresiones a personas migrantes se han propagado por la isla desde hace semanas, y las movilizaciones xenófobas y en contra de la inmigración se han reproducido en l zona turística del Sur y en la capital. En todos los casos, los escenarios de las protestas han sido barrios olvidados por la política que arrastran históricas carencias. 

La isla se ha convertido en una olla a presión. La mecha ha ido creciendo, espoleada por mensajes en las redes sociales que han alentado a organizar persecuciones contra marroquíes. ‘’Los moros van a morir, te lo digo así de claro’’, amenazaban algunos usuarios. Las protestas contra la inmigración saltaron de las redes a las calles de barrios como Las Rehoyas, La Isleta o El Lasso, donde los vecinos aseguran que la política siempre les ha dado la espalda. Dicen estar hartos de la inseguridad y el miedo que, desde su punto de vista, provocan los magrebíes. Sin embargo, los datos desmontan esta sensación. La Delegación del Gobierno en Canarias y la Policía Nacional  han probado que la criminalidad no ha aumentado en el Archipiélago tras el incremento de las llegadas de pateras y cayucos. Las infracciones penales en las Islas cayeron en un 6% durante el último cuatrimestre de 2020 y en los dos meses de mayor presión migratoria del año pasado, octubre y noviembre, la criminalidad cayó en un 1% y un 3% respectivamente. En diciembre, el descenso fue de un 18,8%.  Las infracciones cometidas por personas migrantes son 122 y, de esa cifra, 45 tienen relación con la seguridad como robos, hurtos, y peleas entre ellos. El resto, con delitos de falsedad documental.

La noche del 27 de enero, vecinos del barrio de Las Rehoyas vulneraron el toque de queda con música, alcohol y sin respetar las medidas sanitarias para protestar con pancartas en las que se podía leer "Pedro Sánchez, corrupto. No hay cama pa’ tanta gente”. Las Rehoyas arrastra desde hace años el estigma de “la delincuencia y las drogas’’. En un artículo de noviembre de 1982, Canarias7 publicó que era uno de los barrios “más característicos” de la ciudad y destacaba “la ropa tendida” y sus calles “estrechas y laberínticas”, unas estampas que se mantienen. El barrio está en la parte alta de la ciudad, aislado del centro, como consecuencia de la construcción de polígonos de viviendas del Patronato Francisco Franco a partir de los años 60 del siglo pasado. Se edificaron 2.506 inmuebles y el paro era el principal problema. Hoy está en proceso de renovación, con “la mayor operación de reposición de viviendas de la historia de Canarias, con 2.500 nuevas”, según el alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, Augusto Hidalgo (PSOE). Esta se planteó por primera vez en 1999.

Los vecinos dicen que los marroquíes acudían con una ‘’actitud agresiva’’. Dicen que “han robado ropa tendida” o “acechaban” a las hijas de los residentes. Un día, uno de los habitantes de Las Rehoyas fue apuñalado. Las versiones sobre lo ocurrido difieren entre los propios vecinos. “Yo no sé el motivo por el que los marroquíes hicieron lo que hicieron aquí. Pero eso hizo que todo el mundo fuera contra ellos”, explica Juan*. Después del suceso, vecinos del barrio dieron una paliza a jóvenes migrantes. 

Ayoze* muestra la cicatriz en su pecho y reconoce que los canarios también roban o delinquen, pero considera que “es diferente” porque “hay un respeto” y se establecen límites. ‘’Ellos están rompiendo la convivencia y, si vienes con una actitud violenta, lo que vas a recibir es violencia”. A pesar de que las aguas están más calmadas en Las Rehoyas, Ayoze percibe “la tensión” que existe: ‘’Un cruce de miradas puede acabar mal”. Cree que la situación puede ir a peor porque “la isla entera está caliente”. 

A pesar de la precariedad, los vecinos de Las Rehoyas no recuerdan una movilización para reivindicar mejoras para el barrio similar a la protesta contra la inmigración. “Aquí hace falta más vigilancia policial”, reclama Juan, quien explica que en la zona habita “gente trabajadora y otros que no dejan vivir”. “Hacen falta actividades, que la gente pueda entretenerse”, reivindica Jonathan*. Ninguno considera que sea un barrio racista, porque en el vecindario “viven personas de diferentes nacionalidades o tienen negocios". “Desde que se acabe todo esto, quitaremos las pancartas y nosotros mismos pintaremos las paredes”, asegura Jonathan.

Los brotes xenófobos y las protestas antiinmigración han pillado por sorpresa a la política canaria, que desde que comenzó la crisis migratoria en las Islas confió en que la comunidad autónoma tendría una respuesta solidaria por su pasado emigrante. Pero el bloqueo de personas durante meses en las Islas, los mensajes de criminalización hacia los extranjeros y la culpabilización al migrante de la caída del modelo turístico que sostiene la economía de Canarias ha desbaratado esta creencia ‘’ingenua’’. La socióloga Esther Torrado explica que “pensar que no hay actitudes de prejuicio hacia el otro es un poco ingenuo, pero nadie nace racista’’. ‘’Nos hacemos racistas a través de cómo nos educamos. Desde luego, lo que nos está pasando ahora (desempleo, caída del turismo, recorte de servicios), no tiene que ver con los migrantes, sino con las políticas que se han hecho en España. La gente debería salir a la calle a protestar en contra de que el precio de la comida sea igual para un rico que para un pobre’’, concluye la experta.

“Si tocan a uno de los nuestros, van a pagar todos”

Al colegio de Las Rehoyas se deben desplazar chicos y chicas desde el barrio de El Polvorín, cuyo centro escolar cerró a principios de siglo por falta de alumnos. En la actualidad es un centro de Protección Civil, habilitado por Cáritas a principios de 2020 para acoger migrantes. Ubicado en el cauce del barranco de Mata, El Polvorín también se edificó en los años sesenta con viviendas de protección oficial en lo que antaño fue un almacenamiento de munición militar en las afueras del centro histórico de Las Palmas. “Lavaron la cara al barrio, pero dentro no ha cambiado mucho”, asegura Airam*, vecino de la zona. Junto a Cristian*, cuenta que solo hay dos tiendas, el resto son viviendas. El supermercado más cercano está a media hora y los jóvenes se reúnen en una acera interior. “Todos los barrios tienen un parque, nosotros lo más que tenemos es una cancha en la parte baja y unos columpios”, señala Cristian. 

Cuenta que hace unos días escuchó a unos chicos diciendo que “iban a ir a por los moros” y les aconsejó que “estuvieran tranquilos y callados”. Las imágenes de los incidentes propagados por redes sociales también han generado un clima que mezcla inseguridad, rabia y medio. “Los medios de comunicación han inflado mucho todo esto, diciendo que los canarios somos peores que los marroquíes”, añade Airam. Relatan que en el barrio no se han producido altercados con migrantes, pero “si tocan a uno de los nuestros iremos todos a responder y van a pagar todos. No somos racistas, pero lo seremos”, sentencia Cristian, quien solo ve una solución para evitar males mayores: “Tienen que sacarlos de aquí”.

‘’Aquí no queremos negros” 

En el barrio de El Lasso, los migrantes han sido amenazados hasta con machetes, según publicó elDiario.es. El rechazo de los vecinos a la instalación de un campamento de acogida en la zona fue manifestado con gritos racistas por primera vez durante la visita del ministro de Migraciones, José Luis Escrivá, al CEIP León, donde está instalado el recurso. “¡Aquí no queremos negros!”, gritaban unas vecinas. Después de dos meses en funcionamiento, las palabras se han convertido en agresiones. Ahora comienza a ser habitual que los inmigrantes allí alojados reciban pedradas en el patio por parte de los vecinos. Muchos residentes justifican su reacción con bulos, asegurando que han apuñalado a un guardia de seguridad en el centro o que se realizan fiestas. “Yo llevo aquí desde el 18 de diciembre y apenas ha habido incidentes. Lo más grave fue la protesta”, cuenta uno de los guardias refiriéndose a la manifestación que tuvo lugar a las puertas del campamento el pasado fin de semana. 

El Lasso es uno de los barrios aislados del núcleo capitalino. Según los vecinos, la incomunicación respecto al resto de la ciudad es cada vez mayor. Además, critican que el colegio León, que lleva tres años abandonado, haya sido destinado a la acogida humanitaria y no se acondicione para sus hijos. El alcalde, Augusto Hidalgo, explicó que el centro tenía muy pocos alumnos y que estos han sido reubicados en otras escuelas, corriendo el Ayuntamiento con los gastos en transporte. 

Viviendas agrietadas 

Del Colegio León al barrio de Zárate hay apenas 2 kilómetros de distancia. El rechazo de algunos vecinos hacia los marroquíes también se ha extendido a esta zona. Sara, que lleva medio siglo viviendo en el barrio, dice que el alcalde los “engañó” con la escuela al quedar habilitado como lugar de acogida. El boca a boca ha generado una sensación de inseguridad que hace “que la gente salga a la calle asustada”, dice Gabriel*. “Mi madre me pide que la acompañe a las 5 de la mañana a la parada de la guagua para ir a trabajar porque me dice que tiene miedo de ir sola”, añade Maikel. Todos justifican sus temores hablando de una supuesta violación de una chica residente en el barrio. El Juzgado de Instrucción número 8 de Las Palmas de Gran Canaria decretó prisión provisional el pasado 13 de enero para un hombre acusado de haber agredido sexualmente a una joven. Según fuentes policiales, el agresor fue un hombre extranjero asentado en Gran Canaria desde hace años, no un recién llegado. 

Sara siente que tanto el presidente del Gobierno de Canarias, Ángel Víctor Torres, como el alcalde de la capital, dan la espalda a los vecinos de los barrios. Augusto Hidalgo ya mostró su rechazo a los comentarios xenófobos de algunos residentes de la capital. ‘’Nos critican que todo lo que decimos son bulos. Nos tachan de racistas, pero somos realistas’’, asevera Sara, que ha trabajado en hostelería y en limpieza, pero ahora cobra 400 euros al mes porque está de baja.

En los años sesenta, el Cabildo de Gran Canaria, el Patronato Francisco Franco y la antigua Caja Insular de Ahorros promovieron las viviendas en Zárate y crearon el barrio ubicado en laderas. Maikel relata que lleva casi un año en desempleo y sin derecho a prestación. A sus 22 años, ha trabajado en el almacén de una juguetería y en cruceros. Pero a pesar de los cursos que ha realizado, no encuentra nada. “Vivo con mis padres y gracias a ellos estoy en pie”, añade. Ante los testimonios de sus vecinos, Gabriel enfatiza que “ir a un hotel con tu familia te cuesta 900 euros por cuatro días”, y cree que los migrantes acogidos en complejos turísticos están en una situación de privilegio  frente a los isleños. Acusan al Ayuntamiento de inacción ante aceras y carreteras en mal estado, viviendas agrietadas y parques que precisan de mantenimiento. “Este barrio tiene medio siglo y solamente han arreglado las fachadas una vez. El Ayuntamiento está arreglando todos los barrios y aquí no viene. No siempre tienen que tenerlo todo los barrios ricos”, añade Sara, quien no esconde que, a pesar de reconocerse votante del Partido Popular, confiesa que se está planteando votar a Vox. “Necesitamos otro gobierno, que dimitan los que están ahora”.

“¿Por qué no los llevan a zonas ricas?”

Una asociación vecinal de La Isleta, donde el pasado 30 de enero tuvo lugar una protesta con pancartas en las que podía leerse “no es inmigración, es una invasión”, prevé organizar una marcomanifestación cuando la situación epidemiológica de Gran Canaria mejore. El vecino Juan Antonio Martínez asegura que han eliminado de la concentración a todos los grupos que tenían intención de “crear una guerra”. El estibador jubilado critica que los centros de acogida de migrantes se hayan instalado en los barrios más desfavorecidos de la isla. ‘’¿Por qué no los ponen en las zonas ricas? ¿Por qué no les dejan irse a Europa? El señor Marlaska se ha empeñado en crear un búnker entre las siete islas’’, asevera. Este bloqueo es, para Martínez, el motivo de los incidentes protagonizados por algunos migrantes. ‘’Lo que hacen  es lo que pasaría si la gente de Gran Canaria se queda sin trabajo: vandalismo’’.

La Isleta ha sido históricamente un punto de encuentro para personas de todo el mundo, que hacían vida en el barrio a partir de la actividad portuaria. De hecho, la zona conmemora el 26 de febrero su aniversario porque en esa fecha de 1883 se colocó la primera piedra del Puerto de La Luz y de Las Palmas. Ahora, el pueblo rechaza que se instale un campamento en una nave de la zona que pertenecía a Bankia. 

Según los últimos datos de Cáritas, La Isleta es la zona de Gran Canaria en la que la asociación ha realizado más intervenciones (489), buena parte de ellas relacionadas con el área de vivienda. La zona arrastra años de problemas de chabolismo, falta de formación y de lucha con el Ayuntamiento. Juan Antonio Martínez denuncia que las calles están ‘hechas polvo’’, que hay redes de prostitución en un solar abandonado cerca del que viven personas mayores y que en una obra que se desmorona ‘’pasan los días varios toxicómanos’’. ‘’No nos atiende nadie, cuando viene el alcalde no quiere ver la zona oscura del barrio”.  

Para la socióloga Esther Torrado, “el racismo no tiene que ver con la clase social”. “Es más fácil señalar al de abajo que al de arriba. Ahora se han unido la crisis de la COVID-19, los mensajes xenófobos de partidos de extrema derecha y la desinformación. Nos hacen creer que los extranjeros nos quitan nuestros derechos. Pero quienes nos roban son las empresas evasoras, las multinacionales, los que no tributan a Hacienda y los que recortan en educación y sanidad’’.

Torrado lamenta la percepción negativa sobre la inmigración que se ha construido. ‘’En España hay un problema de memoria histórica. Muchos inmigrantes hacen los trabajos que nosotros no queremos asumir. Aportan al futuro de las pensiones y al equilibrio demográfico, que en este país va hacia la hecatombe’’. A pesar del aumento de la crispación social y las tensiones en Gran Canaria, desde una estación de guaguas en la capital isleña, Karim Lemkhoudem dice que no tiene miedo. “¿Por qué iba a tenerlo? Solo tengo miedo a Alá” y, tras una pausa, añade “al final te vas a morir sí o sí, entonces ¿de qué puedes tener miedo?”.

*Nombres ficticios.

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