La administración pública
Si nos ponemos a pensar el futuro es lógico que la mente preocupada se dispare al futuro de las pensiones o a la inteligencia artificial. Aquello que nos puede cambiar la vida. Si pensamos en el presente, aquí y ahora, pensaremos en la vivienda, en la emigración y en las miserias de la administración pública. Parte de aquello que ya nos cambió la vida.
La emigración es problema grande porque se producen suficientes episodios para desgarrar el cuerpo social. La salud de nuestra sociedad empeora ante esos inmigrantes en la medida que se practica como en pocos asuntos la desinformación, la división y la falta de compasión.
La vivienda cae en bucle. Máxima entropía que conduce al máximo desorden. Cuando se detectó el problema, los responsables públicos, incapaces, empezaron a hablar de los vulnerables y de la crisis habitacional y para proteger a los vulnerables se instaló la inseguridad jurídica, tocando ciertas teclas que nunca se deben tocar. No supieron proteger a los vulnerables y fabricaron más vulnerables. Hoy la vivienda amenaza con ser un factor sobrevenido llamado a jugar un papel nefando, una condición de pobreza no necesaria pero sí suficiente para ciertos colectivos.
Pero quiero ahora enfocar a la administración pública, esa legión de servidores públicos, que muchos de ellos, sirven a todo menos al público. La administración hoy dispara fuego amigo contra el ciudadano. En la obra de Franz Kafka, no es lo principal lo drolático ni lo esperpéntico. Eso es el estereotipo. Lo principal es la administración y los funcionarios que no son meros empleados públicos, sino que representan el rostro visible de un poder invisible y absurdo. Barreras invisibles, sombras corriendo detrás de sombras. Un poder necesario para regular la convivencia que financiado por el público es muy fácil que maltrate a ese público. Tiene una condición peculiar, que a fuerza de retorcer la democracia a veces es muy democrático, porque afecta por igual al poderoso y al menesteroso.
Las cosas suceden así: el político dice yo no me la juego si no me cubre las espaldas un informe técnico. Y hace años una oposición miserable que no sabía hacer oposición, invitó a la fiscalía al baile. Pues si tu no te la juegas, dice el técnico al político, porque quieres repetir en las listas, tampoco me la juego yo, que quiero cobrar al final de mes. Y para eso redactaré un informe que no será el más justo, ni el que mejor conviene a los intereses públicos, pero será el que cubra mis espaldas de la mejor manera. Y ve el ciudadano como siempre le dicen lo mismo, pero no matan a nadie como mataron a Robespierre por decir siempre lo mismo. Esta vulgar forma de ejercer la función pública es casi general y solo cabe exceptuar a los órganos más selectos de la administración pública.
En fin, dice el aserto japonés, la tacha que sobresale es la que se lleva el martillazo. Y nadie quiere ser esa tacha. Todos cuerpo a tierra. Esto que queda dicho afecta a todos por igual, a sencillos ciudadanos y a grandes corporaciones. El público se desincentiva, la salud se resiente y la riqueza disminuye. El futuro se ve peor y no olvidemos que una de las enfermedades frecuentes que padecemos es la falta de vista para conocer el futuro.
Es más fácil describir lo que no existe de lo que existe. Una cosa es inventar fábulas y otra saber la moraleja. La fábula es la de un pueblo que vive cosas difíciles de contar. Cosas locas. Cuento que van a aflojar 500 millones de euros para compensar a los afectados por la moratoria y les cuento que se van a gastar 250 en arreglar el Estadio de Gran Canaria. Pongamos que hablo de Fuerteventura donde se trae la arena en barco para hacer el hormigón. Pongamos que la moraleja es que este camino no conduce a ningún sitio bueno.
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