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Cuando la filtración sustituye a la justicia. Condenados antes de sentencia

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La justicia tarda; la sospecha no. Y en ese desfase se consuma una de las mayores deformaciones del Estado de Derecho: el castigo social suele adelantarse al pronunciamiento judicial. Basta una filtración, un informe o un titular para que alguien quede condenado en la plaza pública antes de haber sido juzgado.

La ley es rotunda, pero la realidad no la obedece. La presunción de inocencia obliga a tratar como inocente a toda persona mientras un juez no diga lo contrario. No es una cortesía jurídica, ni una fórmula de manual, ni una cláusula para adornar sentencias. Es una garantía básica del Estado de Derecho. Sin embargo, basta con que un nombre aparezca en un informe policial, en una filtración o en un titular para que esa garantía se quiebre ante los ojos de todos.

Ese es el corazón del problema: la justicia avanza despacio, pero la sospecha corre. Y cuando corre, arrasa. Lo hace con la reputación, con la vida profesional, con la tranquilidad familiar y, en el caso de quien ejerce responsabilidades públicas, con su credibilidad. La absolución puede tardar años; el castigo reputacional llega en una mañana. El archivo judicial ocupa unas líneas; la acusación inicial abre portadas, tertulias y conversaciones de café. Esa desproporción, repetida una y otra vez, no es un daño colateral del sistema: es una de sus mayores disfunciones.

Conviene recordar algo elemental: en un Estado de Derecho no decide la policía, aunque en ocasiones sí, no decide una filtración, no decide la prisa del informativo y no decide la corriente emocional de las redes sociales. Decide el juez. Solo el juez, al final del proceso y tras valorar las pruebas con todas las garantías, puede decir si hubo delito o no. Todo lo demás debería moverse en el terreno de la cautela. Pero la cautela es, precisamente, lo primero que suele desaparecer cuando una investigación se convierte en espectáculo.

A partir de ahí se activa un mecanismo bien conocido. Aparece un informe, se filtran fragmentos, se seleccionan frases, se construye un relato y la persona señalada comparece ante la opinión pública como si ya hubiera cruzado el umbral de la culpabilidad. La llamada pena de telediario no es una expresión exagerada: es una realidad española perfectamente reconocible. No hace falta una condena para destruir una imagen pública; basta una sospecha bien difundida.

La asimetría es brutal. Levantar una sospecha lleva horas; desmontarla puede exigir años. Publicar una acusación es fácil; reparar una reputación, casi imposible. Entre una cosa y otra queda atrapada la vida de quien soporta la investigación: la familia que asiste atónita al linchamiento, el profesional que ve manchado su nombre, el servidor público que queda políticamente amortizado, aunque el procedimiento termine en nada. La justicia llega, a veces, pero llega tarde para lo que más importa: el honor, la paz y la confianza de los demás.

Y, sin embargo, no todo lo que entra en un informe policial merece convertirse en verdad pública. La versión de los hechos que la policía eleva al juez durante la investigación es, en ocasiones, una reconstrucción todavía provisional, y no siempre está libre de errores, exageraciones o incluso de un tono casi novelesco en la forma de enlazar indicios y sugerencias. A veces se interpretan datos antes de comprobarlos. A veces se hilvanan conversaciones ajenas o elementos incompletos hasta formar una hipótesis acusatoria que más tarde no resiste el contraste judicial. Y mientras esa depuración llega, el afectado ya ha pagado un precio altísimo sin haber tenido siquiera ocasión real de defenderse en igualdad de condiciones.

No se trata de negar la necesidad de investigar ni de cuestionar el trabajo de jueces, fiscales o cuerpos policiales cuando actúan dentro de la legalidad. Se trata de señalar una evidencia incómoda: el sistema ha normalizado que el castigo social se adelante al pronunciamiento judicial y eso tiene culpables, los propios jueces, está en sus manos evitarlo. Y eso erosiona una garantía que no protege a los poderosos ni a los culpables, sino a todos. También desgasta la imagen de la propia justicia en España, porque una jurisdicción que tolera que la sospecha se transforme en condena pública antes de tiempo termina proyectando impotencia o resignación allí donde debería afirmar con claridad la primacía de las garantías. Lo más preocupante es que no siempre se advierte una reacción suficientemente firme para corregir esa deriva. Porque nadie debería descubrir lo que vale la presunción de inocencia el día en que ya la ha perdido en la plaza pública.

Queda, además, una pregunta que casi nunca se formula con la contundencia debida: ¿quién filtra? Porque una investigación no se derrama sola sobre los medios. Si aparecen diligencias, extractos de declaraciones o informes reservados, es porque alguien con acceso a ellos los ha puesto en circulación. Y eso reduce mucho el círculo. Lo inquietante no es solo que ocurra, sino que ocurra con una frecuencia demasiado reconocible y con un sesgo difícil de ignorar: no pocas veces esas revelaciones encuentran eco en medios ideológicamente alineados con el interés de quien necesita fijar cuanto antes un relato de sospecha. No se trata solo de una mala práctica periodística o de una deslealtad procesal; se trata de una quiebra de las garantías que deberían proteger tanto la investigación como, sobre todo, la presunción de inocencia del afectado.

Por eso convendría empezar a decir las cosas con claridad. En España no solo existe el riesgo de ser investigado injustamente; existe, sobre todo, el riesgo de ser condenado antes de tiempo por el tribunal más veloz y despiadado de todos: el de la exposición pública. Y cuando la inocencia llega por fin, muchas veces ya no repara nada.

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