Intemperie
Me preocupa que ya no podamos pensar en público, y no solo por el dicho consabido de que todas las opiniones deban resultar respetables. Hace tiempo que sabemos que la desinformación ha marcado una polarización y el desgaste de cualquier conversación común, hasta el punto de que muchas veces ya ni podemos estar seguros de lo que se discute. Pero acabaremos callándonos del todo, no porque hayamos dejado de pensar lo que pensamos, sino porque no podremos más con la violencia que provoca decirlo.
Leo que una amiga escribió en redes un mensaje crítico sobre un programa de televisión y recibió doscientos mensajes tremendos; algunos le deseaban directamente la muerte.
En el caso de una escritora desinvitada a una ponencia en Granada, el desacuerdo deja de formularse como argumento y llega convertido en amenaza y expulsión. La cultura deja de ser un espacio que debería admitir la contradicción, el matiz y, claramente, la incomodidad que supone desenredar lo que no entendemos de nuestros propios prejuicios y pensar qué hay en el argumento del otro que pueda tener algún sentido.
¿Se puede estar frontalmente contra un gobierno y defender un boicot político o institucional a un país y, al mismo tiempo, preguntarse si una escritora que rechaza el boicot cultural debe quedar fuera de una conversación literaria por pensar así? ¿Una cosa invalida necesariamente la otra? Hace mucho que las burbujas solo nos enseñan, mayoritariamente, lo que está cerca de nuestro propio pensamiento. Y empieza a resultar muy difícil saber qué ocurre cuando en esa misma burbuja no encontramos discusión, sino una avalancha de insultos, o cuando un lugar creado precisamente para la conversación decide que determinadas posiciones no deben llegar a formularse.
Si dejamos de discutir qué dice alguien y empezamos a decidir si tiene derecho a decirlo, estableceremos de antemano cuáles pueden comparecer en el espacio público. Y, obviamente, todos sabemos que un espacio público en el que solo se puede hablar después de haber demostrado que se piensa como dicta la ortodoxia deja de ser un espacio de pensamiento.
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