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Estoy loco

Eduardo Serradilla Sanchis / Eduardo Serradilla Sanchis

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Lo primero que debo decirle al lector es que mi demencia no se debe a un “ir y venir de maletas y otras desgracias”, como le ocurriera al genial cómico Louis de Funés en la no menos genial comedia Oscar.Mi demencia se debe, en gran medida, a los comportamientos sufridos durante mis experiencias personales y profesionales –tanto en carne propia como por las personas con las que he tenido el privilegio de compartir dichas experiencias-. Mi demencia se debe al comportamiento de un indocumentado –apareció donde estaba trabajando y ni siquiera se presentó como es debido- e impresentable funcionario que demostró la razón de la mala prensa de dicho colectivo. El mentado individuo, saltándose cualquier lógica de convivencia, y tras increpar a las personas que estaban trabajando conmigo, se acercó a mí y continuó con su festival de incoherencias, insultos y malos modos. Tras lograr enterarme –no sin problemas- que la razón de todo aquello se debía a que estábamos trabajando sin su conocimiento -primera noticia de que debíamos contar con su augusta presencia- nos ordenó que dejáramos de trabajar para él poder demostrarnos lo equivocados que estábamos. Ante tal “exquisita” petición, le dejamos hacer para luego comprobar que no sólo no aportaba nada sino que terminaba dejando las cosas donde estaban en un primer momento. Cuando el personaje se dio cuenta de lo que pasaba, regresó a sus malos modos, momento en el que decidí comentarle que, para bien o para mal, yo era el responsable final de aquella actividad y que, si nadie me decía lo contrario, era mi criterio el que debía prevalecer. ¡Para qué fue aquello! Menos llamar a la inquisición le faltó poco. Para su desgracia, su falta de educación y su prepotencia, la dirección del organismo oficial en el que estábamos trabajando le dijo que todo aquello era verdad y que mejor que se fuera por donde había venido. Así lo hizo, pero imagino que jurándome odio eterno y esas cosas. Al siguiente año volvió a aparecer, con mejor talante, pero con una boca igual de grande para decir inconveniencias. Esta vez no le presté el menor caso, dado que su actitud del año anterior ya me había enseñado por dónde iban sus intenciones. Mi demencia también está causada por los malos modos, la grosería y la falta total de ética de quienes no se cortaron lo más mínimo, chillando, insultando e increpando a las personas encargadas de la limpieza del mismo centro oficial, pensando que la esclavitud no se abolió cuando lo hizo. Resulta sangrante ver cómo una persona que se cree ungida por un poder superior –esto es, formar parte de una administración caduca y anquilosada en los malos modos- piensa que tiene la potestad de tratar a los demás como basura, dado su estatus. En una tira de prensa queda “gracioso” ver lo que le ocurre al padre de Mafalda cuando conoce en la playa a un señor que, tras confundirle con otro, le sentencia que él es… subido en un pedestal y con una corona de laureles en su testa. En la vida cotidiana las personas deberían saber cuál es su papel, por mucho cargo que tenga y sobre todo con quienes hacen un trabajo tan particular como es recoger la basura de todos los demás, trabajo a buen seguro ellos no serían capaces de hacer. Mi demencia viene por escuchar a una responsable de protocolo, de otro organismo oficial, prometer toda una batería de fondos y material, muchos absolutamente innecesarios –según mi criterio- mientras el mismo organismo oficial mantenía una actitud penosa y carente del más mínimo respeto profesional por quienes le estaban ayudando a apuntalar sus paupérrimas estadísticas anuales. Y que quede claro que no me incluyo en el grupo formado por personas a las que cito. Como personal externo y llamado para ejecutar un cometido tenía la suerte de vivir desde fuera, pero de manera intensa, lo que pasaba a mi alrededor y termina siendo muy doloroso ver como quienes no son capaces de pensar ni cuándo van al baño menosprecian el trabajo de personas serias, preparadas y que raramente ocasionan ningún problema. Lo peor de todo es que la misma jefa de protocolo que repartía medios y dineros como si fueran pastillas de goma no le temblara el pulso de recurrir a los resultados de la actividad organizada por las personas a las que había menospreciado, sólo unos días antes, queriendo justificar su propia y mayúscula incompetencia, a costa del trabajo de otros. Y mi demencia se debe a los modos y las maneras de quienes se catalogan como defensores de una determinada disciplina y luego son sólo una pandilla de chismosos, amantes de la difamación, la mentira y el enredo. Son los mismos que se pasan el día quejándose de la situación en la que viven y, a reglón seguido dilapidan cualquier opción y/ o persona que esté dispuesta a terminar con semejante situación. Para el “enfadado” lector que me recriminaba que quién era yo para afirmar que no se podía hablar con determinadas personas, le diré que los ejemplos antes citados, salvo el último, están sacados de experiencias vividas en los últimos diez años y que, para mal, la ideología imperante en los organismos públicos de las dos principales islas ha sido la misma hasta las pasadas elecciones. Lo siento si le molesta, pero los modos tienen un sello y una determinada ideología adjunta. Sobre los segundos, sólo puedo decir que el tiempo los está colocando en su sitio, aunque no a todos -siempre hay plagas que tardan más en ser controladas- lo que confirma la mediocridad que motivaba y motiva sus existencias. Supongo que para el sagaz lector mi demencia no estará justificada por los casos antes comentados –él piensa que yo no tengo capacidad para afirmar lo que afirmo-. Será eso, que no sé nada y que yo soy el que está equivocado. Puede, pero sólo espero que quienes acaban de llegar no copien los modos y maneras de quienes estaban antes, devolviendo la cordura y la educación a la administración, por lo menos en el área de cultura. Yo ya no tengo remedio, pero el resto no tiene culpa de nada, y mucho menos de la impresentabilidad de los que estaban antes. Eduardo Serradilla Sanchis

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