LA DIETA DE LOS GUANCHES / 2
¿Los indígenas canarios comían más carne o pescado? ¿Y lobos marinos?

Recreación de una familia benahoarita trasladando un rebaño de cabras a una zona de pasto en La Palma.

Luis Socorro

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Los antiguos canarios comían de todo. Eran omnívoros. No tenían otra alternativa, ya que los recursos no solo eran limitados, sino que, en ocasiones, sufrieron crisis agrícolas debido a incidencias climáticas. Está acreditado el consumo carne y pescado en todas las islas, pero no fue homogéneo, como veremos en esta segunda entrega sobre la dieta de los primeros habitantes de Canarias. ¿Consumían más pescado o carne? ¿Y lobos marinos? ¿Hubo variaciones en la dieta a lo largo de los aproximadamente 1.500 años de la cultura amazige en el Archipiélago? Resolveremos algunas incógnitas sobre el consumo de reptiles y también indagaremos sobre un producto que pasa desapercibido en las crónicas y del que no hay registro arqueológico. ¿A qué alimento nos referimos? Conoceremos estudios de zooarqueología y también las investigaciones de un catedrático de Medicina Interna aplicadas al universo prehispánico: explorando restos óseos, ha determinado enfermedades que sufrieron debido a crisis alimentarias.

Los análisis de isótopos estables es una eficaz herramienta para la arqueología ya que transforma paisajes químicos en evidencias, por ejemplo, sobre la nutrición. Descubiertos en el siglo XX, los estudios de los isótopos se aplican en otras disciplinas como la medicina forense o la criminología. El arqueólogo tinerfeño Elías Sánchez Cañadillas es una autoridad en la materia, autor de la única tesis doctoral realizada en Canarias sobre estas variantes de los elementos químicos caracterizados por un núcleo atómico no radiactivo.

Aunque la ganadería fue fundamental para la subsistencia de los colonos venidos de África, como reflejan los estudios de Juan Carlos Hernández y Enrique Palacios sobre el pastoreo prehistórico en La Gomera y la distinción entre ovejas y cabras en fumarias arqueológicas, respectivamente, “Canarias”, puntualiza Sánchez Cañadillas en Nature Scientific Reports, “carece de análisis espacio-temporales exhaustivos de la gestión ganadera. Los análisis faunísticos sistemáticos solo están disponibles para La Palma [gracias a las investigaciones Jorge Pais] y un número limitado de yacimientos en Tenerife, Gran Canaria, El Hierro y Fuerteventura; en este sentido, destacan trabajos de zooarqueología liderados por la arqueóloga Verónica Alberto Barroso.

Esta especialista afirma que “se sacrificaban más cabras que ovejas, mayoritariamente ejemplares hembras adultas”. También, “especímenes infantiles, principalmente machos, con el objetivo de controlar la cabaña y regular las manadas”. Esta estrategia nos indica un “modelo de explotación orientado a la producción láctea más que el aprovisionamiento de carne”.

Verónica Alberto, autora de investigaciones zoorqueológicas, analiza muestras óseas en el laboratorio.

El análisis isotópico preliminar de huesos humanos realizado por Sánchez Cañadillas “indica dietas que dependen en gran medida de fuentes de proteínas terrestres, especialmente de animales domésticos. Sin embargo, sigue sin estar claro si estos patrones reflejan prácticas culturales heredadas de los primeros pobladores canarios o adaptaciones locales a las condiciones ambientales”. Además, añade el investigador, “se ha prestado poca atención a la explotación de animales salvajes, aunque estudios preliminares en Tenerife sugieren que la caza intensiva puede haber llevado a la extinción de algunas especies”.

Uno de esos estudios es obra de Verónica Alberto y se refiere al consumo y posterior extinción del lagarto Gallotia Goliath y del roedor Canaryomis Bravoi. Los restos y detritus culinarios de estas especies localizados en un área arqueológica de Buenavista del Norte, en Tenerife, certifican las conclusiones de la zooarqueóloga, publicadas en la revista de El Museo Canario. El Goliath pudo alcanzar una longitud de metro y medio y está documentado también en las islas de El Hierro, La Palma y La Gomera, aunque en esta última no hay registros en yacimientos. “El consumo de lagartos gigantes”, señala Alberto, “por parte de la población prehispánica ha sido documentada con fiabilidad en El Hierro y Tenerife, mientras que en La Palma sólo hay indicios”. La mayor parte de las evidencias recuperadas, precisa la zooarqueóloga, “tienen un origen paleontológico, es decir no están ligadas a la presencia humana en los yacimientos. Sin embargo, existen unos pocos restos con huellas de consumo que reflejan que las comunidades aborígenes testimonialmente pudieron acudir a este recurso”. Respecto al posible consumo del roedor, “esa especie solo se ha localizado en Tenerife, aunque existen pruebas de la presencia de ciertos múridos en Gran Canaria y La Gomera”. Empero, la especialista matiza que “el aprovechamiento del roedor no está tan claro como en el caso de los lagartos”.

En los yacimientos excavados por Alberto y otros profesionales en Buenavista, la presencia de restos de ovicaprinos es muy superior a la de reptiles y roedores, pero aún así, hay más registros del consumo de recursos marinos. Los estudios de Sánchez Cañadillas confirman un consumo generalizado en todas las islas de productos del mar, aunque en algunas islas más que en otras.

“Los restos faunísticos de yacimientos costeros en Gran Canaria, La Palma, Tenerife y El Hierro”, explica Cañadillas, “sugieren que la pesca y la recolección de mariscos eran vitales para la subsistencia.  La pesca costera se realizaba con tecnología simple; las tasas más altas (40%) de exostosis auricular entre las poblaciones costeras de Gran Canaria sugieren una mayor exposición al agua fría y una dependencia más pronunciada de los recursos marinos”, como han demostrado las investigaciones de Teresa Delgado, conservadora de El Museo Canario, y otros colegas. “Los recursos marinos”, continúa el doctor Sánchez Cañadillas, “también eran importantes tanto en El Hierro como en Tenerife, aunque los perfiles isotópicos revelan patrones dietéticos distintos entre las dos islas: las poblaciones de El Hierro muestran una mayor dependencia de los recursos marinos, mientras que las de Tenerife parecen haber consumido más proteínas animales y vegetales terrestres”. Las investigaciones de la doctora de la Universidad de La Laguna Matilde Arnay de la Rosa avalan estas afirmaciones.

Yacimiento de malacofauna en El Hierro, isla en la que el consumo de recursos marinos fue muy importante.

Carmen Gloria Rodríguez es una de las personas que más sabe sobre la dieta marina de los primeros pobladores del Archipiélago. De hecho, es la autora de la primera tesis doctoral sobre arqueoictiología realizada en Canarias. Para conocer al detalle cada uno de los restos ictiológicos -espinas, cabezas y escamas de pescados- y malacológicos -conchas de moluscos, como la lapa- localizados en los yacimientos, Rodríguez acudía a las pescaderías para destripar en el laboratorio, con ojos de cirujana, todas las especies que viven en el mar de Canarias y poder compararlas con los registros arqueológicos excavados.

“Todas las especies marinas que hemos encontrado en yacimientos de Tenerife, Gran Canaria, La Palma, El Hierro, La Gomera y Lanzarote son de litoral”, contaba Rodríguez a este diario en Amaziges de Canarias, historia de una cultura. “No hay ninguna que se capture en altura y, por lo tanto, que nos hable de artes pesqueras que les permitan llegar mar adentro. Pensamos que la riqueza íctica de aquella época sería considerable, por lo cual no hacía falta ir más allá del litoral para pescar”, asevera Rodríguez. En la próxima entrega de esta investigación periodística, esta ictioarqueóloga abundará sobre técnicas de preparación y conservación de los productos marinos.

Consumo de lobos marinos

El estudio del doctor Cañadillas sobre isótopos estables advierte que la dieta en las islas más desérticas -Lanzarote y Fuerteventura- estaba “posiblemente influenciada por alimentos marinos de alto nivel trófico”, es decir, por fauna que está en la parte alta de la cadena alimenticia, ya que a su vez se alimentaba de otras especies marinas. Un lobo marino, por ejemplo, tiene un alto nivel trófico. “Una de las hipótesis que se barajan para Fuerteventura y Lanzarote”, explica a Canarias Ahora-elDiario.es Cañadillas, “es el consumo de lobos marinos que todavía no se ha corroborado”. Tampoco se descarta el consumo de cetáceos al tratarse de animales que también están en la parte alta de la cadena alimenticia. Precisamente, este asunto es en el que está inmerso en la actualidad este arqueometrista junto a otros científicos.

Con todo, las investigaciones isotópicas presentan algunas limitaciones, ya que “señales similares pueden responder a dietas distintas o a factores no directamente relacionados con la alimentación”, sostiene la zooarqueóloga Verónica Alberto. En una de sus investigaciones, detectó elevados valores de nitrógeno en cabras y ovejas, algo que normalmente se asocia a un alto consumo de proteína animal. ¿Pero cómo se explica esto en animales herbívoros? La investigadora considera que estos valores no deben vincularse necesariamente con la dieta, sino con factores medioambientales o alteraciones diagenéticas que “aún no sabemos calibrar del todo, por lo que es necesario interpretar los datos con cautela”. Este enriquecimiento del nitrógeno “también se detecta en restos humanos, de modo que no siempre puede relacionarse directamente con el consumo de carne o pescado. Esto resulta especialmente relevante en las dietas marinas, ya que si el aumento del nitrógeno no va acompañado de un enriquecimiento del carbono, como ocurre en cabras y ovejas, su origen podría estar en otras fuentes”. Además, Alberto señala que estos valores afectan a los cálculos para establecer las cronologías y pueden introducir desviaciones significativas“.

En relación al planteamiento anterior, Elías Sánchez Cañadillas, autor de la única investigación doctoral realizada en Canarias sobre isótopos estables, en su artículo recientemente publicado y citado anteriormente, propone que “los valores altos de nitrógeno en animales y seres humanos se debe no solo exclusivamente a cuestiones de la cadena trófica, sino también a alteraciones del propio ecosistema debido a la aridez de las dos islas orientales [Fuerteventura y Lanzarote]”. Este escenario tiene paralelismo “con los datos de isótopos que otros expertos han visto en restos arqueológicos de lugares especialmente áridos, como el desierto de Atacama en Chile o en Mongolia”.

Cerdos, perros, gatos y abejas

Las crónicas no aportan tanta información como en el caso de las cabras, pero el consumo de carne de cochino está acreditado. Jacob Morales, en su trabajo Los orígenes de la gastronomía canaria, afirma, citando a Verónica Alberto, que “los restos de cerdo documentados en yacimientos arqueológicos, en especial de Gran Canaria, indican una importancia mayor de la esperada”. El cronista Abreu Galindo narró que los aborígenes palmeros llamaban a la carne de cerdo atinavina. El consumo de cochino también está acreditado en Tenerife, La Gomera y Lanzarote.

Restos óseos de cabras y ovejas en un yacimiento de Guayadeque, en Gran Canaria.

Hay una especie de la que no hay certeza arqueológica. El doctor Morales, en el citado artículo publicado en el libro Identidad y Gastronomía en Canarias, no descarta el consumo de miel de abeja por parte de la población prehispánica. “Las abejas fueron domesticadas en el Mediterráneo durante el Neolítico y se expandieron con los primeros agricultores”. A principios del siglo XVI, Sedeño relata que “la población de Gran Canaria recogía mucha miel de colmenas silvestres localizadas en riscos y cuevas” y la guardaban “en odres realizados con la piel del macho cabrío”. Lo que no se sabe es cuándo llegaron las abejas. ¿Las trajeron los colonos amaziges o los europeos a partir del siglo XIV?

¿Consumían gatos y perros los guanches? Juan José Jiménez, exconservador del Museo Arqueológico de Tenerife, sostiene que “hay evidencias óseas de perros que demostrarían la práctica de la cinofagia o costumbre de comer carne de perro, confirmada en el poblado de Guargacho y en la Cueva de los Cabezazos, como sucedía entre grupos bereberes norteafricanos del litoral de las dos Syrtes o los oasis de Trípoli, Tunisia y Argelia”. En algunos yacimientos de Gran Canaria también se han encontrado restos de perros. En cualquier caso, Jiménez puntualiza que se trataría de un consumo minoritario frente al de cabra y ovejas y en ningún caso sistemático.

Respecto al posible consumo de gatos, como publicara Jiménez en uno de sus artículos científicos, “restos de felino aparecen en algunas cuevas de habitación y en la de Don Gaspar, atribuidos a un presunto tipo robusto similar al gato del desierto o gato de las arenas, aunque nosotros hemos contrastado que éste resulta ser el más pequeño del género Felis junto con el gato patinegro. En cualquier caso, matizan los expertos, la presencia de huesos de perros y gatos en yacimientos sólo prueba que convivían con las personas, no que los comieran. Otros animales identificados, añade el doctor Jiménez, han sido el erizo terrestre y la paloma, cuyo consumo habría sido esporádico u ocasional, mientras que en otras islas, como Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria, hay pruebas del consumo de pardelas. Así lo anunció, en enero de 2023, la Dirección General de Patrimonio Cultural al presentar la investigación realizada por el doctor Antonio Sánchez, especialista en paleornitología del Institut Catalá de Paleontología. 

Restos de pardelas localizadas en el yacimiento Cueva de Villaverde, en Fuerteventura.

¿Hubo variaciones en la dieta a lo largo de los aproximadamente 1.500 años de la cultura indígena? El clima, como vimos en el capítulo 1º, influyó en determinadas épocas, explicó Sánchez Cañadillas. Su colega Javier Velasco está “convencido de que hubo variaciones en la dieta a lo largo del tiempo, atribuibles a causas diversas que, además, no tienen porqué ser opuestas entre sí. Pudieron responder a cambios de estrategias económicas vinculados, a su vez, a modificaciones en la localización de la población, a la llegada de productos nuevos a lo largo del proceso de poblamiento, episodios carenciales puntuales o incrementos de población que obligaron a transformar las bases de la alimentación”. Gran Canaria, añade el doctor Velasco, “creo que es un ejemplo paradigmático en este sentido, pero también se han descrito circunstancias parecidas en los casos de La Gomera o La Palma”. Este especialista apunta a variaciones derivadas de las “identidades sociales o las diferencias entre hombres y mujeres por asimetrías de género o ciertos tabús alimenticios asociados a la edad”, para concluir: “Es cierto que la arqueología suele proporcionar una información que permite reconstrucciones generales de aspectos como la dieta, pero también da pistas sobre variaciones temporales o particularidades locales que merece la pena atender para ofrecer una visión del pasado más plural y diversa”.

Osteoporosis y dieta en la prehistoria

Investigaciones muy interesantes para determinar la relación de la dieta con la salud son las relacionadas con la osteoporosis, una enfermedad que debilita los huesos por la pérdida de masa ósea. Médicos han realizado estudios sobre poblaciones prehistóricas, lo que les ha permitido conocer la evolución de la alimentación en una sociedad y determinar, en algunos casos, periodos de crisis o estrés alimentarios. En Canarias hay un referente, se trata del doctor Emilio González Reimers, catedrático de Medicina Interna de la ULL, autor de Paleodieta y paleonutrición.

El doctor González Reimers investigó el volumen óseo trabecular (VOT) en 400 muestras, principalmente de la población prehispánica de Gran Canaria. Aunque en esa isla y en Tenerife es donde se registró una dieta más equilibrada, como vimos en la entrega anterior de esta serie de cuatro reportajes, el estudio de este médico ha desvelado que hubo varios periodos posterior de hambrunas. “Las pelvis de Gran Canaria mostraron unos valores medios de VOT muy por debajo de los valores del grupo control, con una prevalencia global de osteoporosis del 29%. No se encontraron diferencias entre hombres y mujeres, entre habitantes de costa y cumbre o entre restos momificados y no momificados”. 

“La prevalencia de osteoporosis en las escasas muestras de pelvis analizadas procedentes de las islas occidentales”, continúa el catedrático, “fue variable”. Los valores de 11.11% obtenidos para Tenerife y 12.5% para El Hierro fueron bajos, ya que “sólo un caso en cada isla mostró disminución en la densidad mineral ósea. En cambio, en las 13 muestras estudiadas de La Palma se encontraron 4 individuos osteoporóticos, con una prevalencia del 30.77%. También se encontró un único caso de osteoporosis en la corta serie de pelvis analizadas de Fuerteventura”.

Cadáver momificado de un aborigen de Gran Canaria, isla a la que pertenece la mayor partes de restos investigados por el médico Emilio González Reimers.

González-Reimers considera que “la dependencia agrícola de una población tiene graves riesgos desde el punto de vista nutricional, sobre todo si se considera que factores externos como la sequía o las plagas de langosta, podrían haber tenido consecuencias devastadoras”.

En El Hierro, “una isla mucho menos poblada y con una economía más de tipo mixto -hay grandes concheros en la isla, indicativos de un importante marisqueo-, la influencia de tales catástrofes naturales fue sin duda menor y eso puede explicar la menor prevalencia de la osteoporosis”. En resumen, concluye el catedrático, “de los estudios presentados se desprende que la prevalencia de osteopenia en la población prehispánica de Gran Canaria es muy elevada, en claro contraste con lo observado en El Hierro. Las series de otras islas son pequeñas, por lo que no podemos extraer conclusiones firmes”.

La investigación paleodietética, como hemos comprobando en las dos primeras entregas de esta investigación periodística, está llenando lagunas de conocimiento sobre las dietas indígenas, pero las reconstrucciones paleodietéticas de Canarias, reconoce Sánchez Cañadillas, “aún carecen de un marco cronológico, lo que hace que las interpretaciones temporales sean especulativas”. Sin embargo, estos estudios isotópicos sí permiten definir cuatro grupos de islas, como vemos en Nature Scientific Repors: El Hierro, Islas Occidentales (La Palma y La Gomera), Islas Centrales (Tenerife y Gran Canaria) e Islas Desérticas (Fuerteventura y Lanzarote). En La Palma, La Gomera y El Hierro, las plantas silvestres y cultivadas contribuyeron quizás de forma más significativa a la dieta que los mamíferos terrestres. Por el contrario, en Tenerife y Gran Canaria los mamíferos terrestres y las plantas cultivadas, principalmente cebada y trigo, representaron una mayor proporción del consumo de alimentos que las plantas silvestres.

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