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Dance

Pareja bailando en la exposición DANCE en el CAAM / Leandro Betancor 2021

El vendedor de audio guías del Museo había inventado un sistema mediante el que podía introducir una canción en dos dispositivos a la vez, los que él eligiera. 

Así, como un Cupido moderno, seleccionaba todos los días, a través de las cámaras de seguridad, qué dos paseantes solitarios ponía a bailar o, al menos, sincronizar musicalmente el ritmo de sus pálpitos y sus pasos porque, si algo observaba a través de las cámaras era que, ni bien les ponía un tema de, por ejemplo, Nina Simone, la pareja elegida comenzaba de manera autónoma y simultánea a caminar casi deslizándose por la sala, siguiendo el ritmo de esos golpes de piano inconfundibles, chasqueando los dedos o moviendo las muñecas, trazando una danza individual que inconsciente e inevitablemente les acercaba al encuentro, fortuitamente programado, bajo el quicio de una puerta de paso entre sala y sala. 

Sólo al reconocerse en esa frecuencia y esa danza saltaba la chispa. Era como observar a un chimpancé ver su reflejo en el espejo por primera vez. Primero la sorpresa en la mirada, luego algunos gestos señalándose los oídos mientras los ojos ya empezaban el escáner vertical, después un intercambio de palabras que él, el hacedor de tal milagro, no escuchaba pues las cámaras sólo captaban la imagen y nunca el sonido. Y, a veces, como esta última, se agarraban a bailar como en un salón vienés, celebrando lo que ellos creían una maravillosa casualidad, mientras su diyei particular pinchaba para ellos un vals...

Entonces, el vendedor de audio guías abría su libreta y con un bolígrafo corporativo del museo pintaba otras dos rallitas verticales en una página que parecía el dibujo de un laberinto que sólo él era capaz de entender. 

Hoy, al lado de las dos nuevas rallitas, volvió a dibujar un corazón rojo con el pintalabios de su compañera de la consigna. 

Mientras los veía desaparecer rumbo a la cafetería del centro recordó que hoy debía comprar comida para su gato.

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