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Humo

Contaba Roberto que una vez vio a un tipo encender una cerilla en su barba, roja, dura y seca como la lija de una cajetilla de fósforos. Relataba esa historia con detalle casi una vez por semana. También decía con frecuencia que prender un mechero Flamidor de gasolina a la primera era cosa al alcance sólo de los muy cancheros o de los tipos con suerte. 

En su tabaquería se reunía a diario una terna de sabios que ya quisieran para sí las tertulias de la televisión. Era el lugar donde sus soledades dejaban de ser, como decía Dolina, esa perversa inmensidad hecha de ausencia. Todos fumadores y todos capaces de dibujar con el humo de sus pipas, cigarros y puros las nubes más hermosas que jamás verías en ningún cielo. 

Acompañaban sus acrobacias celestiales del don de la palabra, mientras hacían colisionar sus fumaradas en el estrecho olimpo de aquellas cuatro paredes. 

Una tarde de Otoño decidieron cerrar todas las ventanas y cualquier conducto de ventilación que hubiera en el local. Abrieron el mejor brandy que tenía Samuel en el economato, encendieron los habanos con los que celebraban los campeonatos y azucararon con ello algo mejor que la muerte dulce. 

Fuera de aquel escaparate el mundo, cada vez más invisible en la niebla interior, se había convertido en un lugar inhabitable. 

Dejaron escritas, talladas en el mostrador de madera con la esquina de un cortador de puros, sólo dos palabras: Nos esFumamos. 

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