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Ahor(r)a o nunca

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Según la distribución por naturaleza de renta que hay en España, en la última década las rentas empresariales han pasado de suponer el 41% del PIB a representar el 43%, mientras que la remuneración del personal asalariado ha pasado del 49% al 47% (con ciertas oscilaciones en medio del periodo de tiempo analizado). Por su parte, el peso de los impuestos netos en el PIB se ha mantenido estable en este tiempo, situándose en el 10%. La duda es si la transferencia de renta se ha generado por una caída del empleo o por una caída de los salarios reales (con el fin de eliminar el componente adscrito a la inflación).

Visto lo visto, en relación con los porcentajes de evolución que trimestre tras trimestre nos ofrece la encuesta trimestral de costes laborales, junto a la estadística mensual del IPC, así como a la evolución de la recaudación, se podría tener una mayor cuota de acierto si apostamos por una combinación de todas ellas.

Pero ¿a qué nos lleva todo esto? Pues teniendo en cuenta que la mayor parte de nuestros ingresos que entran por la puerta de nuestro hogar procede de nuestros salarios, el ahorro, por lo tanto, se verá condicionado en similares términos. La evolución de las clases sociales nos deja a las claras que el nivel de desarrollo condiciona la capacidad de ahorro, donde la estructura económica comienza a demandar de los sectores determinados bienes y servicios, en paralelo con las aptitudes y actitudes formativas de la población. Ahí la metamorfosis es clara, apareciendo planes de consumo e inversión en los que los pasivos financieros son imprescindibles. Pero, por cada pasivo, debe existir un activo y dichos activos proceden del consabido ahorro.

En este sentido, si queremos medir la capacidad de ahorro de una sociedad hay que vislumbrar las diferentes fuentes de renta que genera. Una vez vistas, debemos analizar las oportunidades de remuneración que nos ofrece el mercado de activos financieros que van, principalmente, desde los depósitos bancarios, la inversión, los productos de previsión, así como el dinero en efectivo.

A este respecto, siempre han existido los denominados valores refugio, donde se suponía que la rentabilidad no se vería amenazada por el paso de los diferentes ciclos, teniendo como regla principal que, a menor riesgo, menor remuneración del ahorro. Ahí es donde la actitud frente a la incertidumbre toma protagonismo, haciendo que tengamos más o menos osadía o aversión.

Sea como fuere, antes de invertir leamos también la letra pequeña (esa en la que normalmente aparecen las obligaciones) y no solo la grande, donde se nos anuncian todos los parabienes de lo que vamos a contratar. No obstante, lo primero antes de ahorrar, es ver de dónde hacerlo. Puede que sea un detalle sin importancia, pero mejor tenerlo en cuenta para luego no llevarnos sorpresas desagradables…

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