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Don Quijote de Mafasca: de paseo por el corazon de Fuerteventura

Más allá de algunas de las mejores playas del mundo, la isla de Fuerteventura también cuenta con un interior atractivo.

Los molinos son una de las señas de identidad más características de los campos majoreros.

Molino en Valle Oretga. Los hay por toda la isla y nos hablan de un pasado no muy lejano en el que la agricultura era la principal actividad de la isla.

Molino en Valle Oretga. Los hay por toda la isla y nos hablan de un pasado no muy lejano en el que la agricultura era la principal actividad de la isla.

Lo imaginó uno de los más grandes de nuestra historia. Lo vio vagando entre montañas peladas evitando las aulagas, ese “esqueleto de planta” como la propia Fuerteventura es “esqueleto de isla”. Y no es difícil dejarse llevar por el engaño si conducimos nuestros pasos por ese valle interior que, desde Tuineje a La Oliva, rara vez deja ver el horizonte azul de un mar que, aunque cercano, no se ve. Y a Rocinante le saldrá una joroba mientras que Sancho tendrá que conformarse con montura menos exótica y seguir a lomos de burro por los páramos y los roquedos. De resto, como en la inmortal obra de Cervantes, habrá molinos que se convierten en gigantes, alguna que otra damisela en apuros y líos que resolver. Pero esto no es La Mancha.

Pero es indudable que los pueblecitos majoreros se dan un aire a los manchegos. Casi siempre, las casitas blancas pulcramente encaladas se arremolinan en torno al campanario de la iglesia, epicentro de la vida espiritual y también mundana de la comunidad. Callejuelas que se convierten en veredillas en cuanto uno se aleja un par de centenares de metros de la plaza. Lugar éste, por cierto, donde suele estar también el ayuntamiento, la tienda, el bar y las viviendas más notables. Casas que lucen esquineras de piedras amarillentas, paredones de barro y cal, maderas virtuosas, teja y patio. Muy similares a las castellanas aunque siempre de un blanco níveo. Como sucede en Tuineje, con su Parroquia de San Miguel del siglo XVIII, sus casitas bajas y su plaza animada entre sombras de laurel de indias. Concesiones vegetales que ponen pinceladas de verde al yermo de parduzcos circundantes.

Nuestro caballero, si Miguel de Unamuno hubiera podido escribir ese Quijote canario que más de una vez insinuó, trotaría por lo que ahora es la FV-20 hasta llegar a Tiscamanita para poner en fuga al primero de los muchos gigantes que se aferran al suelo majorero para aprovechar el sempiterno viento. El visitante de hoy encuentra en el Centro de Interpretación de los Molinos (Dirección: C/ La Cruz sn, Tiscamanita; Tel: (+34) 928 164 275 mail:emuseos@gmail.com; Horario: M-S 10.00 - 18.00) uno de los puntos de parada obligada en su vagar curioso. Y allí descubre, con sorpresa, que la isla fue hasta no hace mucho el granero del Archipiélago; Y oye y lee que los campos de cereales ocupaban gran parte de una geografía hoy de ocre abandono. Una imagen de terrazas verdes que aún se mantiene en lugares como Agua de Bueyes, rincón donde parece que el maná del turismo de masas no logró trastocar la antigua esencia de la isla.

Seguramente, nuestro héroe aprovecharía alguno de los palmerales de la zona para tomar resuello antes de luchar con el gigante, digo molino, de Valles de Ortega o entrar altivo en Antigua, otrora la población más importante del interior insular y hoy reconvertida en activo centro artesano y turístico. Quién sabe. Quizás por estos lares podría haber nacido la particular ‘Dulsinea’ de Unamuno. Sí, así como suena: una Dulsinea con ese, tal como sonaría en labios de los isleños. Sería una moza de bien ver que, por arte de algún encantamiento, vagaría por los llanos quemados de Mafasca convertida en luz espectral que, a veces guía, a veces espanta a los caminantes. Todo puede ser.

Campos ahora yermos abonados para leyendas, lances de amor y viejas historias de pastores sacrílegos que queman cruces para cocinar ese cordero fruto de maldiciones. Lugares, en apariencia desiertos, que se interrumpen de vez en cuando en pueblos como Tefía, antiguo centro cerealero que hoy, gracias al Ecomuseo de La Alcogida (Dirección: FV-207, Tefía; Tel: (+34) 928 175 434; mail: emuseos@gmail.com; Horario: M-S 10.00 - 18.00), permite al visitante inquieto acercarse de manera divertida al día a día de los que, hace sólo un par de décadas, vivían en el lugar bajo reglas y costumbres de siglos.

En esta novela de perfiles chatos y llanuras interminables también habría hueco para viejos adoradores de los astros que dejaron sus huellas grabadas en la piedra en montañas mágicas como la de Tindaya. Se acabaría esta geografía quijotesca, si nos atenemos a las estrecheces paisajísticas del original, en las hondanadas de La Oliva, con más molinos convertidos en gigantes, casas fuertes morada de poderosos coroneles no siempre justos, o ‘cillas’ eclesiásticas donde los campesinos depositan sus diezmos. Habría, de seguro, más de una oportunidad para interceder por los más débiles, afrontar con valentía los más duros retos y enamorarse de isleñas que, como promete cierta canción popular, lucen esbeltos talles, bellos ojos, labios rojos y fina piel.

Seguramente, Unamuno hubiera extendido los dominios de su particular Alonso Quijano más allá de los estrechos márgenes de esta particular ‘Mancha’ majorera y también aparecerían aventuras en campos de dunas de apariencia sahariana, playas de arenas finas y colores turquesas y campos de lava de apariencia lunar. Escenarios propicios para todo tipo de acontecimientos extraños o simples retazos de vidas cotidianas convertidos en andanzas épicas por la divina demencia del soñador que se niega a ver las cosas tal y como son. Inconformismo. Sed de aventuras que aquí, en Fuerteventura, esperan a quien se atreva a buscarlas más allá de las acomodadas arenas de sus playas inigualables.

OTROS CENTROS DE INTERÉS

Centro de Artesanía de Antigua

Ctra. general de Antigua, s/n. Antigua.

Tlf.: +34 928 858 998

emuseos@gmail.com

http://www.artesaniaymuseosdefuerteventura.org/

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